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El colapso de un servicio que cuesta millones
Qué hay detrás
de la guerra de la basura
El paro de recolectores de esta semana
fue apenas una batalla. El conflicto entre políticos, empresarios y sindicalistas no está resuelto.
El mayor problema es que los basurales no dan más.
John Kaltenbrunner está acorralado. Con una huelga de dos meses
los basureros que comanda provocaron una guerra de nervios y balas en
el apacible pueblo de Baker, cuyos vecinos quieren lincharlo. La escena
transcurre en El amo del corral, la novela de culto de Tristan Egolf,
pero esta semana podría haberse insinuado en el norte del conurbano:
el paro de camioneros y barrenderos que comenzó en cuatro distritos
y se extendió a toda la provincia de Buenos Aires fue la primera
batalla de una guerra por el manejo, costo y destino de los residuos
domiciliarios de trece millones de personas. Con empresas quebradas,
municipios fundidos y rellenos sanitarios saturados, el sistema de gestión
de la basura está colapsado en todos sus eslabones.
La guerra de la basura estalló el lunes, cuando el líder
gremial de los camioneros Hugo Moyano declaró en paro a los basureros,
porque cuatro comunas bonaerenses decidieron municipalizar el servicio
de barrido. El Gobierno dictó la conciliación obligatoria,
una tregua de dos semanas.
El eje de la disputa está en la decisión de los intendentes
Enrique García (Vicente López), Gustavo Posse (San Isidro),
Gerardo Amieiro (San Fernando) y Ricardo Ubieto (Tigre) de contratar
como empleados municipales a los barrenderos que ahora trabajan para
las empresas recolectoras. La medida permitiría bajar los costos
del servicio: desligaría a unos 600 camioneros de su sindicato
y los pasaría al gremio municipal, con un salario menor.
El secretario de Gobierno de San Isidro, Héctor Pressel, habla
con la calculadora: cada barrendero le cuesta a los municipios 2.000
pesos, aunque sólo unos 1.100 llegan al trabajador. "Esto
sucede porque pagamos a las recolectoras pero también el 21% de
IVA a la Nación y el 4,5% por Ingresos Brutos a la provincia.
En el 2004 el barrido costaría unos 650.000 pesos, pero si lo
hacemos nosotros nos ahorraríamos esos impuestos y nos costaría
250.000. Pagaremos salarios dignos, de unos 700 pesos".
Los intendentes abrieron un registro de barrenderos en el que pueden
anotarse los actuales, por si las empresas desplazadas deciden despedirlos.
Pero la guerra sigue. Envalentonado, García pretende, además
de contratar barrenderos, municipalizar la recolección en Vicente
López. Sus colegas no descartan imitarlo.
El paisaje de montañas de basura en las veredas puede repetirse.
Una mirada sobre la proporción que el gasto en recolección,
barrido y disposición de los residuos tuvo en algunos municipios,
es elocuente: mientras que para Capital esa erogación representó el
5,75% del presupuesto, en San Fernando y La Plata superó el 15%.
Un caso llamativo es el de Moreno, donde la municipalidad usó el
20% de sus ingresos aunque sus vecinos son quienes menos basura generan
en todo el conurbano, con apenas 380 gramos por día.
Para Miguel Carpintiero, presidente de la Cámara Argentina de
Empresas de Saneamiento Ambiental (CADESA), no hay tiempo para soluciones
tibias: "Pedimos la renegociación de los contratos. Desde
la devaluación, los costos se duplicaron y los municipios sólo
reconocieron aumentos promedio del 20%. Encima muchos pagan tarde, si
pagan."
Según él, Escobar, Quilmes, Merlo y Lomas de Zamora son
los principales deudores. "Las empresas no quieren trabajar a pérdida",
sigue quejándose Carpintiero. Pero no todas sus lágrimas
son de cocodrilo: en los últimos años quebraron cinco empresas,
y las demás apenas sobreviven. El año pasado, la licitación
de la recolección en Florencio Varela quedó desierta, y
en Lomas hubo un solo oferente.
"En el año 2000 Buenos Aires tendrá el equivalente
a 50 Palermos". El título de la nota publicada por el diario
masserista Convicción, el 18 de octubre de 1978 anticipaba un
luminoso futuro con diez millones de árboles, lagos artificiales
y parques públicos, que se harían realidad en las 12.500
hectáreas de tierras del recientemente creado Ceamse (Cinturón
Ecológico), un "anillo verde" de tierras en las afueras
del conurbano destinadas a enterrar la basura de la Capital y sus alrededores.
Trabajo, tiempo y planificación irían convirtiendo los
basurales en maravillosos parques. Que jamás se hicieron, por
supuesto.
El Ceamse es una empresa integrada y dirigida por la Capital y la provincia
de Buenos Aires, que fue creada por la ley 9.111 de 1978 tras la prohibición
de incinerar la basura, como se hacía hasta entonces. Para a ese
fin se obligó a la Capital y a 27 municipios a destinar sus residuos
en sus cuatro rellenos sanitarios, previo pago de una tasa. Un esquema
que ahora también está en crisis.
En un debate organizado por la Fundación Metropolitana y la Universidad
de Ciencias Empresariales y Sociales, funcionarios porteños, bonaerenses
y municipales coincidieron en un diagnóstico oscuro: el actual
sistema "cumplió un ciclo", los rellenos del Ceamse "no
tienen suficientes controles", y "se han tomado pocas decisiones" para
remediar esa situación.
