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La crisis del café y el desarrollo sostenible
Centroamérica es la región que más
está sintiendo la crisis del café con un desempleo que ha
afectado a más de 1,5 millones de personas. Casi la mitad de la
población dedicada al cultivo de los cafetales en Guatemala ha tenido
que cambiar de trabajo o marchar a la ciudad; mientras en El Salvador,
donde el índice de desnutrición infantil en el territorio
nacional es del 23%, la crisis del café ha duplicado esta cifra
en las regiones dedicadas a la recolección del grano.
Una taza de café en cualquier barrio de Nueva York o París
puede llegar a alcanzar el precio de 3,60 dólares. Por esa misma
taza de café, un cafeticultor de la región andina sudamericana
o del sudeste asiático recibe tan sólo 24 centavos de dólar,
un mezquino 7% que, por supuesto, ni cubre el coste de producción
ni las necesidades básicas de los recolectores. Son las consecuencias
más directas de una crisis que en los dos últimos años
ha sumido en la pobreza a más de 25 millones de personas, sin que
por ello, el comercio de café de las cuatro grandes transnacionales
(Nestle, Kraft Foods, Procter & Gamble y Sara Lee) haya detenido su
crecimiento económico.
¿Cómo se explica que, a pesar de
la bajada de precios, las compañías sigan manteniendo sus
beneficios en el comercio del café? La fórmula parece sencilla:
mientras la producción y el índice de precios se mantuvieron
estables al paraguas de la Organización Internacional del Café
(OIC) y del apoyo de Estados Unidos a través de una política
comercial vía cuotas a la importación y la restricción
a la producción, el precio de la libra del café llegó
a superar los 2,40 dólares en Colombia, segunda exportadora de café
detrás de Brasil. Roto este Pacto Mundial del Café en 1989
con la retirada de Estados Unidos de la OIC, el empujón del Banco
Mundial a la libre explotación de los cultivos en Asia, inundó
el mercado con un café de mala calidad hasta reducir su precio en
más del 50% y sobrepasar la demanda de los consumidores.
La respuesta de las transnacionales ante la caída de precios en
el mercado internacional no ha sido otra que el consentimiento a una sobreoferta
de producción indiscriminada que, sin embargo, compensa el descenso
de la demanda con una reducción de la partida que llega a los pequeños
agricultores.
Vietnam ha relegado a Colombia al tercer puesto en exportaciones con un
precio de entre 0,25 y 0,30 dólares la libra de café. Al
lado de Vietnam, señalado como principal causante de la caída
de los precios, otros países como Indonesia, India, Laos, Angola
y Brasil han saturado el mercado con la variedad de grano robusta, un café
de baja calidad y menor precio que priva a los consumidores de la variedad
de grano tradicional arábiga cultivado por los viejos "jinetes
cafetaleros" de los años 50 y 70, Honduras, Guatemala y El
Salvador, junto al resto de países centroamericanos, Colombia y
México.
Es precisamente Centroamérica la región que más está
sintiendo la crisis del café con un desempleo que ha afectado directa
o indirectamente a más de 1,5 millones de personas. Casi la mitad
de la población dedicada al cultivo de los cafetales en Guatemala
ha tenido que cambiar de trabajo o marchar a la ciudad; mientras en El
Salvador, donde el índice de desnutrición infantil en el
territorio nacional es del 23%, la crisis del café ha duplicado
esta cifra en las regiones dedicadas a la recolección del grano.
Más al norte, en los Estados mexicanos de Chiapas y Oaxaca, el desempleo
de los caficultores, sumado al maltrato de la política agrícola,
les ha conducido a menudo a toparse con la muerte en un intento por atravesar
la frontera con Estados Unidos de forma irregular. En Colombia, sin embargo,
la crisis del café, lejos de llevar al abandono de la tierra cultivable
como ocurre en Vietnam o India, está sustituyendo la recogida del
grano por la plantación de la hoja de coca. El comercio de uno de
los aromáticos de mejor calidad del mundo ha sido desbancado por
las exportaciones de petróleo y acero.
Parece evidente que una de las soluciones a la crisis del café pasa
por limitar la producción de grano hasta subir los precios en el
comercio internacional. Esta sería la teoría en el contexto
de la economía de mercado. En la práctica, la OIC ya lo intentó
el pasado año y recibió la negativa de los países
asiáticos y Brasil. En cualquier caso, no resulta muy coherente
esperar que regiones tan devastadas como El Salvador quemen los cultivos
de café para subir el precio de las exportaciones. Ni la OIC es
la OPEP, ni el cultivo de café depende tan sólo de la llave
de un grifo como en el petróleo.
Las alternativas a la crisis del café se encuentran en lo que algunas
ONG han denominado comercio sostenible. Si la producción de países
como Vietnam ha crecido un 400% en la última década es porque
su cultivo ha apostado por la lógica aportación de las nuevas
tecnologías, a la vez que ha pasado por encima del medio ambiente
en fincas sin sombra en dónde los rayos del sol aceleran el efecto
de los agroquímicos y erosionan la tierra facilitando las inundaciones.
El café producido de manera sostenible crece en fincas tradicionales
bajo sombra, necesita mayor tiempo de maduración (café gourmet),
ofrece el hábitat para la vida silvestre y reduce el impacto del
medio ambiente.
Es una apuesta por la caficultura orgánica diversificada, un café
de calidad asociado al desarrollo sostenible y al comercio justo al margen
de intermediarios, que mejore el precio que se paga a los agricultores
y reduzca la oferta con una nueva reestructuración del campo. Una
idea que dista mucho de hacerse realidad por la falta de liquidez del caficultor
y las trabas a la exportación de la agricultura latinoamericana.
La única alternativa para el agricultor por el momento es colocar
el grano de café en el mercado porque no hay otra cosa que vender.
Hasta entonces el compromiso recae en la labor de la UNCTAD (Conferencia
de Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo), los avances de la OMC
en las reformas al comercio de productos agrícolas, el papel de
las grandes transnacionales y, sobre todo, la actitud de los consumidores
por un comercio justo y sostenible.
por Óscar Gutiérrez
Fuente: Agencia de Información Solidaria
Febrero 20, 2003
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