Problemas ambientales

En la Argentina, por más que la Constitución Nacional, entre muchas otras cosas, "garantice" a todos sus habitantes un ambiente sano, los problemas ambientales abundan y deberían preocuparnos; pero parece que nos resignamos: las quejas sobre ellos son más bien esporádicas.

Citemos algunos, nada más que como ejemplos. En la zona del Gran Buenos Aires, el problema del destino de la común basura domiciliaria ha tomado estado público y se menciona de vez en cuando: los prometidos rellenos sanitarios a que las empresas responsables se comprometieron, y en los que
se debía enterrar la basura creando espacios verdes por encima de ellos, están desbordados y los vecinos deben vivir en medio del olor, las ratas y la mugre.

El río Reconquista es un ejemplo mundial de contaminación, una verdadera cloaca a cielo abierto: hay centenares de empresas industriales que vierten sus efluentes a sus aguas, sin ningún tipo de tratamiento, ante la vista y paciencia de las autoridades comunales de varios partidos que el río
atraviesa. El caso del Riachuelo es paradigmático y la cantidad de metales pesados que contienen sus lodos representan un problema difícil de resolver, aunque hubiese la voluntad política y los medios económicos para hacerlo.

Cada tanto, los vecinos de Dock Sud se quejan por los olores y los vapores seguramente tóxicos que emanan numerosas plantas industriales establecidas en el barrio. Frente a las costas de Magdalena, hace tiempo se accidentó un barco petrolero; toneladas de petróleo se desplazaron hacia las costas y
produjeron un desastre que aún no se ha resuelto; la empresa dueña del barco siniestrado se niega a indemnizar a los ribereños y, de todos modos, el daño hecho no se repara con dinero.

En nuestra región, no solamente ocurren periódicamente derrames de petróleo en varias zonas; el problema del ascenso de las napas freáticas amenaza la economía de toda la región frutícola, como lo denunció un artículo de este diario. Los bosques andinos están desprotegidos contra los depredadores y la tala furtiva, y son frecuentes víctimas de incendios, generalmente intencionales. Jamás se detuvo a nadie, jamás se han investigado seriamente los motivos, jamás se pensó en modificar la legislación que hace de la provocación de un incendio forestal una simple contravención. Al margen de
la existencia de empresas transnacionales que desean explotar esas riquezas, sin importarles demasiado la sustentabilidad ecológica de sus emprendimientos.

En la zona de Bariloche, la basura domiciliaria se vierte en un vaciadero a cielo abierto y sin preparación del subsuelo, de modo que las aguas pluviales la arrastran en dirección al lago Gutiérrez sin el menor obstáculo. En el extendido ejido urbano, además, hay tantos loteos en que, si en cada uno se construyese una casa, podría hacer de Bariloche una ciudad de un millón de habitantes, para los que no habría servicios de ningún tipo, sin que se pueda hacer nada serio contra el desmonte de todas las parcelas privadas. En la ciudad, la contaminación visual por los carteles que afean el centro y comienzan a hacerlo con las rutas suburbanas, no ha encontrado quién le ponga límites. En cada rincón de nuestra patria existen problemas semejantes. Ante todo este panorama desolador, llama la atención la curiosa actitud de los grupos ecologistas más activos y espectaculares -sobre todo
la transnacional europea Greenpeace y muchos grupos bienintencionados que siguen su liderazgo de modo poco crítico- por la manera en que eligen sus objetivos de entre los numerosos casos reales de abusos y desastres ecológicos que se producen a diario. Casi nunca se refieren a los verdaderos
problemas ambientales, aquellos que realmente afectan la salud de nuestros conciudadanos y la ecología de nuestras ciudades, bosques o campos. Pero cuando ponen un problema en su mira, no hay falta de recursos económicos que los detenga ni efectos publicitarios que desdeñen, tomando posturas
extremistas y defendiéndolas con un celo demagógico que suele desdeñar la verdad en pos del efectismo.

