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Planeta orgánico
Defienden el medio ambiente, la alimentación sana
y la agricultura sustentable. Crecen al compás de una tendencia
mundial. Los productores ecológicos argentinos son unos 1900
exportan casi el 90 por ciento de su producción
Al natural. En su quinta de Cañuelas, Ariel Sackewitz
y su mujer, Mirta Jewtuszyik, producen 18 variedades de hortalizas orgánicas
Al mundo orgánico se llega por distintos caminos. Y allí
se encuentran viejos cultores de estilos de vida alternativos, ecologistas
que respetan los ciclos naturales, adeptos a una alimentación libre
de contaminantes, productores que privilegian calidad por sobre la cantidad
y hasta emprendedores atraídos por una nueva forma de hacer negocios.
Todos parecen compartir el mismo sentido de pertenencia que los reúne
alrededor de una mística particular.
En el centro de la liturgia están la tierra y el ecosistema. El
mandamiento principal es erradicar el uso de agroquímicos, para
preservar la fertilidad de los suelos y la diversidad biológica.
Sólo así, sostienen, se puede pensar en una producción
sustentable. Y sólo así se obtienen alimentos que, además
de conservar su aroma y sabor original, no resultan perjudiciales para
la salud.
"La agricultura tradicional exige volúmenes
y riesgos cada vez mayores, con un nivel de stress que crece; se ha vuelto
inhumana", dice Alfredo Rojas, ingeniero agrónomo, un converso
que se pasó a la producción orgánica hace cinco años
y hoy, desde su campo en Pergamino, exporta semilla ecológica de
maíz, girasol y soja. "La actitud orgánica es una vuelta
a la dimensión artesanal de la agricultura. A través de un
proceso armónico se valoriza el medio ambiente, las personas que
aportan su trabajo y la calidad de un producto sano." Rojas es uno
de los 1900 productores agropecuarios que hoy siguen en la Argentina estándares
orgánicos y uno de los artífices, en consecuencia, del crecimiento
que esta modalidad ha tenido en el país durante los últimos
años: las 5 mil hectáreas orgánicas que había
en 1993 crecieron a 900 mil en 1995, y hoy llegan a casi tres millones.
De ese total, 2,6 millones corresponden a ganadería. Respecto de
la agricultura, la superficie cosechada creció un 65 por ciento
durante 2000.
El consumo de estos productos es una tendencia en alza
en la mayoría de los países desarrollados, y eso explica
en buena medida el fenómeno local: según datos oficiales,
cerca del 90 por ciento de la producción orgánica nacional
se exporta, principalmente a la Unión Europea, Estados Unidos y
Japón.
En respuesta a la agricultura convencional, que lleva
a explotar los recursos naturales al límite de sus posibilidades,
lo orgánico propone una vuelta a los antiguos modos de producción
y rescata el factor humano. En tiempos donde manda la cantidad, la mano
y las artes del productor chico o mediano pueden hacer una diferencia.
"Lo orgánico es el lugar donde la historia de lo pequeño
se vuelve grande", dice Francisco Vélez Funes, de Agropecuaria
Paso Viejo, elaboradora cordobesa de aceite de oliva ecológico.
De algún modo, el planeta orgánico es también un David
que enfrenta al Goliat representado por las grandes corporaciones que biotecnología
mediante promueven el monocultivo y la producción transgénica.
A los insectos, hospitalidad
Ariel Sackewitz conoció a su
mujer, Mirta Jewtuszyik, en la facultad de Agronomía de Lomas de
Zamora. Con poco más de 20 años, en 1992 se mudaron a una
quinta en Cañuelas y sembraron frambuesas. "Cada vez demandaban
más agroquímicos. Hacíamos una pulverización
por semana. ¿Qué estamos comiendo?, nos preguntamos. Era
puro veneno", recuerda Mirta. En 1997 se volcaron a una quinta orgánica
de tres hectáreas: espinaca, brócoli, berro, berenjena, lechuga,
cebolla de verdeo, choclo, pepino. "Al principio hay que invertir
en la certificación y en mano de obra, pero para trabajar a baja
escala lo orgánico es más rentable", dice ella.
