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Otro incendio en la Reserva Ecológica
Los más de trescientos incendios ocurridos en la Reserva y Parque
Natural Costanera Sur -el último, iniciado alrededor de la media
tarde del jueves- demostrarían de sobra que los factores casuales
deberían ser excluidos como promotores de tan llamativa combustibilidad.
En este caso en particular, el correcto funcionamiento de los sistemas
preventivos permitió que el siniestro fuese dominado sin que causara
mayores daños, pero sería importante que una exhaustiva
investigación permitiese esclarecer esas fundamentadas sospechas.
Nacida y crecida merced al abandono del rellenamiento concretado hace
casi un cuarto de siglo con la intención de impulsar un gigantesco
proyecto urbanístico, con los años la Reserva -cariñosa
denominación coloquial- se ha convertido en ejemplo palpitante
de la prodigiosa obra de la naturaleza.
En principio, fue tan sólo la voluminosa acumulación de
tierra precariamente apisonada sobre los restos de las demoliciones -"sanitarios
en desuso", de acuerdo con la peyorativa calificación de
un ex funcionario municipal- que habían tenido lugar con motivo
de la construcción de la autopista 25 de Mayo y la apertura de
los tramos finales de la avenida 9 de Julio. Tiempo mediante, se convirtió en
suelo fértil. En ella florecieron numerosas especies vegetales
autóctonas y encontraron albergue propicio aves, pequeños
mamíferos y hasta reptiles.
Poco a poco, pues, la Reserva -declarada indisponible por una ordenanza
del entonces Concejo Deliberante y ahora ley de la ciudad- fue trocando
sus 370 hectáreas de inútil descampado por la atrayente
mixtura de montes tupidos, lagunas espejadas y altos pastizales. Primero
con timidez y después con frecuencia creciente, comenzaron a llegar
a ella los visitantes que ahora, en especial durante los feriados, suman
varios miles por día, inclusive en los horarios nocturnos (en
los cuales disponen de excursiones y guías especializados). El
agreste entorno de la Reserva reproduce fielmente, a diez minutos de
caminata desde la Plaza de Mayo, la fisonomía que tenían
estas tierras cuando Buenos Aires ni siquiera era un sueño fantasioso.
Cuanto antecede y mucho más se ha repetido hasta el cansancio
para exaltar el valor intrínseco de la Reserva. Sin embargo, todavía
está amenazada por las intrusiones irresueltas, por los depredadores
humanos, por la codicia inmobiliaria y por las indiferencias burocráticas.
Hace dos meses, y en esta columna editorial, se alertó acerca
de que la Reserva ha sido invadida por especies que afectan el funcionamiento
y la perdurabilidad de los ecosistemas. Asimismo, jaurías de cimarrones
atacan y diezman a la población animal. Y las lagunas sufren un
proceso de salinización que moviliza el éxodo de las aves
acuáticas.
Tal como si no bastase con todos esos inconvenientes, el fuego sigue
haciendo de las suyas. Si bien es positiva la notable disminución
de los siniestros, el incendio de hace unos días debe ser tomado
como una señal preocupante: al parecer, tampoco fue casual y hubo
por lo menos un sospechoso detenido.
La Reserva Ecológica no es una plaza o un parque formales. Es,
por cierto, un hábitat natural que hasta asombró a ilustres
visitantes extranjeros, extasiados por la presencia de cisnes de cuello
negro en las orillas de un inmenso conglomerado urbano. Al ser patrimonio
de la ciudad, la Reserva Ecológica es patrimonio de todos sus
habitantes. A todos ellos les correspondería, entonces, unirse
en defensa de ese bien irreemplazable, mediante la demanda del esclarecimiento
de los incendios y la sanción de quienes fueren hallados responsables
de provocarlos o de instigarlos.
Fuente: La Nación (Argentina)
Septiembre 22, 2003
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