El Riachuelo, paraíso de negligencia

La perseverancia de los vecinos de la Boca, que reclaman sin cesar el saneamiento de la cuenca Matanza-Riachuelo, merecería tener mejor suerte que hasta ahora. Pero las autoridades siguen desoyendo tan legítima demanda o desentendiéndose de ella.

Requeriría un volumen frondoso la tarea de recopilar y asentar la historia de esa frustración, hija de tantas vanas promesas y de tantos inútiles proyectos. Empeñados en torcer un rumbo que los lleva hacia un futuro incierto en materia de gravísima contaminación ambiental, los boquenses siguen insistiendo en sus atinadas observaciones acerca de uno de los problemas más graves que afectan la salud pública.

Es sabido que la degradación extrema de la cuenca Matanza-Riachuelo afecta a un área extensa y vastamente poblada por alrededor de 5.000.000 de seres humanos, condenados a vivir -o sobrevivir a duras penas- a la vera de un maloliente curso de agua, envenenado, entre otros factores contaminantes, por los metales pesados que reposan en casi toda la extensión de su lecho.

Ahora, el último informe de la Asociación de Vecinos La Boca pone el acento en que los peligros provocados por esa persistente y negativa situación no sólo involucran a quienes están en cotidiano contacto con ella, según lo han denunciado recientes informes médicos de conocimiento público, sino también a núcleos poblacionales que no por distantes están a salvo de su amenaza.

A título de ejemplo, citan que la empresa Aguas Argentinas tiene tomas de agua ubicadas muy cerca de la desembocadura del Riachuelo. Lo captado por esas tomas también es distribuido a barrios residenciales. Asimismo, los vecinos de la Boca hacen notar que la degradación de ese curso se ha extendido e hipercontaminado la primera napa de zonas en que abundan quintas y huertas de las cuales provienen frutas y verduras que, en forma progresiva y vía cadena alimentaria, generan el riesgo de graves envenenamientos colectivos. Cuando el agua está contaminada por los temibles metales pesados provenientes de los desechos industriales -alertan-, no existen cloro ni lavandina que logren purificarla y hacerla apta para el consumo humano.

Denuncias tan serias requieren, por lo menos, respuestas sensatas. Aún no las han encontrado. A partir del ya lejano y todavía recordado anuncio de que tras mil días de acciones efectivas el Riachuelo quedaría saneado al extremo de que en él se podría pescar, las intervenciones emprendidas fueron disminuyendo y no hay constancias de que tiendan a recuperar un ritmo activo y sostenido, acorde con la magnitud de esa lacra que, incluso, asombra de manera negativa a los turistas que a diario visitan la Boca.

Ciertas situaciones ni siquiera admiten la excusa de la crítica situación por la que atraviesa nuestra economía. En momentos en que se está hablando del superávit de las finanzas públicas de la ciudad de Buenos Aires, tal vez sería muy positivo que el gobierno local se prestase a analizar si parte de ese bienvenido excedente no podría ser destinado a empezar a sanear el Riachuelo, pútrido basural a cielo abierto que debería avergonzar a las varias generaciones de gobernantes que toleraron su formación. Funcionarios que fueron y son incapaces de preservarlo de la negligente conducta de los contaminadores y que tampoco han sabido formular soluciones viables y eficientes para limpiarlo.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)
Septiembre 02, 2004