Lo aprendido en la Facultad no sirvió de gran
ayuda. Ensayaron nuevas técnicas basadas en los principios de biodiversidad
y control natural de pestes. Ejemplos: si en una quinta tradicional es
habitual ver media hectárea de pura acelga, en una ecológica
el mismo espacio debe dar cabida a unas 15 especies. La variedad preserva
la fertilidad de la tierra, porque cada especie absorbe distintos nutrientes.
Lejos de agrotóxicos, ahora practican una suerte de hospitalidad
hacia los insectos. Si en un surco de repollos aparecen algunas plantas
con pulgones, hay que dejarlas. Con la misma idea, entre las hectáreas
cultivadas dejan una franja virgen donde las malezas de la zona crecen
a su aire. Un ambiente ideal para los bichos. "Las llamamos ecoíslas",
cuenta Mirta. También aplican la técnica asociativa: cerca
de los tomates tienen albahaca, porque las aromáticas repelen a
la mosca blanca y a los insistentes pulgones.
Trabajan de sol a sol, con la ayuda de dos empleados.
Ariel se ocupa de la preparación del suelo y la siembra, de los
pedidos y los fletes. Mirta, del empaque y de los invernáculos.
"Cosechamos de hoy para mañana, así la verdura llega
con todas sus cualidades. Si madura fuera de la planta, pierde aroma y
sabor", explica ella. Hoy, con marca propia (Bauerhaus, casa de campo
en alemán), venden sus 18 variedades de hortalizas a domicilio y
a pequeños mercados de la zona. Ariel confiesa que, a futuro, la
meta es exportar. Sabe que más allá de las fronteras hay
un mercado en expansión.
La Argentina confiable
Así parece: la Argentina es un país confiable
para los mercados orgánicos del mundo. Según el ingeniero
Juan Carlos Ramírez, responsable de la coordinación de Productos
Ecológicos dentro del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria
(Senasa), esto se debe a que "el crecimiento del sector en el país
fue tan espectacular como responsable". Las normas nacionales delegan
el monitoreo en certificadoras privadas que siguen el proceso y luego avalan
el producto con un sello en el envase que lo acredita como orgánico.
La certificación de tres de ellas (Argencert, Organización
Internacional Agropecuaria y Letis) es reconocida en la Unión Europea.
"Hay un período de transición de tres
años antes de llegar a la certificación del producto. Lo
orgánico es un proceso educativo donde se aprende a leer el paisaje,
a entender lo que dice el campo, para aplicar distintas técnicas
naturales", explica Alberto Pipo Lernoud, periodista y letrista clave
de los inicios del rock nacional que montó una de las primeras granjas
orgánicas de la provincia de Buenos Aires en los campos de su familia,
cercanos a Junín. En 1995 participó de la fundación
del Movimiento Argentino para la Producción Orgánica (MAPO),
que integra a productores, elaboradores, certificadoras y comercializadores.
Gallinas felices
Además de un gasto necesario, para Laura Tami
las certificadoras representan "el ojo del consumidor" en el
proceso de producción. Junto con su marido, Tazio, Laura produce
huevos orgánicos en su granja de Mercedes. La pareja vivió
en Suiza, país de Tazio, y en 1996 llegó a la Argentina para
empezar algo nuevo. Cada uno dejó lo suyo (ella es licenciada en
Historia del Arte; él dirigía programas televisivos de espectáculos
y culturales) y acondicionaron un campo de 10 hectáreas, donde hasta
entonces se habían entrenado caballos de carrera, para hospedar
unas 8000 gallinas.
Al principio las gallinas vivieron en boxes para equinos.
