La Inundación en Santa Fe: Consecuencias del desastre
Santa Fe: en 90 días sacarán más basura que en un año
Se calcula que son 60.000 toneladas de desechos que estuvieron en contacto con aguas infectadas. Quieren llevarlos a la zona del puerto. Trabajan con palas mecánicas y camiones.

Ahora, cuando todo parece volver a la normalidad, es cuando la batalla se hace más dura. Santa Fe ya empezó a lidiar con las huellas de la inundación que afectó durante diez días a más de ciento treinta mil personas: la basura acumulada por las aguas, y todo aquello que quienes vuelven a casa tiran a la calle, que es todo lo que tenían y guardaban. El agua no perdonó. Y las cifras aterran. En las calles rondan sesenta mil toneladas de desechos: veinte mil toneladas más —un 50 por ciento— que las que la ciudad genera a lo largo de todo un año.

Lo ideal sería quitarla del paso ya. Pero se calcula que demorará cerca de noventa días, todo el invierno, llevarla hasta el relleno sanitario, a 12 kilómetros al norte del barrio más sureño castigado por la inundación. Los esfuerzos están puestos en achicar ese lapso que parece interminable y esa distancia que parece inabarcable.

El lunes, un Comité de Crisis Ambiental integrado por funcionarios, técnicos del Conicet y docentes universitarios lanzó un desafío: llevar la basura al puerto de la ciudad, a la zona conocida como Dique 2, como paso previo a su destino final en el relleno sanitario. "Necesitamos habilitar un centro de transferencia más cercano que el relleno sanitario —dijo a Clarín Carlos Brema, subsecretario de Medio Ambiente de la Municipalidad santafesina—. Primero porque, de contar con uno, sacaríamos más rápido la basura de las calles, desinfectaríamos los desechos cuando los descargáramos en el puerto y los volveríamos a desinfectar cuando los cargáramos para llevarlos al relleno. Eso nos permitiría también trabajar de noche, algo que ahora no podemos hacer porque los barrios afectados no tienen luz. Pero recogeríamos la basura de día y por la noche la llevaríamos del puerto al relleno."

El puerto de Santa Fe está bajo la órbita de un ente autárquico que, hasta ayer, todavía no había dado su respuesta, favorable o no, a la emergencia. En su carrera contra el tiempo, Santa Fe no lleva las de ganar. La basura no es basura común: es basura peligrosa. Estuvo en contacto con aguas infectadas, repletas de animales muertos; son desechos contaminados que distan bastante de las bolsas de residuos domiciliarios que recogen habitualmente los camiones de limpieza de la ciudad en dos turnos diarios.

Esta vez se trata de la madera de mesas, sillas y placares, del metal de heladeras, lavarropas y otros electrodomésticos dañados por el agua, de alfombras que nadie va a caminar, de ropa que nadie va a vestir. Es una basura con nombre propio: inorgánica. Que se degrada distinto y más lento que la común y que ya puso su sello en el cerro de residuos que se alza en el relleno sanitario: la basura común tiene el azulado pálido de lo que muere; la de la inundación se destaca por su vivo marrón rojizo, barro y madera, el color del Salado.

¿Cómo enfrenta Santa Fe a este enemigo silencioso? Con palas mecánicas y camiones. Las autoridades armaron equipos de trabajo conformados cada uno por dos camiones, una pala mecánica y tres operarios. La práctica dice que, a lo largo de un día, desde las nueve hasta que cae el sol porque trabajan en barrios que todavía no tienen energía eléctrica, palas y camiones deben pasar al menos cinco veces por una cuadra que se limpia, y a las dos horas vuelve a estar cargada de desechos. Para pelear de igual a igual, harían falta al menos cien equipos: doscientos camiones y cien palas. No hay. Con los propios, más los aportes de municipalidades vecinas y algunos contratados, hay apenas cuarenta equipos que recorren las calles.

Cada minuto y treinta y seis segundos, un camión descarga restos de inundación en el relleno sanitario. Y no alcanza. Por dos razones. La primera, favorable a Santa Fe, la daña: los camiones son pocos porque también hay que recoger la cosecha de soja. La segunda: acostumbrados a cargar seis toneladas de basura domiciliaria por viaje, los camiones se ven limitados a trasladar dos toneladas de desechos de la inundación, de gran volumen y poco peso.

Faltan equipos, sobran despojos, las calles desbordan de un lodo pestilente que se pega a la ropa y a la memoria y que es en sí mismo un foco infeccioso; hay apuro. El relleno sanitario, diseñado para recibir entre cien y ciento cincuenta toneladas diarias de basura, puede saturarse porque desde hace días engulle entre 300 y 500 toneladas; si llueve, sus accesos de tierra pueden quedar anegados como sucedió en esta ocasión por primera vez desde su nacimiento en noviembre de 1996; y hay un peligro extra: en las calles infectadas cirujean cientos de personas que se alzan con lo que pueden, que multiplican el riesgo de epidemia. No se los puede controlar.

Esa miseria no es responsabilidad de las aguas.

Alberto Amato

Fuente: Clarín (Argentina)
Mayo 14, 2003