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Alimentos o energía, una opción falsa
Por Daniel Gustavo Montamat
Para LA NACION
Los biocombustibles están lejos de desplazar a los derivados del
petróleo, pero pueden contribuir a diversificar la oferta de combustibles.
Su producción hoy compite con la materia prima alimentaria, pero,
en un futuro próximo, biotecnología mediante, podrán
producirse a partir de las variedades vegetales más diversas.
La transformación de la proteína vegetal en alimentos y
la producción de biocombustibles para el mercado mundial deben
liderar el relanzamiento de la región.
Las disyunciones han tenido siempre efectos paralizantes en la Argentina.
Hagamos memoria: agro o industria, mercado o Estado, mercado interno
o mercado externo, sector público o sector privado, y ahora, alimentos
o energía. La opción de alimentos o energía es falsa
para el mundo, para la Argentina y para la región. En primer lugar,
hay que poner en perspectiva el aporte de los biocombustibles como fuente
alternativa de energía. Si toda la producción mundial de
aceites y grasas (150 millones de toneladas anuales) se destinara a la
producción de biodiésel para sustituir gasoil, sólo
lograríamos satisfacer el 12% de la demanda mundial de este producto
petrolero. Si toda la producción mundial de caña de azúcar
(alrededor de 150 millones de toneladas año) y la de maíz
(725 millones de toneladas año) se volcara a la producción
de etanol, sólo podríamos reemplazar el 24% de la demanda
total de nafta. Es decir: aun en el caso extremo de que el mundo decidiera
quedarse sin la materia prima alimentaria que proveen todas estas especies,
no habría sido resuelto el problema energético, si de reemplazar
el petróleo se trata. Por otro lado, es cierto que el suministro
petrolero ofrece problemas de seguridad, que sus reservas están
concentradas en una zona inestable y que sus emisiones agravan el efecto
invernadero. Pero no es cierto que el mundo se esté quedando sin
petróleo y tenga un plazo perentorio para reemplazar los combustibles
fósiles por biocombustibles.
Si, en cambio, asumimos los biocombustibles como una energía
alternativa de fuentes renovables, con ventajas ambientales, se acaban
las contradicciones. El mundo va camino de estandarizar un nuevo producto
energético, apto para ser mezclado con los derivados fósiles
o para usarse puro, que se puede producir a partir de una variedad de
materias primas, algunas de las cuales se usan en la producción
de alimentos. Es verdad que cuando la materia prima de la bioenergía
compite con los alimentos suben sus precios, pero también suben
los precios de la materia prima para producir el nuevo combustible, lo
que le resta posibilidades de competir con los combustibles fósiles.
El etanol de caña se produce a un costo de 22 centavos de dólar
el litro; el del maíz hoy cuesta 30 centavos. En un mercado mundial
más abierto, o la caña desplaza al maíz en la producción
de etanol o la biotecnología se encarga de producir enzimas que
habiliten cultivos alternativos para abaratar los costos, aumentar los
rendimientos y mantener precios competitivos del biocombustible en el
surtidor.
Si Europa y Estados Unidos, los mayores consumidores de productos petroleros,
han explicitado políticas y estrategias de largo plazo para diversificar
su matriz de combustibles, el Mercosur, con sus ventajas comparativas
para producir bioenergía, no puede estar ausente. Tampoco debe
aceptar pasivamente la estrategia de los otros bloques económicos,
que discriminan con aranceles crecientes la exportación de materia
prima elaborada. Debe negociar su papel de proveedor de proteína
animal (a partir de la materia prima vegetal) y biocombustibles. Ni más
ni menos que defender la necesidad de agregar valor, articular una cadena
agroindustrial de escala regional, promover el desarrollo intraindustrial
derivado y apuntalar la vanguardia biotecnológica en la materia.
El autor es economista. Fue presidente de Yacimientos Petrolíferos
Fiscales y secretario de Energía de la Nación.
Fuente: La Nación
Marzo 27, 2007
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