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La conquista de los transgénicos
MEXICO,
oct (Tierramérica) - Los cultivos transgénicos
ya cubren más de 18 millones de hectáreas en América
Latina, de la mano de un puñado de empresas transnacionales que
imponen precios y condiciones, mientras el debate sobre su presencia
se carga de amenazas, juicios y dinero.
En Argentina, buena parte de los campos fértiles fueron cubiertos
de soja transgénica a expensas de otros cultivos, y en Brasil
el gobierno autorizó en forma temporal la siembra de esa leguminosa.
En Honduras y México circula ya maíz genéticamente
modificado. En Uruguay se cultiva soja transgénica y se está introduce
el maíz del mismo tipo.
Además, en toda América Latina se venden alimentos derivados
de esos organismos genéticamente modificados (OGM), pero la gran
mayoría de los consumidores lo ignora.
La historia comenzó en 1996, cuando se liberaron comercialmente
en el planeta las semillas transgénicas, cuya producción
es controlada casi en su totalidad por la firma Monsanto de Estados Unidos.
Otras cinco empresas participan en el mercado de forma periférica:
BASF, Bayer, Dow Chemical, Dupont y Syngenta.
En 2002, se sembraron en el mundo 58,7 millones de hectáreas
con semillas transgénicas, de las cuales 13,5 millones correspondieron
a Argentina, y el resto se repartió en otros 15 países.
Estados Unidos es el principal productor de alimentos transgénicos.
Los OGM cuentan con genes procedentes de otras especies, animales o
vegetales, introducidos en laboratorio con el propósito de mejorar
su rendimiento, su resistencia a factores climáticos o herbicidas,
u otras características.
”La introducción de los transgénicos en la agricultura
es irreversible en el mundo. Ahora lo importante en América Latina
es controlarlos, usarlos y desarrollarlos, a la par que otras tecnologías,
para no depender de firmas extranjeras”, dijo a Tierramérica
el científico mexicano Luis Herrera.
El experto desarrolló esa tecnología a inicios de los
años 80 en Bélgica, junto a varios colegas.
Pero para la activista Silvia Ribeiro, de la organización no
gubernamental (ONG) Action Group on Erosion, Technology and Concentration,
con sede en Canadá, la perspectiva futura es otra.
”Con los transgénicos pasará algo parecido a lo
que ocurrió con la energía atómica: primero se promovió su
uso para la producción de electricidad, pero luego, al descubrir
sus peligros y consecuencias, fue en declive”, dijo a Tierramérica.
Las empresas que venden semillas modificadas aseguran que sus productos
son fáciles de cultivar, requieren escasas aplicaciones de pesticidas
y sobre todo son rentables. Representan la llave para saciar el hambre
que acosa a más de 800 millones de personas en el mundo, sostienen.
Sin embargo, tal afirmación está lejos de obtener consenso.
”El tema pendiente más importante es explicar por qué ha
habido un ritmo de adopción tan acelerado (de siembras transgénicas
en Estados Unidos), mientras que los impactos económicos parecen
ser variables o incluso negativos”, según el informe ”Adopción
de Cultivos Biotecnológicos”, fechado en mayo de 2002 por
el Departamento de Agricultura estadounidense.
La ONG Food First, de Estados Unidos, alega que el hambre en el mundo
no se debe a insuficiente producción de alimentos, sino a su mala
distribución, y por lo tanto no tiene por qué resolverse
con los OGM.
Bastaría una distribución adecuada de los alimentos disponibles
hoy para que cada habitante recibiera una dieta de 3.500 calorías
por día, señala.
En los debates en curso participan organizaciones campesinas y ambientalistas
de América Latina, que cuestionan la dependencia generada por
los cultivos transgénicos en el mundo en desarrollo, así como
su presunto impacto en la biodiversidad y la salud humana.
En la otra esquina permanecen las compañías transnacionales,
que en 2002 gastaron más de 50 millones de dólares en campañas
de promoción de sus productos, y que llevan adelante sólo
en Estados Unidos y Canadá más de 2.000 juicios contra
agricultores a los que acusan de usar sus semillas sin autorización.
Monsanto es la dueña de todas las semillas de soja transgénica
que se cultivan en el mundo, y recibe por ello regalías de miles
de agricultores.
Estos se ven impedidos por contrato a reutilizar parte de la semilla
que obtienen de la cosecha de soja, lo que obliga a romper la tradicional
selección de semillas de miles de pequeños campesinos del
mundo.
A fines de septiembre, el gobierno brasileño autorizó temporalmente,
a través de una orden del Poder Ejecutivo, la siembra de soja
transgénica, que se venía cultivando en 4,5 millones de
hectáreas, a pesar de prohibiciones vigentes.
El decreto despertó una aguda controversia, pues no estuvieron
de acuerdo con esa decisión desde el Ministerio del Medio Ambiente
hasta la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica.
En Brasil se ”tiene que evaluar objetivamente si hay capacidad
para controlar, acompañar los problemas de salud y ambientales
involucrados en los OGM”, y si no la hay no se pueden liberar los
transgénicos, ”porque hay inseguridad”, dijo a Tierramérica
Volnei Garrafa, presidente de la Sociedad Brasileña de Bioética.
El científico recomienda poner en funcionamiento comisiones especiales
que analicen la cuestión desde los puntos de vista moral, filosófico,
científico y cultural, así como su potencial efecto sobre
la biodiversidad y la calidad de la vida.
El mexicano Herrera opina de modo similar. Sin embargo, adviertió que
hasta el momento ninguna evidencia indica que los OGM puedan tener un
impacto negativo para la salud y el ambiente.
Por la vía de los hechos o por decisiones gubernamentales, en
los últimos años ingresó maíz transgénico
de Monsanto a México y Honduras, zona de origen de ese alimento,
desarrollado y cultivado ancestralmente por nativos.
En México hay evidencia de que especies nativas fueron mezcladas
con una variedad transgénica y los científicos discuten
hasta qué punto se verá alterado el rico banco genético
de la gramínea.
En otros países, como Uruguay, sucede lo mismo con el maíz,
y eso causa protestas de varios sectores.
”Desde el punto de vista científico hay casi unanimidad
en que los efectos (de los transgénicos) son benéficos
y los riesgos mínimos, porque se ha ido avanzando con todas las
precauciones debidas”, opinó el investigador Alejandro Montaberry,
del Instituto de Ingeniería Genética del Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina.
La polémica tiene que ver con intereses políticos, económicos
y comerciales, sostuvo.
Monsanto sostiene que espera ampliar sus ventas de semillas transgénicas
para el bien de América Latina, pero muchos agricultores se resisten
a abandonar antiguos derechos y tradiciones para depender de una sola
firma, cuya oferta de rendimiento ha sido puesta en duda por el propio
Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
Diego Cevallos - Con aportes de Mario Osava (Brasil) y Marcela Valente
(Argentina).
Fuente: Tierramérica
Octubre 10, 2003
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