Hacia un uso racional del agua
Hace pocos días, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a través de su Centro de Información, anunció el lanzamiento del denominado "Año Internacional del Agua Dulce 2003".

La campaña que se ha inaugurado tiene como objetivos principales promover una gestión y un consumo ajustados al caudal de los recursos hídricos del planeta. Este bien esencial para la supervivencia resulta cada vez más escaso, lo que exige un uso medido para las demandas del presente y el compromiso de prever las necesidades de las generaciones futuras.

Con datos suministrados por el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, la Unesco y el Programa para el Medio Ambiente (Pnuma), se puede afirmar que en la actualidad hay 1200 millones de personas que carecen de acceso al agua potable y son 2400 millones los habitantes de la Tierra que consumen el vital elemento en condiciones inadecuadas de salubridad.

Esa precariedad en cantidad y potabilidad del agua es la causa y el origen de enfermedades que producen 3 millones de muertes anualmente. Cabe agregar que las condiciones más dramáticas en cuanto a carencia y calidad de los recursos hídricos se observa en el Medio Oriente, norte de Africa y sur de Asia.

Una evaluación sumaria del panorama que se advierte hoy podría ser formulada en estos términos: el agua es un bien indispensable cada vez más limitado y desigualmente distribuido, tanto en el tiempo como en el espacio. Ante ese cuadro, crece la obligación de preservar el recurso para cuidarlo y servirse de él, sea almacenándolo en épocas de abundancia, sea transportándolo hacia las áreas que lo requieran o encarando su reciclamiento y hasta su costosa desalinización en determinadas regiones.

En la insuficiencia apreciada no sólo incide el aumento demográfico del planeta, sino también el desarrollo industrial y urbano y el riego de los campos. La combinación de esos procesos multiplicó por nueve el consumo de agua en el siglo pasado; en el mismo período el crecimiento demográfico fue de cuatro a uno. A esta información debe añadirse el incremento de la contaminación de ríos, lagos y otras fuentes, sumada a la reducción de las aguas subterráneas y de los glaciares -afectados éstos por el calentamiento atmosférico- y al deterioro de la calidad de las precipitaciones por efecto de la polución ambiental, todo lo cual concurre a limitar la disponibilidad del recurso.

A los habitantes de los países más avanzados, sobre todo, les cabe una responsabilidad más acentuada en el proceso de consumo y cuidado. Es una verdad reconocida que el empleo del agua crece cuanto más rico es un país. Así, siendo de veinte litros la ración que se estima indispensable por persona y por día, en las naciones desarrolladas la cantidad que se consume es doce veces mayor. Si por una parte el empleo del agua guarda relación con su abundancia o su escasez, también influye el contexto cultural en un sentido amplio, tanto en su buen uso como en su derroche o deterioro.

Por lo tanto, habiendo sido considerada el agua tradicionalmente como fuente de vida -y así lo han entendido todas las civilizaciones-, el peligro de su agotamiento es una amenaza virtual que oscurece el presente y el futuro. La expectativa básica de la campaña de la ONU apunta a lograr la comprensión adecuada del riesgo que corre la habitabilidad del planeta. Es urgente y necesario promover el uso apropiado y la preservación de un bien que la naturaleza ha donado, como lo es evitar su contaminación y derroche.


Fuente: La Nación
Febrero 25, 2003