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Trabas al desarrollo sustentable
El desarrollo sustentable es motivo de generalizado
interés y se lo piensa como de necesaria concreción, pero
se trata de un concepto de gran amplitud que involucra un equilibrado crecimiento
de la riqueza y el bienestar de las naciones, en un marco de estabilidad
política y de equidad en la distribución de los bienes generados.
La preservación de los recursos naturales forma
parte esencial de este horizonte por alcanzar. Pero definirlo es más
sencillo que llegar a él, pues se requiere una comprensión
en verdad profunda para que resulte algo más que una simple enunciación
destinada a alimentar el conformismo y a tranquilizar las conciencias.
Desde los centros mundiales de poder político
y financiero se nos pide un desarrollo sustentable que permita emerger
de la gravísima crisis actual. Cabe admitir que la demanda es consistente
y que se justifica, para acceder a ese fin, la adopción de severas
medidas que nos devuelvan al rumbo que nunca debimos haber abandonado.
No es sólo cuestión de afrontar la desorganización
creciente, que afecta a la economía y la sociedad, sino de entender,
a la vez, que la Argentina ha perdido el camino que la condujo a un crecimiento
importantísimo entre fines del siglo XIX y las primeras décadas
del XX. Es menester ser conscientes de que se perdió el respeto
por las instituciones democráticas y republicanas, que se diluyeron
las virtudes del sistema educativo y que hubo una degradación del
sistema de valores y premios y castigos, con una paralela erosión
de la garantía jurídica.
La falta de respeto por la moneda acarreó la inflación
y ésta, la hiperinflación. El déficit fiscal y el
excesivo endeudamiento cerraron las puertas del crédito, mientras
una ineficiente legislación laboral contribuía a segar el
crecimiento de la productividad, fundamento del crecimiento del ingreso
colectivo.
El gobierno del doctor De la Rúa, en lugar de
orientarse hacia el fortalecimiento de la sustentabilidad de las estructuras
nacionales y la consolidación de los logros de la década
anterior -lo que suponía una enérgica corrección de
sus defectos-, constituyó una trágica frustración.
El semestre último no parece haber dejado nada en pie. El default
festejado en el Congreso, la devaluación sin el debido sustento
técnico, el desconocimiento absoluto de la garantía jurídica,
la pesificación asimétrica con la destrucción del
sistema bancario y el crédito, han dejado a la sociedad sin aliento
y sin esperanzas. No debe extrañar, pues, que se reclame un programa
sustentable como condición para otorgar alivio por medio de instituciones
financieras internacionales.
Sin perjuicio de ello, quienes reclaman esa sustentabilidad
deben, asimismo, hacer su mea culparespecto de los desequilibrios que la
comprometen y que en buena medida se originan en el uso masivo de protecciones
y subsidios a los productos agrícolas y a las manufacturas. En virtud
de esas normas, la globalización, fruto de la tecnología,
tiene un funcionamiento asimétrico en detrimento de nuestra economía
y de muchas otras.
Reciente expresión de ese criterio injusto es
la ley agrícola de los Estados Unidos, que eleva en un 78 por ciento
esos subsidios, que ya sumaban mil millones de dólares diarios,
y que recibirán así un nuevo impulso. Como la producción
de bienes industriales de alta tecnología y la mayoría de
los servicios que requieren grandes inversiones y procedimientos sofisticados
tienen mercados abiertos, la protección agroindustrial crea un desequilibrio
y una gran inequidad en las relaciones comerciales. No hay duda de que
respecto de este gran tema ronda una suerte de hipocresía en los
gobiernos y en los medios académicos del mundo desarrollado.
La búsqueda de sustentabilidad es un deber
imperioso que nos debemos, aunque nadie lo pida. Pero, a la vez, quienes
lo demandan deberían hacerlo sin exhibir pecados afines a los que
dicen querer erradicar. Sobre el particular está claro que hay que
asignar calificados recursos humanos y materiales a las negociaciones ya
abiertas en la Organización Mundial del Comercio, en el ALCA, en
las habilitadas entre el Mercosur y la Unión Europea y en toda otra
instancia de diálogo. Buscando alianzas, trabajando y ejerciendo
derechos, se establecerán paulatinamente plataformas útiles
para encarar la resolución de injustos desequilibrios. SABADO 15
de junio de 2002.
Fuente: La Nación
Junio 17, 2002
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