|
Huella ecológica y planetoide personal
En el manejo de una pradera o un bosque, la capacidad de carga se refiere
a la población máxima de una especie determinada que puede
vivir en ese territorio sin degradar su productividad ni su capacidad
de regeneración. Los economistas convencionales piensan que el
desarrollo tecnológico permite incrementar la capacidad de carga
global de manera indefinida. Y como hemos eliminado especies competidoras
con gran "éxito", se concluye que la noción misma
de capacidad de carga no es aplicable a los seres humanos.
Esa percepción es errónea y peligrosa. La capacidad de
carga se refiere al uso de los recursos que cada individuo impone en
un territorio. Ese nivel de uso no es idéntico para todos los
individuos, y tampoco es estático. Las disparidades en la distribución
de recursos, y en el acceso al poder, hacen que no todos los individuos
tengan el mismo peso ecológico. Y los cambios en la tecnología
traen aparejados transformaciones radicales en el uso de los recursos.
Por ejemplo, se ha calculado que el consumo energético diario
del ciudadano estadunidense típico pasó de 11 mil a 210
mil kilo/calorías diarias entre 1790 y 1980. La intensidad en
el uso de los recursos, y no sólo el aumento demográfico,
es elemento clave para contabilizar el peso ecológico.
La idea de "huella ecológica" ofrece una perspectiva
más interesante para analizar procesos de cambio técnico
y sustentabilidad ambiental. William Rees y Mathis Wackernagel fueron
los primeros en utilizar el concepto de huella ecológica. También
diseñaron una metodología para calcularla, sumando para
una población determinada la superficie requerida para la producción
de cada uno de los elementos en su canasta de consumo anual.
El cálculo es difícil debido a las estimaciones que es
necesario introducir y a la falta de información (aunque los autores
han realizado un ejercicio notable con datos de 1993). Pero el enfoque
es el correcto. Una vez que se tiene el cálculo de la superficie
requerida para mantener el nivel de consumo a nivel de un país,
se puede estimar la huella ecológica per cápita. Esa superficie
representa el "planetoide personal", la superficie productiva
de la Tierra que cada habitante está utilizando anualmente.
El demuestra que casi todos los países industrializados tienen
una huella ecológica más amplia que la de su territorio.
Por ejemplo, Holanda es considerada un éxito ambiental por todo
visitante. Su superficie es de 33 mil 920 kilómetros cuadrados,
tiene pocos recursos, se cuidan bien y los niveles de contaminación
se antojan bajos. Pero Mathis y Wackernagel estiman que los holandeses
requieren un área 15 veces mayor para mantener su nivel de consumo
de alimentos, maderables y energía. Por sí sola, la huella
alimenticia rebasa 140 mil kilómetros cuadrados, y esa superficie
está en países subdesarrollados que exportan alimentos
a Holanda (algunos de estos productos primarios son procesados y exportados
por la industria alimentaria holandesa).
De acuerdo con estos cálculos, la gran mayoría de los países
industrializados (Japón y Estados Unidos a la cabeza) mantiene
un déficit ambiental sumamente importante con el resto del mundo.
Canadá es una excepción porque se trata de un país
muy extenso, con buena dotación de recursos naturales y baja densidad
de población. Estados Unidos e Inglaterra se encuentran entre
los países con un déficit ambiental más intenso.
En general, todos los países de la OCDE, por ejemplo, mantienen
una huella ecológica que se deja sentir hasta los más recónditos
bosques de Borneo y las cañadas de Papua Nueva Guinea.
El cálculo de la huella ecológica y el planetoide personal
es un ejercicio complejo que todavía necesita ser refinado. Por
un lado, la necesidad de información estadística de buena
calidad es muy alta. Por otro, y más importante, sería
conveniente usar técnicas de cálculo matricial para dar
cuenta de las interdependencias en el interior del aparato productivo
mundial con una matriz insumo producto.
Todavía falta mucho para
llegar a ese nivel de análisis, pero la línea de trabajo
es adecuada. En el futuro será necesario afinar la metodología
para tomar en cuenta los efectos de escala que puede acarrear una huella
ecológica desmedida.
No se puede colocar en el mismo plano la huella ecológica de un
habitante en Bangladesh, luchando por sobrevivir en una pequeña
parcela en la que cultiva arroz con la ayuda de un búfalo, y la
de un europeo que circula por las autopistas alemanas en vehículo
de lujo. Hay un problema ético aquí: la huella ecológica
de subsistencia no es lo mismo que la de opulencia. Hay umbrales por
debajo de los cuales no puede juzgarse con el mismo rasero la contribución
ecológica de un habitante. Por eso el cálculo de la huella
ecológica de cada país tiene implicaciones políticas
de primera magnitud. Las negociaciones internacionales en materia de
cambio climático y conservación de la biodiversidad, por
ejemplo, serán radicalmente diferentes al usar como referencia
la huella ecológica.
Fuente: Jornada (México)
Septiembre 09, 2004
|