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El desafío ambiental
Por Carlos Jornet, desde Base Marambio, Antártida Argentina
Basta llegar a este enclave desolado y conversar con alguno de sus apenas
40 residentes para advertir la magnitud del sacrificio asumido un siglo
atrás por quienes pusieron en marcha la epopeya antártica.
En febrero de 1904, cuando La Voz del Interior se aprestaba a lanzarse
al ruedo periodístico, un puñado de hombres instalaba un
campamento permanente en las gélidas islas Orcadas.
En aquel momento, llegar hasta la Antártida –de por sí complejo,
por los vientos huracanados que suelen soplar y las bajísimas
temperaturas de las aguas– significaba literalmente despedirse
del mundo por varios meses. No había equipos de comunicaciones,
y la posibilidad de realizar una evacuación en caso de emergencia
era poco menos que imposible.
No menor fue el desafío en 1969, el mismo año en que el
hombre llegaba a la Luna. Aquí, en nuestro sur, con recursos mucho
más limitados –apenas unas carpas desvencijadas y unos picos
de metal– la llamada Patrulla Soberanía construyó en
12 meses la primera pista de aterrizaje permanente, que abrió una
puerta para que aviones de gran porte abastezcan todo el año a
las bases argentinas y realicen salvatajes y experimentos científicos
de envergadura.
Pero el tercer hito se concretó en setiembre de 2003 y marca
el desafío actual para quienes se instalan en la Antártida.
Luego de años de esfuerzos por cumplir con las normas ambientales
y las cláusulas del Protocolo de Madrid, las bases argentinas
consiguieron acreditar la norma ISO 14.001:1996, que certifica el compromiso
con el medio ambiente.
Pero obtener la ISO no cierra un ciclo sino que abre un desafío
permanente: el de preservar esa reserva natural del planeta para las
próximas generaciones.
Fuente: La Voz del Interior (Córdoba, Argentina)
Octubre 13, 2004
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