El medio ambiente desatendido

Un informe conjunto de ONU-Cepal pone en evidencia la vulnerabilidad de las actividades productivas de nuestro país y su tejido social ante la ocurrencia de fenómenos naturales, mientras que un "paper" en preparación por un investigador de la Universidad de Cornell estima los daños ambientales santafecinos en casi 2300 millones de dólares. Este cálculo incluye el perjuicio agrícola-ganadero, el lucro cesante, gastos de reconstrucción de obra pública y privada, daños físicos y morales a la población, tareas de prevención sanitarias, indemnizaciones, período laboral y educacional ocioso, restauración de suelos, seguridad, reconstrucción social y varios otros rubros menores que ese centro de investigación entiende que también integran el cómputo taxativo del daño ambiental.

Otras estimaciones que incluyen menos rubros, como la calculada por la ONU, llevan esa cifra a la mitad. No obstante, si se compara los 100 millones de dólares que, a lo sumo, hubiera resultado la prolongación de la defensa más las medidas de prevención con cualquiera de los montos del daño ambiental estimado, el balance es desalentador, quedando nítidamente expresado en cifras elocuentes. El monto expresado por la ONU iguala el desastre de Santa Fe con los daños del terremoto de El Salvador en 2001.

Tal vez sea prematuro hacer el balance final del deterioro del tejido social que genera una emergencia como ésta, el más difícil de evaluar. Tampoco está nítidamente claro qué consecuencias sanitarias podrán emerger de un enorme amontonamiento de basura orgánica en descomposición que va apareciendo con el retiro de las aguas. Ni hablar de los residuos patógenos. Patentiza este hecho la leptospirosis, enfermedad típica de las inundaciones, contraída por el gobernador Carlos Reutemann, que seguramente estaba mejor equipado durante sus inspecciones que el grueso de los habitantes permanentes de las zonas inundadas.

Una dramática fotografía expresa una situación que no debió ser excepcional durante la inundación. En ella se observa la villa anegada con sus moradores y sus pertenencias en los respectivos techos. Sobre una casilla una señora recoge agua de la inundación en una cacerola para cocinar en un brasero próximo (¿de qué otro lugar podría hacerlo?). En la casilla de al lado se ve a otra persona orinando sobre la misma agua del anegamiento (¿en qué otro lugar podría hacerlo?).

La defensa armada de las propiedades y los problemas de convivencia que generaron el hacinamiento de la relocalización en trenes de carga, galpones, carpas y escuelas y el consecuente retraso en el comienzo de clases completaron en la educación el panorama del desastre.

En lo que respecta al costo político, llama la atención que el único funcionario expulsado de la estructura burocrática santafecina haya sido un componente del personal de planta, mientras que ningún político se haya alejado de la función pública por este tema. El grave desprestigio del -hasta el momento- más reputado político de la Argentina, Carlos Reutemann (según encuestas el único que hubiera llegado a la presidencia sin ballottage), ocurrido en sólo tres días, configura un ejemplo de impresionante magnitud de lo que puede acarrear la relación medio ambiente-política.

Habría sido deseable que este fenómeno de la realidad alertara a los funcionarios que el cuidado del medio ambiente no es sólo una ideología de románticos y lo ubicara en la agenda prioritaria que le corresponde asumiendo la enorme responsabilidad que conlleva su desatención habitual.

No parece que los cuerpos políticos nacionales lo hayan entendido así. Por el contrario, el medio ambiente, que dependió directamente de la Presidencia de la Nación, derivó en Secretaría de Estado y degradó luego su intervención a una subsecretaría del Ministerio de Bienestar Social y depende hoy de Salud Pública.

Por Carlos Libedinsky - profesor titular de Ecología de la arquitectura y diseño avanzado y máster de FADU/UBA.

Fuente: La Nación (Argentina)
Julio 1, 2003