Pero pronto su suerte mejoró. Aunque eso, si se tienen en cuenta
las condiciones en que trabaja la producción convencional, quizá
sea poco decir: aves con menos fortuna son confinadas de a miles en grandes
galpones, dentro de jaulas de ocho o más pisos y con luz artificial
permanente para maximizar la producción. Se les corta el pico, para
evitar actos de canibalismo provocados por el stress. Y son fumigadas con
productos químicos para despiojarlas.
Las de Laura y Tazio, en cambio, son gallinas privilegiadas.
"Tienen acceso a las pasturas y se alimentan con cereales orgánicos.
De día deambulan, juegan, toman sol, están en contacto con
humanos, se refriegan contra la tierra para despiojarse y por la noche
vuelven solas al galpón, como las de campo. En la producción
ecológica, las gallinas deben tener ocho horas de oscuridad total.
Son animales libres, sin stress, y en consecuencia con muy bajas tasas
de colesterol", señala Laura, que hasta hace poco presidía
la Cámara Argentina de Productores Orgánicos (Capoc).
Laura y Tazio llegan hoy con su marca, Ecovo, a 70 bocas
de expendio. "Aquí la tendencia, como en el resto del mundo,
es ir volcándose hacia lo orgánico. El mercado interno se
está ampliando, lento pero seguro. Aunque ahora, con la recesión,
la gente da prioridad al precio dice Tazio, para quien la producción
orgánica es una cuestión de conciencia. Si en la producción
convencional hay un peón cada 5 mil gallinas, aquí la proporción
es de uno cada mil compara. La higiene animal también
depende de la higiene del lugar, y eso exige mucho trabajo. Hay que entender
que el animal que nos da el alimento no es una máquina, y el mismo
respeto merece la tierra. Es otra filosofía."
Quedarse en casa
Francisco Vélez Funes, de Paso Viejo, señala
que la producción orgánica alienta los pequeños emprendimientos
y el fraccionamiento y envasado en origen. Así evita la erradicación
de las comunidades locales. "En la cosecha no usamos máquinas.
Unas 160 familias de la zona hacen la recolección de la aceituna
manualmente, en su grado óptimo de madurez. En cajones de 20 kilos,
las aceitunas pasan enseguida a la planta de elaboración, que está
al lado del olivar. Allí, la extracción del aceite se hace
en frío, mediante prensado centrífugo, sin procesos químicos",
cuenta. Desde un olivar de 300 hectáreas en Cruz del Eje, Córdoba,
Paso Viejo exporta a Japón, Australia y Estados Unidos. En 1997,
la empresa obtuvo el Primer Premio a la Calidad en el concurso internacional
de aceites orgánicos extra virgen Ciudad de Andria, en Italia.
Marcelo Pais es responsable del área de comunicación
de MAPO. Desde 1989, como Sol de Acuario, comercializa productos orgánicos:
yerba mate, té, aceite, azúcar integral, entre otros. "Lo
orgánico implica una investigación profunda del ecosistema
para mejorar la producción; es un sistema complejo que necesita
mano de obra, dice.
En rigor, la agricultura ecológica puede verse
como un movimiento amplio que, en la práctica, se manifiesta en
diferentes escuelas. La corriente orgánica, desarrollada en los
años cuarenta por Sir Albert Howard a partir de sus experiencias
agrícolas en la India, prioriza la fertilidad del suelo a través
de la aportación de materia orgánica compostada, para favorecer
la resistencia de las plantas ante las plagas y enfermedades. En 1924,
el austríaco Rudolf Steiner, fundador de la Antroposofía,
estableció los principios fundamentales de la agricultura biodinámica,
para la cual el suelo no es un elemento inerte sino que tiene una parte
orgánica (el humus) y otra viviente (microorganismos). La biodinámica
promueve la aportación de compos orgánicos al suelo, pero
su característica distintiva reside en el tratamiento que da a las
plagas y las enfermedades. Para esta escuela, éstas sólo
aparecen cuando los cultivos sufren algún desequilibrio. Las técnicas
preventivas de los biodinámicos incluyen la aplicación de
preparados obtenidos de los mismos elementos naturales, que incorporan
al suelo o rocían sobre las plantas de acuerdo a un principio similar
al de la homeopatía.
