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El contrato de Invap con Australia
El controvertido contrato de la empresa estatal Invap para la venta de
un reactor nuclear a Australia se encuentra paralizado en la Cámara
de Diputados de la Nación por un conflicto político al que
hasta ahora nadie llegó a darle solución.
Argumentan los partidarios del contrato que la Argentina no puede perderse
una exportación de productos tecnológicos que la ubicaría
muy bien en los mercados mundiales. Por su parte, los que se oponen señalan
la cláusula que permite tratar en el país los combustibles
quemados por ese reactor. Algo muy parecido (o tal vez idéntico)
al ingreso de residuos radiactivos, que prohíbe la Constitución
Nacional. Con el agravante de que después podrían venir otros
contratos semejantes.
Así las cosas, cualquier decisión que se tome implicaría
un altísimo costo político. A nadie le gusta ser señalado
como el que impidió una exportación tecnológica en
un país que siempre vendió cereales y carnes. Y nadie quiere
quedar marcado en el futuro como responsable de un eventual accidente nuclear,
o por haber convertido a la Argentina en el basurero atómico de
otros países.
Para peor, esta incertidumbre no les conviene ni siquiera a los australianos.
Hay demasiadas interpretaciones que identifican combustibles quemados con
residuos radiactivos como para darles la seguridad jurídica que
ellos esperan. Quizá la próxima Corte Suprema de Justicia
interprete que esos materiales no pueden ingresar en la Argentina por motivos
constitucionales y no se podría cumplir con esa parte del contrato.
Esto nos obligaría a indemnizarlos, con lo cual este contrato terminaría
dando pérdidas en vez de ganancias.
La solución es renegociar
Cuando un problema de esta envergadura no tiene una solución aceptable
para la mayoría de las partes, la función de la cabeza política
es cambiar las reglas del juego. Mucho más porque se trata de una
cláusula política puesta dentro de un contrato técnico
y comercial, y un sano principio es que las decisiones políticas
sean tomadas por las autoridades políticas.
Los defensores del contrato han repetido hasta el cansancio que el posible
ingreso de esos residuos en eal país es un hecho "meramente
eventual" o "una lejana posibilidad", pero de ninguna manera
sería su objeto principal. Es decir que Australia no eligió
a Invap porque Invap se comprometiera a traer a la Argentina los residuos
radiactivos.
Si, de veras, esa cláusula no es esencial, ¿por qué
no renegociar el contrato y eliminarla? ¿Qué perdemos con
intentarlo?
Se me ocurre que el Presidente de la Nación puede encomendar a la
Cancillería que inicie conversaciones para que esa venta no siga
atada a la cláusula de traer a la Argentina los residuos radiactivos,
que es lo que tanta gente objeta del contrato. Hay otros países
especializados en hacerlo, como señala el propio Invap, y los argentinos
podríamos renunciar a esa parte del negocio. Además, Invap
puede asesorar a los australianos sobre cómo hacerlo en su propio
territorio, con lo cual estaríamos aplicando los principios internacionales
que dicen que cada país debe hacerse cargo de su propia basura nuclear.
Llevar adelante una negociación así puede ser una tarea compleja
y difícil, pero ésa es, precisamente, la función de
los diplomáticos. Tal vez las nuevas cabezas políticas sean
capaces de lograr lo que las viejas cabezas ni siquiera intentaron.
Por Antonio Elio Brailovsky - Defensor adjunto del pueblo de la ciudad
de Buenos Aires.
Fuente: La Nación (Argentina)
Julio 16, 2003
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