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El siglo de la sustentabilidad
Muchos coinciden en afirmar que no se puede alcanzar el desarrollo social
sin crecimiento económico, y también muchos afirman que
el crecimiento económico no puede mantenerse sin un desarrollo
social basado en la justicia y la equidad. Pero no son tantos los que
perciben que el crecimiento económico y el desarrollo social no
se podrán sustentar sin proteger sus bases físicas: la
diversidad biológica, los recursos naturales y el ambiente.
El vertiginoso desarrollo de la ciencia y el acelerado crecimiento económico
registrados en las últimas décadas han posibilitado adelantos
en los niveles de vida que nuestros antepasados no habrían podido
imaginar, pero también han dañado los sistemas naturales
de forma casi irreversible.
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En un escenario en el que la existencia de una crisis ambiental ya no
es materia de discusión, lo nuevo resulta percibir que se ha iniciado
una fase en la que es el denominado modelo económico occidental
el que se encuentra en peligro, ya que la economía no podrá crecer
si los ecosistemas que le dan sustento siguen deteriorándose.
Se requiere en consecuencia, construir una "nueva economía" para
este "nuevo siglo".
No se trata de un cambio menor o de aplicar recetas económicas
más o menos ortodoxas, se trata de un cambio sustancial de conductas,
de forma de vida, de relación con el mundo natural. Estamos dejando
atrás el "siglo del crecimiento"; pero al mismo tiempo
debemos dejar atrás el que fue el "siglo del agotamiento" de
los recursos de la Tierra.
La configuración de una nueva economía resulta entonces
el mayor desafío del siglo XXI que, a no dudarlo, será el "siglo
de la sustentabilidad", y sus consecuencias se podrán constatar
tanto por acción como por omisión. Quienes así no
lo comprendan descubrirán, aunque tardíamente, que el deterioro
de los sistemas de soporte ambiental de sus producciones los habrán
conducido a la decadencia económica y social.
Por otra parte, convertir la economía del siglo XX en otra que
sea sustentable representa la mayor oportunidad de inversión que
registra la historia y se convertirá en una fuente casi ilimitada
de beneficios.
La idea de reconvertir a la sustentabilidad nuestros campos y fábricas,
nuestro comercio, nuestras oficinas y hogares, además de impulsar
nuestros sistemas científico-técnicos, generará una
poderosa actividad económica, muchas veces basada en trabajo intensivo,
en un mundo donde falta empleo rentado y en el cual crear trabajo resulta
esencial para luchar contra la pobreza.
Pero para que ello ocurra se deberá superar la concepción
según la cual la economía es capaz de evolucionar en forma
independiente del ecosistema de la Tierra. Urge que se entienda que la
mayor amenaza para el progreso ya no es el número de barcos de
pesca disponibles, sino la disminución de las reservas de peces;
ya no es la potencia de las bombas, sino el agotamiento de los acuíferos;
ya no es el número de motosierras, sino la desaparición
de los bosques, y, en definitiva, que lo que está limitando el
desarrollo no son las materias primas estratégicas, sino la vida
misma y los ecosistemas que le dan sustento.
Nos toca vivir un período de transición que nos aproxima
día tras día al nacimiento de una nueva economía,
más eficiente en el uso de los materiales y la energía
y que permitirá liberar recursos para resolver los problemas sociales
y para empezar a restaurar nuestro hogar común: la Tierra. Para
que ello ocurra, además de la modificación de las estructuras
sociales y productivas de todo el mundo, se requiere un cambio profundo
en cada uno de nosotros. Se requiere una verdadera revolución
mental, ya que, tal como lo indicó Einstein: "Los problemas
no se pueden resolver dentro del marco mental que los creó".
Por Carlos Merenson - ex - secretario de Ambiente y Desarrollo
Sustentable.
Fuente: La Nación (Argentina)
Noviembre 02, 2003
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