Y, si de técnicas hablamos, allí está
la creada por el japonés Masanobu Fukoaka, a la que dio en llamar
agricultura natural. A la manera de Howard, Fukoaka es un científico
de laboratorio que, al salir a la granja, cambio radicalmente su visión.
Más que eso, el oriental hace de la agricultura una suerte de disciplina
zen en la que, por principio, se abstiene de arar, podar y quitar malezas.
Hoy, con casi 90 años, Fukoaka se mantiene activo y dice cosas como
ésta: La meta básica de la agricultura no es el cultivo
de las cosechas sino el cultivo y la perfección del ser humano.
A la góndola
Pipo Lernoud apunta que la producción ecológica
floreció en la Argentina a principios de la década del 80.
"Era una época de optimismo, en la que se podían crear
caminos alternativos recuerda. Hubo una explosión de
productores orgánicos en todo el país, especialmente en El
Bolsón y Mendoza." Aun no existía la certificación,
ya que las primeras reglamentaciones datan de principios de los años
90, mientras que la ley nacional de produccción ecológica,
biológica u orgánica llegó en 1999.
A fines de los años 80, Lernoud y su mujer, María
Calzada, crearon El Rincón Orgánico, una suerte de supermercado
ecológico a domicilio. Hoy, más de 10 años después,
Lernoud es vicepresidente de la Ifoam (International Federation of Organic
Agriculture Movements), con sede en Alemania y unas 750 organizaciones
afiliadas en 100 países. María, además de seguir adelante
con la empresa de distribución, es chef orgánica. En 1998
preparó delicias orgánicas argentinas para 250 personas durante
la feria ecológica Biofach, en Francfort.
Alemania es, precisamente, un claro ejemplo de la tendencia
mundial. La aparición del mal de la vaca loca no sólo provocó
un cambio de conciencia en los consumidores, sino que escándalo
mediante hizo caer un ministro. En 2001, y para su reemplazo, por
primera vez una mujer se hizo cargo del Ministerio de Agricultura. Renate
Künast de ella se trata pertenece al Partido Verde. En
su primera declaración pública, anunció que en los
próximos cinco años el 10 por ciento de la agricultura alemana
será orgánica. Hoy, un 3 por ciento de los alimentos que
se consumen en el mundo industrializado son orgánicos. El récord
lo tiene Dinamarca, con el 15 por ciento.
Son tiempos de cambio. Incluso en el alicaído
mercado argentino, donde en los últimos años, a través
de una maduración en cuestiones de packaging y distribución,
los productos orgánicos (desde frutas y verduras hasta carnes, pasando
por panes, harinas, dulces, quesos, tes, especias y vinos) conquistaron
las góndolas de los supermercados con una identidad propia. "Es
un mercado que ha crecido de abajo para arriba, sin publicidad, sobre la
base de la calidad de los productos", señala Marcelo Pais.
A pesar del crecimiento, la mística no se pierde.
"No se trata de obtener de la tierra una mayor ganancia con el valor
agregado de los alimentos orgánicos. Se trata de no degradarla con
nuestros errores científicos, ya sean fruto de la buena intención,
de la ignorancia o del afán de mayor rendimiento", dice Francisco
Vélez Funes.
Texto: Héctor M. Guyot
El legado de Howard
Fue a enseñar, pero terminó
aprendiendo. Sir Albert Howard es recordado como el iniciador de la corriente
de agricultura orgánica en Occidente. En el libro Un testamento
agrícola, de 1940, Howard recoge su experiencia de décadas
en la India, donde advirtió que los sembrados de los agricultores
locales a los que había ido a instruir eran inmunes a las plagas
que atacaban los suyos, dotados de un verdadero arsenal químico.
"Observó que los nativos producían durante siglos en
el mismo lotecito y con el mismo rinde. Como tenía un temperamento
científico, empezó a estudiarlos", cuenta Pipo Lernoud.
