| Así las cosas, el programa,
que desarrolla el Instituto de Conservación de Ballenas (ICB/ WCI,
Whale Conservation Institute, según sus siglas en inglés)
lleva 32 años ininterrumpidos de avances en el conocimiento de la
biología de estos cetáceos.
Algunos de los interrogantes sobre su cautivante vida fueron revelados
gracias al seguimiento de las historias particulares de las ballenas identificadas
por medio de fotografías aéreas que muestran su patrón
de callosidades en la cabeza, tan individual como las huellas digitales
humanas.
Tal es, por ejemplo, el caso de la ballena Troff.
Esta inmensa ballena franca hembra tenía al menos 31 años
de edad la última vez que fue observada. Troff fue identificada
por primera vez en la península Valdés en 1970, año
en que se la vio con una cría, por lo que por ese entonces ya era
una ballena adulta y reproductivamente activa.
Su nombre, adaptado del inglés, significa "valle" o
"surco"; a lo largo de su lomo, Troff tiene una especie de hendidura
bastante pronunciada, que hace que se junte agua allí cuando la
ballena flota en la superficie.
Este rasgo físico facilitó muchas veces su identificación
a simple vista desde los acantilados de Valdés, en los años
en que ella visitaba esas aguas australes para parir a sus ballenatos.
Troff fue la madre de al menos tres ballenas en la península Valdés.
Su hijo Troll nació en 1973, pero también tuvo otras dos
crías allí, una en 1970 y otra en 1979.
Las sucesivas observaciones de Troff y de otras hembras adultas y sus
crías durante los años 70, fueron importantes para entender
muchos aspectos biológicos de las ballenas francas australes.
Sin embargo, no se agota allí el aporte que esta imponente ballena
hizo para el conocimiento de su especie.
Después de 1981 Troff no volvió a ser avistada en los golfos
de la península Valdés, marcando el inicio de una larga ausencia
en las vidas de quienes la estudiaron atentamente durante más de
diez años.
Muchos de ellos, incluso, pensaron que su amiga había muerto.
El regreso de Troff
Sin embargo, ya hacia fines de los años 80, investigadores brasileños
iniciaban también el registro fotográfico de las por entonces
pocas ballenas francas que visitaban las costas del sur de Brasil.
A principios de este año, la colaboración entre los brasileros
José Truda Palazzo y Karina Groch, y el equipo del Programa Ballena
Franca del ICB /WCI, dirigido por la científica Vicky Rowntree,
dio sorprendentes y valiosos frutos.
Mediante la comparación de los catálogos de identificación
de ambas áreas de cría, los investigadores pudieron comprobar
que la legendaria ballena Troff en realidad estaba viva y que había
utilizado las aguas del sur de Brasil para parir a su ballenato nacido
en 1988. Seis años más tarde, en 1994, Troff volvió
a las costas brasileñas.
Este trabajo cooperativo se encuentra en marcha en la actualidad, y demostró
que otras tres hembras de la península Valdés también
tomaron la misma decisión de viajar hasta esas aguas durante la
estación reproductiva.
Estos hallazgos, además de acrecentar el conocimiento sobre la
manera en que las ballenas francas hembra utilizan diversas áreas
de cría para parir y cuidar a sus ballenatos, tienen importantes
consecuencias en la tarea de la conservación de estos cetáceos
que se realiza a nivel internacional.
Por los mares del mundo
Los movimientos de miles de kilómetros de Troff y de otras ballenas
son una muestra más de que la conservación a en los niveles
locales es necesaria, pero no suficiente para proteger a especies migratorias
como la ballena franca.
En sus viajes a lo largo de la costa atlántica de América
del Sur, Troff navega aguas internacionales y nacionales de Brasil, Uruguay
y la Argentina.
"La única manera de asegurar un futuro en la tierra para
estos majestuosos animales es a través de la cooperación
internacional, el trabajo conjunto de investigadores y organizaciones ambientalistas,
y el compromiso de los gobiernos y de los pueblos que comparten la responsabilidad
de contar en sus territorios con la invalorable presencia de las ballenas",
dijo Mariano Sironi, investigador del ICB.
(Este artículo fue elaborado por investigadores del Instituto
de Conservación de Ballenas, filial argentina del Whale Conservation
Institute, que fundó y dirige el biólogo norteamericano Roger
Payne.)
Fuente: La Nación
Marzo 30, 2002
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