Jaque al Protocolo de Kyoto
Rusia se aleja del Protocolo y le asesta un golpe casi mortal

En los últimos años, al hablar de medio ambiente siempre se hacía referencia al Protocolo de Kyoto. Abocado a morir por unas condiciones casi imposibles de alcanzar sin el apoyo de países como Estados Unidos, Japón o Rusia, la situación varió cuando determinados gobiernos cambiaron su postura inicial. La entrada en vigor dependía de Rusia que parecía decantarse por la ratificación. De repente, esta situación ha cambiado de manera casi inexplicable y el gobierno de Putin se muestra contrario a Kyoto.

En los últimos años, todos los debates en torno al medio ambiente tenían un nombre propio: el Protocolo de Kyoto. Aprobado el 10 de diciembre de 1997 y con muy pocos apoyos, nació abocado a morir. Sin la ratificación de los países del llamado “grupo paraguas” -Estados Unidos, Canadá, Rusia, Australia y Japón-, no se podían cumplir las condiciones necesarias para su entrada en vigor. Pero inesperadamente se dio un giro de 180 grados y muchos países empezaron a adherirse a este documento.

En estos casi seis años, países con posturas iniciales radicalmente opuestas a la salud ambiental se concientizaban de la necesidad de su entrada en vigor. Tal fue el caso de Canadá, Japón o Nueva Zelanda. Tras estas firmas, las esperanzas se centraban en Rusia. Si lo ratificaba, noventa días después entraría en vigor para disgusto del gigante contaminante, Estados Unidos, principal enemigo del Protocolo y mayor emisor de dióxido de carbono del planeta.

A 6 de junio, los más de cien firmantes sumaban un 43,9% del total de las emisiones. Pero para llegar al 55% necesario era esencial el 17% ruso. Y sólo se podía ser optimista ante las declaraciones del primer ministro ruso, Mikhail Kasyanov, en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo celebrada en Johannesburgo en el año 2002. En ellas afirmaba que en próximas fechas Rusia ratificaría el Protocolo. Incluso el mismo presidente Vladimir Putin hacía pública su intención de adhesión.

Pero Rusia ha dado marcha atrás. El pasado 29 de junio, el asesor económico de Putin, Andrei Illarionov decía que “había que tener en cuenta los pros y contras del acuerdo”. Estas declaraciones suponían un jarro de agua fría para los países que habían puesto sus esperanzas medioambientales en Rusia.

A priori el cambio de postura ruso no se entiende. El país soviético sufre desde el año 1990 una crisis energética y en la producción industrial sin igual. Sus emisiones de dióxido de carbono se han reducido en este periodo en un 30%. Con estos datos, Rusia no tendría que hacer ninguna maniobra para acogerse al Protocolo ya que cumple de manera holgada las condiciones exigidas. Además, este país sería uno de los principales beneficiados de la entrada en vigor del escrito debido al comercio de emisiones: los países que menos contaminan pueden vender cuotas de reducción a terceros países que sobrepasen los límites establecidos en Kyoto. La horquilla rusa es amplísima y los cálculos de los beneficios que pueden obtener varían desde 500 millones de dólares hasta 4.000. El principal interesado en la compra de estas cuotas sería Estados Unidos por sus excesos de contaminantes. Incluso ya tenía destino para el dinero que se iba a obtener: proyectos energéticos.

Con la salida del Protocolo de Estados Unidos, Rusia ha visto peligrar su negocio. No va a recibir cantidad alguna y parece que no le preocupa en exceso la salud del planeta, sólo la transacción económica. También se puede entrever una maniobra de Estados Unidos para evitar la entrada en vigor del Protocolo. En febrero de este año, Harlan Watson, negociador en cuestiones climáticas y representante del Departamento de Estado estadounidense realizó una visita a Moscú en la que al parecer habló con Putin y le comentó las razones por las que Estados Unidos no se adhería al Protocolo. El supuesto cometido de la reunión parece haberse cumplido, aunque no se sabe qué va a recibir el gobierno ruso como contraprestación.

George Bush ha realizado una propuesta alternativa al Protocolo y ha creado el “Intercambio del Clima de Chicago”. En esta asociación se engloban catorce de las principales empresas estadounidenses que más contaminan, como DuPont, Ford Motor Company o Motorola. Asalta la duda de si la negativa rusa tiene que ver con todo esto.

El próximo capítulo del Protocolo tendrá lugar en septiembre. La III Conferencia sobre Cambio Climático tendrá la paradoja de celebrarse en Rusia con una aureola de pesimismo. Yury Izrael, organizador del evento, ha comentado que hay que dictaminar si el cambio climático es un fenómeno real o sólo un rumor sin fundamentos. Ignora por completo a los centenares de científicos y organizaciones de Naciones Unidas que lo consideran un hecho. Hasta hace poco, la misma Rusia era de esta opinión pero ahora lo pone en duda.

Aunque las medidas que se incluyen en Kyoto son insuficientes y a estas alturas están algo desfasadas, este Protocolo debe entrar en vigor. Supone el primer escalón de una larga escalera que lleva a salvaguardar un planeta demasiado maltrecho. Después de éste, han de llegar más medidas, reuniones y protocolos que mejoren las condiciones iniciales, pero debe haber un punto de partida. Kyoto ha de serlo.

por Christian Sellés

Fuente: Agencia de Información Solidaria
Julio 10, 2003