Guerra y medio ambiente
La proximidad cierta de una guerra contra Irak está provocando un lógico e intenso debate en la opinión pública sobre las consecuencias humanas, políticas y económicas que tendría un enfrentamiento armado en el propio país y en el contexto internacional. Y en esta reflexión se están dejando de lado los importantes efectos que un conflicto de las dimensiones anunciadas provocaría en el medio ambiente de la región y que serían realmente devastadores. Todos recordamos la imagen apocalíptica de los incendiados yacimientos petrolíferos de Kuwait por orden de Sadam Hussein durante la Guerra del Golfo en 1991. O las del desierto -símbolo de naturaleza impoluta- con restos de tanques y carros de combate. O, de una forma más dramática todavía, las piernas amputadas de niños víctimas de las minas antipersonales dejadas por militares como recuerdo de la contienda.

La nueva guerra que se puede desencadenar en Irak por parte de Estados Unidos y con el apoyo de algunos países aliados no va a ser una excepción. Recientemente se ha hecho público un trabajo realizado por 'Medact', organismo británico afiliado a la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), prestigiosa ONG ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1985, en el que se analiza el impacto que podría tener una nueva guerra desde la perspectiva de la salud y también de los efectos medioambientales. Las estimaciones se han hecho a partir de los números de la Guerra del Golfo de 1990-91 y de otras intervenciones militares.

Según el informe, un nuevo conflicto podría tener como consecuencia entre 48.000 y 260.000 muertos, en ambos frentes, durante la contienda y en los tres meses posteriores. En caso de desatarse una guerra civil en Irak, habría que pensar en otras 20.000 muertes, más otras 200.000 que se sumarían a largo plazo por efectos de la posguerra, lo que daría un total de medio millón de víctimas mortales. El escenario cambiaría drásticamente si se desatara allí una guerra nuclear, lo que elevaría el número de muertos a cerca de cuatro millones de personas. En todos los escenarios descritos, la peor parte se la llevaría la población civil.

El trabajo tomó como base el precario estado actual de la salud en Irak, que ha sido puesto de relieve por los organismos humanitarios en los doce años transcurridos dede que las Naciones Unidas aplicaron su sanciones a Bagdad como consecuencia de la invasión de Kuwait. El embargo agravó las pésimas condiciones sanitarias y sociales en que quedó el país después de la Guerra del Golfo. Así, los índices de mortalidad infantil subieron enormemente y los de calidad de vida descendieron a un ritmo de vértigo. El estudio de 'Medact' señala que la población iraquí está en pésimas condiciones para resistir una nueva guerra, ya que aún no logró reponerse de la anterior.

Según un informe de UNICEF de 1999, en Irak uno de cada ocho nacidos no cumple los cinco años. Hasta entonces, medio millón de niños menores de cinco años ya habían muerto como consecuencia directa de las sanciones de años atrás. Desnutrición crónica, infecciones respiratorias y gastrointestinales, recrudecimiento de enfermedades como el tifus y el cólera son consecuencia directa de la falta de salubridad y de planes de prevención. En los bombardeos de 1991 y en los constantes ataques aéreos posteriores, la red principal de energía de Irak fue afectada y se destruyó el sistema de agua y alcantarillado. Como consecuencia de ello, el país tiene serios problemas en la distribución del agua y la poca de que dispone no es potable.

Siempre ha habido una relación entre guerra y medio ambiente. Hace 5.000 años, durante los primeros conflictos entre ciudades de Mesopotamia, se demolían los diques para inundar las tierras enemigas. Sin embargo, los efectos producidos en las últimas décadas con las nuevas armas utilizadas no tienen nada que ver en su gravedad con tiempos anteriores. Fue quizás después de la operación Ranc Hand, llevada a cabo en Vietnam por Estados Unidos en los años sesenta del pasado siglo, cuando comienza la preocupación por las consecuencias de la guerra para el medio ambiente. La utilización por parte de la aviación militar norteamericana de poderosos herbicidas, entre ellos el llamado 'agente naranja', con que se rociaron miles y miles de hectáreas entre 1962 y 1971 provocó que una quinta parte de los bosques y más de un tercio de los manglares del entonces Vietnam del Sur fueran destruidos químicamente. Las dioxinas que contenían los herbicidas, uno de los venenos más poderosos jamás! conocidos, penetraron en la sangre, en los tejidos adiposos del ser humano y en la leche materna, ocasionando perturbaciones en las funciones hormonales, inmunitarias y reproductivas del organismo.

Posteriormente, otros conflictos han tenido también graves consecuencias ecológicas. Es el caso de la Guerra del Golfo, las múltiples crisis del continente africano -Angola, Mozambique, Ruanda, República Democrática del Congo, etcétera-, la guerra de Kosovo, o las más recientes de Afganistán y Chechenia. En esta última región, los combates han sido y son tan violentos que por ahora los perjuicios sufridos por el medio ambiente apenas han despertado interés, pese a su importancia probable cuando llegue el momento de la reconstrucción. En resumen, la guerra tiene consecuencias graves, posiblemente durante muchos años, para el medio ambiente y la salud de la población en la zona afectada por las hostilidades. Sin duda, se trata de una cuestión nada desdeñable.

por Julen Rekondo

Fuente: El Correo
Febrero 13, 2003