¿El secreto? Fundos pequeños con mucha mano de obra, cosechas
combinadas y un compost elaborado con pasta de arroz y desechos orgánicos
de animales que, además de favorecer la fertilidad del suelo, mejoraba
la resistencia de las plantas ante las plagas y las enfermedades. A su
regreso a Inglaterra, Howard fundó la Soil Association. Desde allí
defendió la agricultura natural y el medio ambiente.
Iniciativas oficiales
El Programa Pro Huerta, del Instituto Nacional de Tecnología
Agropecuaria (INTA), ha impulsado desde 1990 la producción orgánica
en unas 400 mil huertas de autoconsumo para familias en situación
de pobreza, en 3800 localidades del país. "Elegimos el modelo
orgánico para mejorar las condiciones del suelo con la rotación
de cultivos y los campos, evitar químicos en huertas donde hay chicos
cerca, generar un modelo autosostenible y promover una alimentación
sana", explica el ingeniero Daniel Díaz, coordinador de la
iniciativa. En la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos
Aires existe una huerta orgánica de 2500 m2, con fines educativos
y de investigación. Está a cargo del ingeniero Rafael Pinto,
de la cátedra de Producción Vegetal.
Datos útiles
Movimiento Argentino para la Producción Orgánica
(MAPO), 4382-5562, http://www.mapo.org.ar ; Cámara Argentina de
Productores Orgánicos (Capoc), 4813-4523, http://www.orgánico.com.ar
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El perfume de la Cordillera
Por Carolina Robbiano
"A mí no me manda ninguna mujer", le había dicho
diez años atrás Juan Manuel Tapia, Pochoco para todos, el
encargado de la finca El Encuentro, un personaje nacido, y nunca salido,
de ese valle. Cecilia Zunino lo define cariñosamente como "el
guardián", aunque tiene más de 70, dientes escasos y
trabajo de sobra. Así y todo, aquel descaro en la voz machista del
campo más tradicional ni siquiera nubló el objetivo de esta
mujer, firme en el propósito de cumplir con el deseo de su padre
antes de morir. Zunino se convirtió en su jefa y una de las mujeres
más queridas en la vida de Pochoco ("La Ceci me dio todo lo
que tengo"), tanto como en la vida de Olga Berón, que se encarga
de la casa y todo lo que respecta al azafrán, el nuevo integrante
en la familia de aromáticas que se cosecha en la finca de Barreal,
en San Juan, a la que la naturaleza le dio todo para que sus frutos fueran
orgánicos por derecho natural, y certificados según manda
la Organización Internacional Agropecuaria. Cecilia Zunino aprendió
lo principal en Las Cortaderas, una finca vecina que vende a granel; el
resto fue cuestión de prueba y error.
Las aguas del deshielo riegan las 20 ha de la finca que,
entre la Cordillera y la Precordillera, no deja de sorprender a las inspecciones
rigurosas que recibe cada tres meses. Aroma, textura y sabor caracterizan
los productos De Mi Campo, sembrados, cosechados y envasados artesanalmente
a 1900 m.s.n.m., donde la amplitud térmica y la proximidad con la
montaña conforman el entorno ideal para las especias aromáticas.
"El sol favorece la concentración de sabor", explica Zunino
con el Aconcagua de escolta y el sonido del conchavado, viento típico
de Barreal, que hace su aparición todos los días y dura media
hora, justo a puesta del sol. Además de la producción de
aromáticas se cuentan rosas, lavanda, dulces de membrillo y alcayota,
vinagre, aceto, aceite de oliva extra virgen, pimienta rosa de Aguaribay
y tomates delicadamente hidratados en Malbec y envasados en aceite de oliva.
En diez años, Zunino logró hacer de Barreal algo tan íntimo
como venían haciendo los ancestros de sus ancestros, bajo un cielo
tan diáfano que en esas tierras se instaló el Observatorio
Astronómico El Leoncito. Ella va y viene y no para; ahora tiene,
además, que atender los detalles para exportar.
Fuente: La Nación
Junio 16, 2002
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