Varios especialistas aseguran que, si no hay correctivos, la vida útil
de los actuales rellenos no superaría los dos años. Uno
es el ingeniero Domingo Suppa, director del Centro de Investigación
Municipal: "Los rellenos deberían haber sido rediseñados
hace 10 años, pero nadie pensó en el futuro. Se aguanta
un par de años, no más"
Para el defensor adjunto del Pueblo de la Ciudad, Antonio Elio Brailovsky, "en
Villa Domínico podría hacerse un piso más encima
de la montaña de residuos, pero hay un colapso técnico
y ecológico, y serios problemas de salud entre sus vecinos."
Fabio Charmonello es director del único relleno sanitario privado
que funciona legalmente en el conurbano, un predio que la empresa Transportes
Olivos opera en Escobar desde 1999. "La disposición final
de residuos es un problema urgente. El relleno de Villa Dominico está repleto,
y ahora la basura de Capital va al de "Norte III", bajándole
la vida útil restante de 4 años a 2. El sistema va a colapsar."
La solución parece simple: mudar los rellenos. Pero como toda
guerra, la de la basura también esconde una cuestión de
dinero. Según documentos internos del Ceamse, el costo del transporte
aumenta un 28% si la distancia hasta el relleno es de 28 kilómetros,
41% si pasa a 60 kilómetros y 61% si el destino final está a
150 kilómetros.
Carlos Hurst fue nombrado presidente de CEAMSE por el gobernador Felipe
Solá hace seis meses. "La imprevisión de gestiones
anteriores generó esta situación crítica",
admite. "En 1997 se decidió autorizar la 'expansión
vertical' (las montañas de basura), pero yo creo que no fue una
decisión correcta", sigue. Miles de personas coinciden con él. "Pero
no acepto en absoluto la teoría del colapso. Catán podría
funcionar cinco años —aunque planeamos cerrarlo en dos— y
Norte III una década. Nos vamos porque los rellenos quedaron en
zonas que ahora están muy pobladas". Curioso: en su ponencia
en el taller de la Fundación Metropolitana, reconocía que "Ensenada,
Catán y Norte III pueden tener una vida de dos, tres o cuatro
años, depende de las decisiones que tomemos."
Hurst tiene varias metas: la primera, cerrar los rellenos sanitarios
del conurbano y llamar a licitación internacional para abrir otros
en el interior del país, que sirvan para los próximos 10
o 20 años. También imagina una ley que multe a los grandes
generadores de residuos y otra que no gustará a los porteños:
el pago de un canon diferenciado —sobreprecio— por parte
de la Ciudad por enviar su basura a tierras provinciales, que él
calcula en 10 pesos por tonelada. Un costo que debería sumarse
a las nuevas tarifas que pretende cobrar el CEAMSE: 55 pesos por tonelada
a Capital (hasta la devaluación pagaba 28, hoy paga 43) y 20 a
los municipios, que pasaron de pagar 10,5 a 15.
Además, se proyecta instalar plantas de recupero en todos los
rellenos, con el objetivo de minimizar la cantidad de basura. ¿Irá CEAMSE
contra sus propios intereses, reduciendo la cantidad de toneladas que
recibe y por las que cobra? "Esta empresa no está para ganar
plata sino para solucionar un problema. En 5 años planeamos reducir
el 25% del tonelaje operado", explica Hurst.
Sin embargo, son muchas las voces que, junto con la basura, quieren
enterrar al propio CEAMSE y devolverle a los municipios la libre disposición
de sus residuos. "Yo creo que sería un error", se defiende
Hurst. "Si algo anda mal hay que corregirlo, no eliminarlo",
invita.
Pero en la Legislatura bonaerense ya circulan proyectos para deshacer
la empresa y reorganizar el sistema, como el del senador provincial Carlos
Díaz, que ya tiene media sanción. "La CEAMSE es una
caja negra que nadie controla", brama Brailovsky. Como varios ambientalistas
y diputados provinciales, fuentes de la Auditoría General de la
Ciudad admiten que hasta ahora el ente no pudo ejercer el control sobre
la empresa.
El combate de fondo en la guerra de la basura será librado por
las dos cabezas políticas de la CEAMSE, y promete ser cruento.
Para marcar la cancha de las negociaciones, el gobernador Solá envió a
la Legislatura un proyecto para que a partir del próximo 1° de
enero se prohíba "el ingreso de residuos generados en jurisdicciones
extrañas", que de aprobarse obligaría a la Ciudad
a inventar un lugar que no tiene para tirar su basura.
Parece haber un duelo de presiones cruzadas: en el debate que se hizo
en la universidad, el secretario de Medio Ambiente y Planeamiento Urbano
porteño, Eduardo Epzsteyn, dejó caer una poco disimulada
advertencia: "La Ciudad recibe no sé cuántos millones
de personas que viven en el Conurbano, que generan residuos aquí y
no pagan impuestos". Y fue más lejos: "Puedo decir,
por ejemplo, que el otro día reinaguramos gran parte del Hospital
Santojanni, donde cerca del 40% de la población que se atiende
con enfermedades de alta complejidad viene de La Matanza..."
Basura. Ya no hay alfombra que la tape. Y el tiempo se está terminando.
Claudio Savoia. -
csavoia@clarin.com
Fuente: Clarín (Argentina)
Noviembre 23, 2003
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