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El trasvase del Ebro, más problema que solución
El problema que suscitó el conflicto del Plan Hidrológico
Nacional (PHN) fue, en su origen, de orden estrictamente técnico:
el trasvase del Ebro es un proyecto con muy poca consistencia hidrológica
y económica. Ya en el inicio de su tramitación, en el Consejo
Nacional del Agua, los expertos ambientales de este organismo emitieron
un voto particular de rechazo, en términos duros, que en cualquier
otro país europeo habría bastado para la retirada del Plan.
Después de asegurar que el proyecto «carece de base científica
ambiental», y de denunciar sus análisis hidrológicos
como «sesgados e insuficientes», los expertos concluían
señalando que «en resumen, consideramos que el PHN, en su
forma actual, no logrará el objetivo que persigue, y que además
puede suponer un deterioro importante de nuestros ecosistemas».
La opinión de estos expertos fue ratificada en los meses siguientes
por centenares de otros especialistas de ámbito universitario
o técnico. Sin embargo, el Gobierno no modificó sustancialmente
el PHN y forzó su aprobación valiéndose de su mayoría
absoluta. Es así como nuestro país ha llegado a tener,
en los albores del siglo XXI, una Ley del Plan Hidrológico Nacional
que contempla obras hidráulicas por más de 24.000 millones
de euros, incluyendo un gran trasvase y decenas de grandes embalses,
pero en cuyo articulado no aparece ni una sola vez la expresión
'gestión de la demanda', ni las palabras 'eficiencia' o 'reutilización'.
Con tales antecedentes nadie debería extrañarse de las
dificultades que está encontrando el Gobierno español en
Bruselas para la aceptación del PHN y, en particular, del trasvase
del Ebro. El Ejecutivo pretende obtener una ingente financiación
comunitaria -ha solicitado 1.300 millones de euros- para un macroproyecto
diametralmente o! puesto a la filosofía de la nueva Directiva
Marco del Agua. De hecho, el trasvase del Ebro es paradigmático
del viejo modelo de los grandes planes de desarrollo hidráulico
realizados a costa del presupuesto y de los ecosistemas acuáticos,
que proliferaron durante el siglo XX. Ésta es precisamente la
clase de política del agua que la Directiva pretende evitar en
el futuro.
En realidad, con el envite del PHN, la Comisión Europea se está jugando
la credibilidad de la nueva Directiva del Agua, que entrará plenamente
en vigor el próximo diciembre. Si aprueba el PHN, ya sea de modo
formal o tácitamente, dando luz verde a cualquier obra del trasvase
del Ebro de las que han sido presentadas como independientes del mismo,
como el trasvase Júcar-Vinalopó o la llamada interconexión
catalana, la Directiva nacerá muerta. La Comisión estaría
reconociendo que cualquier Estado miembro puede sortearla aplicando un
somero maquillaje verde a cualquier macroproyecto hidráulico,
o troceándolo adecuadamente, sean cuales sean su escala y sus
impactos ambientales. De este modo, la Comisión se quedaría
sin instrumentos de control en la política del agua, que es, en
razón de los tratados europeos, una competencia compartida entre
la UE y los Estados miembros.
Sin duda, el conflicto suscitado por el PHN se ha ido haciendo bastante
más profundo de lo que inicialmente calculó el Gobierno
español. Y, consecuentemente, las posibilidades reales de financiación
comunitaria se van esfumando de día en día, a medida que
se generaliza el desprestigio del proyecto, pese a que el Ejecutivo ha
acelerado hasta límites insospechados la evaluación ambiental
del trasvase. Así, el Ministerio de Medio Ambiente ha elaborado
en un tiempo récord de menos de tres meses, con las vacaciones
de verano de por medio, la Declaración de impacto ambiental -que
fue dictada el pasado 31 de octubre- de un canal de casi mil kilómetros
y donde ha tenido que analizar un total de 243.000 alegaciones, lo cual,
cuando menos, induce a plantear serias reservas al trabajo realizado.
El Gobierno español no está en condiciones de modificar
esta situación de modo sustantivo. Ajustar el trasvase del Ebro
tanto a la letra como al espíritu de la normativa europea sencillamente
no es posible. Por otra parte, el proyecto de trasvase es inasumible
para la Comisión por razones financieras. Y todo posible empeño
de mantener el proyecto sin cambios esenciales, confiando en la capacidad
de presión política del Ejecutivo español en el
Consejo de la UE para lograr su aprobación, sólo conduciría
a un enfrentamiento sordo y prolongado con los servicios técnicos
de la Comisión, en un ambiente de creciente conflicto ecológico
internacional.
Por si esto fuera poco, están las divergencias en el seno del
Consorcio para la Protección Integral del Delta del Ebro respecto
a un tema tan crucial como es el caudal a mantener en el río.
Los estudios realizados por la Generalitat catalana indican que este
caudal debería ser, como mínimo, de 135 m3/segundo, frente
a los 100 m3/seg. que fueron establecidos en su día en el plan
de cuenca, y recogidos a título provisional en la Ley del PHN.
Por esta razón está bloqueado el Plan de Protección
del Delta del Ebro, cuya aprobación es preceptiva y que lleva
ya varios meses de retraso respecto al plazo legalmente establecido.
Con un caudal ambiental de 135 m3/seg., sencillamente el trasvase no
se puede hacer, porque los caudales medios disponibles se reducen a poco
más de 500 hectómetros cúbicos anuales. Si primero
el Plan Hidrológico de la Cuenca del Ebro, y más tarde
el PHN, lo fijaron en 100 m3/seg., no fue desde luego por preocupaciones
ambientales, sino porque los modelos de simulación hidráulica
de la cuenca indicaban que ése era el mayor caudal ambiental que
se podía mantener para trasvasar los 1.050 hectómetros
cúbicos deseados. De hecho, es un caudal residual, no ambiental,
como en la práctica lo es el de 135 m3/seg., para su propia escala
de trasvase. En realidad, para mantener el trasvase a largo plazo, el
Ebro no sólo necesita que se respete la totalidad de su caudal
actual, sino que se restituya de algún modo el régimen
natural de avenidas.
A estas alturas del conflicto es ya muy evidente que el trasvase del
Ebro, lejos de ser una solución para cualquier problema hidrológico,
se ha convertido en el factor que está bloqueando la política
del agua en España, y está arruinando las últimas
posibilidades de obtener abundante financiación comunitaria antes
de 2006. Por el contrario, el descarte del trasvase, en cualquier modalidad
en que esta decisión se pudiera presentar salvando políticamente
las formas (revisión técnica, ajuste de prioridades o moratoria),
convertiría en parabienes y facilidades todas las dudas y preocupaciones
que viene trasmitiendo la Comisión Europea al Gobierno desde la
presentación del PHN. Y, por supuesto, abriría generosamente
la bolsa comunitaria para los proyectos sustitutivos (gestión,
eficiencia, reutilización, desalación) que resolverían
los problemas pendientes con mucha mayor rapidez y garantía que
el trasvase del Ebro, y a menor coste.
Sin embargo, la gestión del PHN que realiza el Gobierno español
es mucho más de orden político-electoral que de orden técnico
o de defensa del interés general. El Ejecutivo ya sabe que por
este camino no resolverá los problemas de agua de la agricultura
alicantina y murciana, pero está convencido de que puede rentabilizar
políticamente el conflicto territorial suscitado, arrastrando
a la sociedad valenciana y murciana a una guerra del agua.
por Julen Rekondo
Fuente: El Correo, edición digital (España)
Noviembre 11, 2003
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