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La basura, un problema de fondo
En los debates preelectorales, el problema de la basura aparece concentrado
en la discusión de la limpieza. Cómo lograr retirar la basura
de las calles y los domicilios es un debate que pasa del problema del prestador
(concesión privada o servicios propios) al problema de la medición:
si el pago de ese trabajo debe realizarse según la tonelada de basura,
como sucede actualmente, o si debe hacerse mediante el reconocimiento de
un canon por "zona limpia". Pero la realidad es que la recolección
es la parte menor del problema de la basura. Su fase crítica se
encuentra antes y después de la recolección: en la producción
y en la disposición de la basura.
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| Lo más
inmediato parece ahora la disposición de la basura, porque la provincia
de Buenos Aires, que la recibe en el Cinturón Ecológico (en
su momento ingeniosamente así bautizado) descubre que está
pagando un alto costo ambiental y, según las palabras de su gobernador,
Felipe Solá (LA NACION, 17 de abril), no debería seguir recibiéndola
sin una compensación por ese daño, con lo que se cuestiona
el esquema Ceamse de recepción de la basura capitalina diseñado
en 1977. El tema emerge a la agenda de los candidatos a jefe de gobierno
por la simple razón que el Cinturón Ecológico ha completado
en gran parte su capacidad de recepción de basura. |
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Foto: Mariana Araujo
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Su diseño
contemplaba básicamente el relleno de las cuencas inundables, zonas
que por esa misma razón no se encontraban urbanizadas.
Consecuencias geográficas
La política en cuanto a residuos urbanos no ha cambiado demasiado
desde tiempos inmemoriales. Puede resumirse en un único concepto:
llevarlos a otro lado.
Sin embargo, como lo recuerda el Testaccio, monte de Roma frente al antiguo
puerto, constituido por la acumulación de las vasijas rotas durante
la época imperial, en el caso de las grandes aglomeraciones urbanas
la acumulación de basura rápidamente toma dimensiones geográficas.
Y tiene también consecuencias geográficas. A las más
conocidas de la emanación de olores y gases debe agregarse la peligrosa
contaminación de cursos de agua (como ya están contaminados,
absurdamente no nos preocupa tanto) y la todavía peor contaminación
de las napas subterráneas, verdadera reserva estratégica y
fuente de agua potable para muchas poblaciones.
En el caso del Cinturón Ecológico, estas nuevas colinas, tapizadas
por una piadosa aunque delgada alfombra de césped, agregan a la geografía
pampeana no sólo su visible elevación, también la invisible
ausencia de las antiguas cuencas de los ríos de llanura, que funcionaban
como vasos de expansión de las crecidas producidas por las copiosas
lluvias repentinas.
Cegados esos bajos, las crecidas de los ríos no tienen por dónde
expandirse sino aumentando la cota dinámica de una inundación
que llega adonde antes no llegaba: a terrenos que antes habían sido
seguros, principalmente en el conurbano.
La propia Capital Federal contempla incrédula el indetenible aumento
de la cota de inundación y se apresura a construir vasos de expansión
artificiales.
De modo que el problema de la disposición de la basura no se resume
a la morosa ecuación de cuán lejos podemos llevarla con el
dinero que estamos dispuestos a pagar, sino en contemplar debidamente todos
los efectos de una ecuación de dimensiones geográficas, cuyos
perjuicios difusos no se circunscriben al ámbito inmediato del vaciadero,
sino que se expanden en múltiples formas. Nada fácil será
cuantificarlos para la provincia de Buenos Aires.
Si las soluciones después de la recolección y limpieza no
son sencillas, las soluciones antes de la recolección son al menos
más racionales y económicas. Estas se centran en disminuir
la producción de basura.
Mientras el servicio de recolección y limpieza ha mejorado sensiblemente
en las últimas décadas, tanto o más ha progresado la
capacidad de la sociedad para producir basura.
La población de la ciudad de Buenos Aires no ha aumentado en medio
siglo, pero la producción de basura se ha multiplicado por dos o
por tres. La razón está en un sistema de producción
y comercialización que promueve un descarte exacerbado, principalmente
de envases.
Lujos insensatos
Mientras su recolección siga pesando exclusivamente sobre los hombros
de los vecinos, los fabricantes de productos y envases descartables nunca
incorporarán al precio su costo más alto: su recolección
y deposición final. Mientras reciban este subsidio, sólo se
verán incentivados a regalar envases que ven como baratos.
Los campos vecinos del conurbano se encuentran inundados de bolsas de nailon
que vuelan al azar y que se multiplican al mismo ritmo con que generosamente
se regalan todos los días. La antigua bolsa de pan, de tela y dos
varillas de madera, no producía residuo alguno, pero nuestros padres
y abuelos no eran más racionales que nosotros: simplemente no podían
permitirse el derroche. Cuando se llenen todos los vaciaderos, descubriremos
que nosotros tampoco.
Sólo cuando la ciudad imponga un precio a la recolección y
a la disposición de la basura en el momento de su fabricación,
ese costo se incorporará al precio de los productos, y cada uno de
nosotros podrá actuar antes de producir la basura, o sabrá
al menos cuál es el precio que está pagando por ese insensato
lujo.
Una política responsable y racional debería discutir estas
cuestiones que están antes y después de la recolección.
Los candidatos a jefe de gobierno no nos han dado todavía esa oportunidad.
Por Fernando Diez arquitecto, especialista en desarrollo urbano y medio
ambiente. Profesor en las universidades de Buenos Aires y Palermo.
Fuente: La Nación (Argentina)
Julio 16, 2003 |
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