Una barrera vulnerable
Los ecosistemas mediterráneos, amenazados por el cambio climático y las especies exóticas

La intensa humanización y las alteraciones provocadas por el cambio climático amenazan la biodiversidad de los ecosistemas mediterráneos y suponen la aparición de nuevos riesgos sanitarios. La introducción de especies animales y vegetales exóticas, que se trasladan aprovechando las cada vez más concurridas vías de comunicación, es un fenómeno que ya está causando graves daños, al mismo tiempo que la modificación de las temperaturas y precipitaciones, aun en pequeña medida, puede originar la aparición de enfermedades y plagas impropias hasta ahora de las latitudes mediterráneas.

Las islas Chafarinas son tres abruptos peñones situados a poco más de dos millas de la costa marroquí y a unas 27 del puerto de Melilla. Su relativo aislamiento y las limitaciones que impone la administración militar del enclave pudieran hacer creer que este espacio natural se ha mantenido al margen de las agresiones que vienen sufriendo otras islas mediterráneas. Sin embargo, los ornitólogos que velan por la conservación de las importantes comunidades de aves que habitan en Chafarinas se enfrentan desde hace años a la amenaza de las ratas, animal que llegó accidentalmente en alguna embarcación y que hoy ha proliferado hasta el punto de poner en peligro la nidificación de algunas especies, como la valiosa gaviota de Adouin.

La rata es, precisamente, la especie invasora más perniciosa para los ecosistemas insulares del Mediterráneo, según ha puesto de manifiesto la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) en un reciente informe. El documento, distribuido desde la oficina de coordinación que este organismo mantiene en Málaga, alerta sobre la velocidad a la que se están manifestando estas y otras invasiones similares, de tal manera que "las poblaciones nativas no tienen tiempo para integrar o rechazar a las especies foráneas".

Al igual que en el caso de la rata, hay otros animales, muy comunes en el continente, que, sin embargo, causan profundas alteraciones en los frágiles ecosistemas insulares, como ocurre con los gatos domésticos, auténtico azote para las aves, los anfibios y los reptiles. La frecuencia en la introducción, voluntaria o accidental, de estos animales en zonas donde no habitaban está vinculada al intenso tráfico de personas y mercancías que se sirven de medios de transporte y vías de comunicación en constante crecimiento.

Este tipo de fenómenos, que a juicio de la UICN se vienen registrando ya en la mayoría de las más de 5.000 islas e islotes del Mediterráneo, se verán acentuados por el cambio climático. Pequeñas variaciones en la temperatura y el régimen de precipitaciones pueden originar la aparición de nuevas especies invasoras que hasta ahora veían su distribución limitada por los factores climáticos. Hasta tal punto se considera inexorable este proceso que los especialistas, advierte el informe, "prevén que los ecosistemas mediterráneos serán los más afectados en el mundo por la invasión de especies animales y vegetales".

Particularmente grave es este problema cuando los que se trasladan, debido al cambio climático, son insectos portadores de algunas enfermedades. La globalización, las corrientes migratorias y el calentamiento del planeta, señala la Fundación Bayer, "están aumentando la posibilidad de que enfermedades consideradas exóticas en Europa, como la malaria o el virus del oeste del Nilo, se establezcan en el continente europeo, de forma considerable, dentro del próximo decenio". Y el Mediterráneo es, en este caso, la barrera a salvar, una barrera infranqueable hasta hace pocos años y que ahora se presenta particularmente vulnerable.

La misma tesis argumenta José Manuel Sánchez, catedrático de Salud Animal en la Universidad Complutense de Madrid, para el que un ligero aumento de las temperaturas convertirá Europa "en una tierra más propicia para algunos vectores de enfermedades, como los mosquitos portadores de la malaria, que normalmente no se encuentran en estas latitudes". Aparecerán, así, problemas sanitarios "en cuyo control no tenemos experiencia", señala.

Aún más pesimista se muestra Carlos Aranda, doctor en Biología y experto en Entomología, para el que "existe una significativa posibilidad de volver a la situación de los años cuarenta, cuando se registraban en España casi 400.000 casos de malaria". La confluencia del cambio climático y los desplazamientos de la población, concluye, "pueden provocar nuevos brotes de ésta y otras enfermedades para las que no hemos desarrollado resistencia".

Según los datos que maneja el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, entidad auspiciada por la ONU, un aumento de las temperaturas medias en tan sólo tres grados causaría en todo el mundo de 50 a 80 millones de casos adicionales de malaria. Y el virus del oeste del Nilo, confinado hasta hace poco en el continente africano, ha sido ya identificado en la República Checa, Rusia y EE UU.

El alga asesina

Cuando se habla de las invasiones biológicas que sufre el Mediterráneo suele citarse el caso de la Caulerpa taxifolia, a la que algunos denominan "alga asesina". Posiblemente debido a un escape accidental en uno de los tanques en donde se exhibía. La Caulerpa taxifolia escapó del Acuario de Mónaco en 1984. En pocos años, este alga tropical, que habitualmente vive en mares cálidos de América, África y Asia, se ha extendido rápidamente por amplias zonas del Mediterráneo, demostrando una inusual capacidad de reproducción (en un año algunas poblaciones han triplicado su tamaño) y, lo que es más grave, desplazando con su presencia a otros vegetales autóctonos.

Allí donde se instala, el ecosistema queda reducido a una pradera de algas no comestibles, con lo que, además de verse afectada la diversidad biológica, también se pone en peligro la pesca. Hasta ahora no se ha encontrado ningún depredador que ponga freno a su avance, porque la Caulerpa taxifolia produce, al menos, seis posibles toxinas, siendo la caulerpenina la más potente y produciendo de ella hasta tres veces más cantidad que la originada en sus hábitats tropicales de origen. Ninguna de las especies de fauna herbívora que pueblan el Mediterráneo la acepta como alimento.

En algunos puntos de las costas francesa y monegasca las poblaciones de este alga cubren ya zonas de más de 90 hectáreas, y su presencia se ha detectado en otros lugares de las costas mediterráneas. En España, los primeros ejemplares de Caulerpa fueron avistados en aguas de Mallorca y Menorca hace algunos años y se teme que ya esté presente en algunos puntos de la costa peninsular.

JOSÉ MARÍA MONTERO

Fuente: El País (Andalucía - España)
Julio 15, 2003