A veces su extremismo se manifiesta en una lucha encarnizada contra soluciones posibles aunque tal vez parciales a los problemas de contaminación, argumentando que no son perfectas y exagerando sus imperfecciones. Este efecto peligroso del extremismo "ecologista" se pone de manifiesto especialmente en dos áreas de entre todas las posibles: la nuclear y la de los residuos industriales. Al presionar políticamente, con gran visibilidad pública, empleando consignas alarmistas y proponiendo
soluciones utópicas, su discurso suena bien a los oídos de un público poco informado, que es más fácil de asustar que de educar. Por otra parte, parece que es "progre" oponerse a la tecnología, sea la ajena o la propia, sin aclarar tampoco de qué habrán de vivir nuestros desocupados. Así han logrado
impulsar cláusulas legales incoherentes e innecesariamente restrictivas, que no tienen en cuenta el impacto de industrias existentes y que obligarían a su cierre si se cumplieran en toda su severidad.

De hecho, de este modo postergan o impiden soluciones posibles y contribuyen a perpetuar las situaciones indeseables que denuncian. Justificando, dicho sea de paso, su propia existencia ya que, como saben los sociólogos, la primera finalidad de toda organización es su propia subsistencia.

La actividad nuclear es su blanco preferido: una actividad que, a no dudarlo, tiene un aspecto militar que he criticado más de una vez y que presenta problemas tecnológicos como cualquier otra actividad humana. Los relativamente pocos accidentes que se produjeron a través de su uso han sido
muy graves, pero su gravedad muchas veces fue exagerada grotescamente y la industria aprendió de ellos, cosa que no se puede decir de muchas otras actividades. Por más que una insistente prédica lo ha hecho poco creíble, en este momento la energía nuclear representa una de las formas de generación eléctrica más seguras y menos agresivas para el ambiente, ya que no genera
los temidos gases del efecto invernadero. Y agreguemos un detalle: la enorme mayoría de las víctimas del más grave accidente, el de Chernobyl, no fue víctima del accidente mismo, sino del miedo que las organizaciones ambientalistas fomentaron en forma irresponsable. Por suerte, cada vez más
gente en todo el mundo está abandonando su rechazo a la energía nuclear.

También se reconoce que Chernobyl tuvo más que ver con un sistema político autoritario y desinteresado de los problemas ambientales y de seguridad, que con los riesgos inherentes a la tecnología nuclear.

Es totalmente evidente que la energía nuclear, en la Argentina, no forma parte de los problemas ambientales muy reales que hemos mencionado más arriba. A pesar de eso, todo lo nuclear es presentado por los ambientalistas como una actividad realmente demoníaca y la más amenazadora de todas. Para demostrarlo, no vacilan en las distorsiones más equívocas, en las demostraciones más espectaculares, en la agitación más demagógica, como la desplegada el año pasado en Ezeiza, ciudad que convive desde hace décadas con la actividad nuclear. Es llamativo que ello ocurre con una actividad tecnológica en la que la Argentina, muy a pesar de sus competidores, ha ganado varias licitaciones internacionales, entre ellas, aquella en Australia.

La Argentina no necesita nada con mayor urgencia que áreas de actividad de alto contenido tecnológico, capaces de generar empleo y divisas. Llama por ello la atención de que sea ésta, una de las pocas actividades en que somos internacionalmente competitivos, la que se haya transformado en el principal objetivo de las iras de Greenpeace y sus seguidores que, obsesionados por su fobia antinuclear, parecen no darse cuenta de que están luchando contra su propio país.

1) No menciono aquí las docenas de personas que en ese contexto encuentran su sustento diario, cosa que me avergüenza profundamente, pero ése es otro problema.

2) Por ejemplo, Greenpeace lucha denodadamente contra el uso de la incineración para el tratamiento de los residuos industriales, en favor de una deseable pero costosísima reconversión de las industrias a tecnologías que dejen menos residuos. No dicen qué proponen hacer entretanto con los millones de toneladas de residuos que se producen a diario.

3) Se suele mencionar el "problema" de los residuos radiactivos por milenios como argumento más grave contra su uso. Pero, aparte de que existen tecnologías perfectamente conocidas para tratar los residuos para que no sean contaminantes, su cantidad relativa es exigua y perfectamente controlable en comparación con los millones de toneladas de todos los demás contaminantes que a diario se vuelcan en el ambiente.

4) Lo mismo se podría decir de su campaña contra la soja transgénica, campaña que, de tener el éxito que desean, conduciría a la ruina a miles de agricultores y agravaría más allá de lo tolerable nuestros problemas económicos.

Por Tomás Buch

Fuente: Río Negro (Río Negro - Argentina)
Septiembre 29, 2003