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Energía, el desafío del futuro
La reciente noticia sobre el gigantesco apagón producido por el
colapso de centrales eléctricas en Estados Unidos y Canadá,
hace unos días, lleva implícita un aspecto que pocos se
han encargado de señalar. Este accidente nos enfrenta de manera
brusca e imprevista con una cuestión que puede ser enfocada desde
dos ángulos contrapuestos: por un lado, el caos en que se sumerge
una sociedad moderna cuando carece de energía y, por otro, el
límite al cual llega dicha sociedad moderna ante el exceso del
consumo de energía.
Vale, pues, la pena repasar históricamente el proceso seguido
por la humanidad en este terreno. En primer lugar, decir que la energía
es el motor que mueve toda actividad humana parece una perogrullada.
Sin embargo, repetirlo y analizarlo no está de más, a la
luz de los acontecimientos vividos.
Para todo historiador (sea de la economía, de la tecnología,
de las guerras, de la civilización, etcétera) la evolución
y progreso del hombre están ligados al consumo de energía.
A más progreso, más producción y consumo de energía,
tanto en el nivel general como en el personal. Ese es el signo de la
historia. ¿Cuáles son los orígenes de este proceso?
El comienzo está ligado al momento mismo en que el mono deja de
ser tal, se yergue sobre dos patas y evoluciona hacia la condición
del hombre. En ese mismo instante, además del consumo energético
que significaba su dieta alimentaria, el animal hecho hombre comienza
a necesitar otras formas de energía, primero bajo la forma del
fuego (para calefacción, iluminación, cocción, lucha)
y luego como tracción, a sangre, humana y animal.
A esto le sigue el aprovechamiento del viento, primero con la navegación
a vela y luego con el molino, inventado por los persas. Continúa
el aprovechamiento de la energía hidráulica para los molinos,
ya conocido por los romanos.
Estas fuentes primarias de energía fueron la base del sustento
energético de la humanidad durante milenios. Pero el consumo superó a
la producción. Por ejemplo Europa, que una vez estuvo poblada
por enorme cantidad de bosques, asistió a la desaparición
progresiva de sus zonas boscosas, hasta un punto de virtual desaparición.
El carácter limitado de estas fuentes obligó a buscar sustitutos
y provocó la aparición protagónica del carbón
mineral, hecho ocurrido en el transcurso del siglo XVIII, fundamentalmente
en Inglaterra. Ese cambio implicaba una novedad: la sustitución
de un recurso de biomasa renovable (la leña) por otro fósil
no renovable y, por ende, agotable. Por ello, los economistas clásicos
de la época (Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill) pronosticaron
el fracaso del intento de utilizar la nueva fuente. No contaban con la
enorme cantidad de reservas de carbón, lo que posponía
el problema del agotamiento para algunos siglos más adelante.
El carbón mineral fue en el siglo XVIII el motor energético
que alimentó a la Revolución Industrial. Esta cambió la
imagen del mundo conocido hasta entonces por la que hoy tenemos. La máquina
de vapor es hija del carbón mineral y fue la que movió mecánicamente
la industria textil y propulsó la industria del hierro y del acero.
Aumento constante
El resto es historia conocida. En la segunda mitad del siglo XIX se asistió a
la aparición y desarrollo del petróleo, primero como fuente
de iluminación de lámparas a kerosene y luego como combustible
del motor a explosión, aplicado en la industria automovilística.
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Llegamos así a nuestros días, en los que al carbón
mineral y al petróleo se añadió el gas natural,
lo que completó la trilogía de las fuentes primarias fósiles
de energía que constituyen la base fundamental de toda sociedad
industrial.
Entretanto, la producción y consumo de energía ha venido
incrementándose en forma progresiva y constante. Así, desde
las 2000-3000 kilocalorías de consumo diario per cápita
se ha llegado a una cifra que, en una sociedad industrial contemporánea,
hoy es unas cien veces mayor. Y la demanda sigue creciendo.
Nuestra civilización se ha hecho a la medida del petróleo.
Caminos, automóviles, tractores, barcos, aviones, centrales térmicas:
todos ellos funcionan a su amparo, hasta que los apagones nos enfrentan
brutalmente con la realidad. ¿Qué pasa en una sociedad
sin energía? ¿Qué hay de las fuentes alternativas
de la misma? Todavía hay resto para las reservas fósiles,
mucho para el carbón mineral, menos para el gas natural y menos
aún para el petróleo. En la carrera por reemplazarlos aparecen
problemas de tecnología, de costos y de infraestructura (estos últimos
generalmente olvidados).
Menuda tarea la de las generaciones que vienen: encontrar la sustitución
de las fuentes de energía que supieron construir la civilización
que conocemos y hacer al mismo tiempo un mundo mejor que el que hasta
hoy hemos construido.
Por Roberto E. Cunningham director general del Instituto Argentino
del Petróleo y el Gas (IAPG) -
Para LA NACION
Fuente: La Nación (Argentina)
Septiembre 12, 2003
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