Contaminación visual

La avenida del Libertador, en el tramo que atraviesa los partidos de Vicente López y San Isidro, ha sido siempre una de las vías más bellas por las que se ingresa a una de las zonas residenciales más atractivas del Gran Buenos Aires. Históricamente rodeada de grandes arboledas, como es el caso de añosas tipas y otros ejemplares que valorizaron el área, fue el atractivo de muchos visitantes de otras zonas durante los fines de semana y el orgullo de los vecinos que contaban con un patrimonio único para disfrutar al ingresar o salir de sus hogares.

Resulta lamentable tener que admitir que la descontrolada instalación de carteles ha transformado la zona en un caos visual. Una incesante instalación de desmesuradas estructuras se ha ido superponiendo, incluso avanzando perpendicularmente sobre la avenida como si se tratara de una competencia por reiterar una oferta o por el tamaño de la infraestructura publicitaria.

Las paradas de colectivos han perdido su carácter, transformándose en luminosas pantallas publicitarias; junto al cordón de la vereda se han instalado nuevos carteles luminosos llamados "chupetes" que no tienen otra utilidad que publicitar nuevos productos con una tenacidad sin límite. Los cercos de obras en construcción han devenido en monumentales ofertas que perduran meses, a veces años, conviviendo con lugares históricos, iglesias, monumentos o paseos públicos. El caso del abandonado proyecto del Paseo de Fátima, ubicado frente a la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, se ha convertido desde hace años en una monumental cartelera que cubre toda la cuadra, donde el tamaño de las publicidades llega al paroxismo.

Apenas unas cuadras después, hacia San Isidro, se encuentra la oficina de la Delegación de Investigaciones Complejas y Narcocriminalidad, que posee sobre la vereda -y a veces con alguna de las ruedas sobre la misma avenida del Libertador- aproximadamente una docena de autos en estado de abandono desde hace años como si se tratara de un sitio adecuado para disponer vehículos incautados o probablemente relacionados con alguna causa judicial.

En otros lugares residenciales del mundo, las casas de comidas rápidas deben limitar su publicidad a un cartel de un acotado tamaño. En ambos partidos, sin embargo, estos comercios han instalado gigantescas columnas con carteles luminosos, banderas y sombrillas con su marca, que superan a veces la decena, como si se tratara de una feria permanente.

Nada perjudica tanto ni más profundamente el carácter de una comunidad como este desorden. Es por eso que las zonas que se encuentran más ordenadas, donde la publicidad está limitada, donde puede disfrutarse de los árboles en las veredas, sin que sean destruidos o tapados por carteles, tienen más valor. Y teniendo en cuenta el tipo de desorden imperante resulta obvio afirmar que esta zona residencial se ha perjudicado y que ese perjuicio lo sufren los vecinos mientras unos pocos se benefician.

Resulta necesario contar con regulaciones y controles estrictos para proteger las características propias de la comunidad, la calidad de vida y la economía local imponiendo la obligación de que los carteles sean ubicados solamente en lugares establecidos para tal fin. Sería deseable que, ante la proximidad de las elecciones municipales, la comunidad analice si los proyectos presentados por los diferentes candidatos contemplan acabar con este acoso visual que desvaloriza su calidad de vida y sus bienes. Hasta ahora, la avenida demuestra una falta de criterio adecuado para planificar y controlar los espacios públicos. Quizás una escasa capacidad para comprender la implacable desvalorización que provoca la contaminación visual.

Fuente: La Nación (Argentina)
Junio 23, 2003