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Amenaza para las cataratas del Iguazú
El anuncio de una obra pública de gran envergadura despertó generalizada
y justificada inquietud, puesto que se trata de la construcción
de un acueducto subterráneo que podría afectar en forma
negativa a las cataratas del Iguazú y al ecosistema del parque
nacional del mismo nombre. Tan sólo la mera sospecha de la probabilidad
de ese perjuicio torna razonable aquella preocupación y la aspiración
de que la obra no sea concretada hasta tanto no se compruebe que la amenaza
es infundada.
La empresa energética de la provincia de Misiones tiene la intención
de triplicar su producción y dejar de depender de otras fuentes
abastecedoras de energía eléctrica. Para concretar ese
propósito aspira a construir un túnel subterráneo,
ubicado 120 kilómetros aguas arriba de las cataratas, de alrededor
de 40 kilómetros de extensión y casi nueve metros de diámetro,
que, al costo de aproximadamente 100 millones de dólares, absorberá agua
del río Iguazú y la transportará hasta la represa
de Urugua-í.
Los científicos y los ambientalistas que han objetado la obra
-sería realizada mediante el empleo de máquinas perforadoras-
alertan acerca de la disminución del caudal del río Iguazú.
Ese curso ya está disminuido por la existencia en territorio brasileño
de siete represas reguladoras que actúan de manera indiscriminada
y exentas de control. Si a esa situación se le sumara otra merma,
afirman los expertos, sería probable que se redujese el imponente
espectáculo de los saltos y se produjesen cambios negativos en
la flora de la zona circundante.
No es la única crítica adversa. También se ha puesto
el punto en el hecho de que el acueducto pasaría por debajo del
parque provincial Urugua-í, violando la ley provincial que vela
por la conservación de las áreas naturales protegidas.
De acuerdo con ese criterio, la obra uniría dos áreas naturales
diferentes y aisladas la una de la otra, por lo cual pondría en
peligro la biodiversidad de la denominada selva atlántica interior.
Ninguno de esos argumentos es admitido por los responsables del proyecto.
Se interpreta que la considerable distancia que habrá entre el
comienzo del acueducto y las cataratas del Iguazú disipa todo
riesgo de que el trasvasamiento del agua reduzca el caudal del río.
Al parecer, un episodio más de la pugna entre ciertos intereses
materiales -legítimos, pero insensibles- y los criterios ambientalistas
que no cejan en sus advertencias acerca del futuro desolador que le aguarda
a la humanidad si no corrige su desapego por la integridad del medio
en que vive. Y tampoco se ha reparado en que por causa de su impresionante
belleza natural las cataratas del Iguazú y el parque nacional
homónimo -declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco-
son un atractivo turístico de máxima importancia, meta
preferida de muchísimos argentinos y no pocos visitantes del exterior.
Merced a esa notoria preferencia, en esa región se desarrollan
redituables actividades vinculadas con el turismo, la bien llamada industria
sin chimeneas, que también se verían perjudicadas por un
trastorno de ese cariz.
Hay abundantes consideraciones, entonces, para interpretar que vista
la magnitud de la inversión y de los trabajos requeridos para
cristalizar el proyecto no sería conveniente llevarlo adelante
hasta que, realizados estudios serios, no haya plena convicción
de que el acuerdo subterráneo no representará una amenaza
para esa gran porción del territorio misionero. En caso de que
así se actuara, se habrá sentado positivo ejemplo de cuáles
son los procedimientos más atinados cuando hay sincera y absoluta
voluntad política de preservar la insustituible calidad del medio
ambiente y de defender nuestras irreemplazables riquezas naturales.
Fuente: La Nación (Argentina)
Noviembre 12, 2003
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