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La "deuda ecológica"
de los países desarrollados
A diez años de la Cumbre de Río, el desarrollo sostenible
aún es sólo una buena idea.
Por Mijail Gorbachov*
Durante y después de la Cumbre sobre Desarrollo y Medio Ambiente,
celebrada en Río de Janeiro en 1992, percibí un abrumador
clima de entusiasmo y esperanza por el futuro. Era un tiempo de optimismo
y, en retrospectiva, de inocencia, ya que todo el mundo festejaba el fin
de la Guerra Fría. Diez años después nos vemos rodeados
por un clima diferente, de cinismo y, para muchos, de desesperación.
Algo que difícilmente cause sorpresa, si se tiene en cuenta que
el medio ambiente sigue deteriorándose a un ritmo alarmante, que
la pobreza se agudiza tanto en los países subdesarrollados como
en los que se encuentran en proceso de transición, que la seguridad
disminuye y que los conflictos violentos y los ataques siguen marcando
al mundo.
Y esto ni siquiera tiene en cuenta las nuevas realidades que enfrentamos
en 2002. La mayoría de estos acontecimientos recientes están
relacionados con el fenómeno de la globalización, con el
hecho de que vivimos en un mundo sumamente interconectado, en donde el
comercio, la contaminación, el crimen, las enfermedades y la comunicación
no conocen fronteras.
La sed de la Tierra
La globalización trajo enormes beneficios a algunos y desastres
a otros, en tanto que pasó totalmente por alto a muchos. Generó
brechas aún más grandes entre los que tienen y los que no,
los que tienen acceso a la información, la tecnología y los
recursos naturales y los que no ejercen ninguna influencia en absoluto
sobre los factores que afectan a sus vidas.
Normas dobles y el poder cada vez más desenfrenado de las grandes
compañías multinacionales sirvieron para exacerbar esta tendencia.
En lugar del "desarrollo sostenido" al que el mundo adhirió
en el encuentro de Río, lo que vemos es un consumo insostenible
conseguido mayormente a espaldas de los pobres y desposeídos y a
expensas del medio ambiente.
¿Qué es lo que salió mal? ¿Qué es
lo que falta? Aún en 1992, muchos de nosotros nos dimos cuenta de
que toda la buena voluntad y promesas de la cumbre de Río se traducirían
en nada, a menos que fueran acompañados por dos cosas: una investigación
seria sobre los valores universales y códigos de ética y
una abultada cantidad de dinero.
Junto con otros, participé de un diálogo internacional
para la creación de un marco ético integrado para el desarrollo
sostenido, que resultó en la Carta de la Tierra, difundida por primera
vez en 2000. Con este texto, pretendimos llenar una brecha importante.
Desde la mera aparición de la civilización humana, las
comunidades de todo el mundo crearon e impusieron códigos morales
de conducta para que gobernaran la forma como se trataban entre sí.
Quienes violan estos códigos son llevados ante la justicia. Se les
pide también que indemnicen a las víctimas de sus acciones.
Después de los horrores de las guerras mundiales, se creó
la Declaración Universal de Derechos Humanos como forma de proteger
a la población mundial de los daños. Ahora, el planeta en
sí está en peligro y muchos de los principios éticos
básicos que deberían protegerlo no se respetan.
Un área importante en donde el mundo se vino abajo porque las
promesas de Río no se cumplieron es la del agua. Debiera ser visto
como fuente de vergüenza universal el hecho de que 3 millones de niños
morirán y otros millones más quedarán ciegos este
año como resultado de enfermedades relacionadas con el agua que
pueden prevenirse; que más de mil millones de niños no tengan
acceso a agua potable; que casi 3 mil millones no cuenten con los medios
para una higiene adecuada; y que imprudentemente sigamos contaminando y
explotando las fuentes naturales de agua fresca en todo el mundo.
El agua es el ingrediente más importante para el desarrollo y
la estabilidad. Sin acceso a un suministro de agua básico, uno se
ve expuesto a sufrir enfermedades, pobreza, degradación ambiental
y hasta conflictos.
El buen gobierno, si bien no es esencial, no basta para lidiar con todos
estos temas. Naciones Unidas lanzó la Promesa del Milenio para reducir
para 2015 a la mitad la cantidad de gente en el mundo sin acceso a buenos
servicios sanitarios y de provisión de agua. Para lograr esto, se
necesitarán unos 23 mil millones de dólares anuales. El acceso
a una provisión adecuada de agua potable para las necesidades básicas
humanas es un derecho humano universal y es responsabilidad de todos que
se cumpla con esta promesa.
Será una tarea difícil si se tiene en cuenta que los niveles
de Asistencia Oficial para el Desarrollo (AOD) -que ayudaron a financiar
proyectos de infraestructura- llegaron el año pasado a su nivel
más bajo en 20 años, 53.100 millones de dólares. En
la Cumbre de la Tierra, los líderes de los países desarrollados
prometieron aumentar su AOD al 0,7 por ciento de sus PBI. Pero sólo
cinco naciones cumplieron con su promesa (Dinamarca, Suecia, Noruega, Holanda
y Luxemburgo) mientras que las otras recortaron o congelaron sus contribuciones.
El porcentaje de la OCDE (Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económico) asciende a un lastimoso 0,39 por ciento.
Los países del Norte deberían insistir para que se revierta
esta tendencia y para que sus naciones respeten sus responsabilidades internacionales.
El hecho de que el presidente estadounidense George Bush haya decidido
aumentar el presupuesto de ayuda al desarrollo en 5.000 millones de dólares
es, tal vez, una pequeña pero promisoria señal.
Además de insistir para que las naciones en vías de desarrollo
paguen sus asfixiantes deudas externas, los países ricos no deberían
olvidar las enormes deudas ecológicas que están acumulando
a través del consumo excesivo, en especial, los cambios climáticos
evidentes ya, causados por políticas energéticas irresponsables.
Sería ingenuo imaginar que nuestra prosperidad continuará
o que podremos alcanzar algún grado de seguridad global sin cumplir
con estos objetivos. Una de las lecciones más importantes que dejaron
los ataques terroristas del 11 de setiembre es que vivimos en un solo mundo
y nadie puede darse el lujo de ignorar los problemas de los otros, independientemente
de lo lejos que vivan.
No cabe duda de que sólo la globalización que abarque a
todos y esté basada en un desarrollo sostenido, es la que funcionará.
El camino actual sólo traerá resentimiento, desesperación
y, sin duda alguna, más violencia.
* Ultimo presidente de la Unión Soviética
Copyright Clarín y Los Angeles Times Syndicate, 2002. Traducción:
Silvia S. Simonetti.
Fuente: Clarín
Abril 5, 2002
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