Canteras en la Patagonia

Este es el momento oportuno: debemos hacer un balance y una planificación adecuada para preservar la belleza de los paisajes argentinos. El turismo, actividad floreciente y de proyecciones optimistas, ofrece grandes posibilidades en la medida en que se aprovechen de modo inteligente nuestras riquezas naturales y culturales. Sin embargo, hay áreas patagónicas cuyos atractivos son degradados por la caótica proliferación de canteras.

Ya es hora de que las autoridades consideren y evalúen seriamente ese potencial paisajístico. La Patagonia es una de las regiones más atrayentes del mundo y su inconfundible geografía la hace inolvidable. Desde sus costas acantiladas, pobladas de fauna salvaje frente al violento Mar Argentino, hasta los glaciares y bosques de los Andes, comunidades locales y visitantes reconocen que se trata de un destino incomparable.

Resulta penoso comprobar cómo en esa vasta extensión la desordenada expansión de las canteras agrede en forma irreversible esas zonas de notable importancia ecológica y paisajística. Tan intensa degradación ambiental desnaturaliza un recurso único para esas comunidades alejadas. En ellas, el turismo puede hacer la diferencia: el mayor atractivo de esos espacios es su cercanía al estado natural, tan escaso en el planeta.

Para dar algunos ejemplos, la ruta que va desde El Calafate hasta el monumental glaciar Perito Moreno -transitada por miles de turistas- se encuentra alterada por canteras que contrastan notoriamente con el contexto que las rodea. El camino hacia el Chaltén, que se recorre con la imponente figura del cerro Fitz Roy sobre la Cordillera, sufre un profundo movimiento de suelos y maquinarias que desvaloriza el entorno. En el trayecto que une Caleta Olivia con Comodoro Rivadavia -quizás uno de los más admirables caminos costeros de nuestro país- es posible disfrutar, por kilómetros, el contraste entre la estepa y el intenso azul del mar patagónico. Allí se advierte el sombrío espectáculo de restos de infraestructura abandonados en una playa destruida por canteras que nunca estuvieron sujetas a la más elemental recomposición ambiental.

Las playas de El Doradillo, en Puerto Madryn -escenario único donde pueden apreciarse, a escasos metros de la costa, las ballenas francas del Sur- fueron horadadas por una destructiva explotación de arena y canto rodado. Esta actividad se encuentra prohibida desde que el lugar fue declarado paisaje terrestre y marino protegido. No obstante, la ausencia de una firme voluntad política que ignora la importancia del sitio para la comunidad permite aún la extracción marginal de materiales.

En el camino de ingreso del Parque Nacional Tierra del Fuego, una inmensa cantera da muestras de una planificación inadecuada y de una política que pretende obtener recursos del majestuoso panorama del fin del mundo, pero que al mismo tiempo menosprecia su conservación.

En los casos anteriores, las condiciones escénicas merecen una protección especial. Los caminos citados cuentan con sobrados atributos para ser declarados "rutas escénicas", una categoría que rescata sus especiales condiciones naturales o culturales, impidiendo las intervenciones negativas (carteles de publicidad, cables, canteras, etcétera) y realzando su autenticidad.

Nuestra ruta 40, de incomparable belleza, es un caso que requiere una inmediata protección: es necesario conservar y realzar las fascinantes condiciones naturales de su recorrido antes de que el pavimento la iguale a tantas otras.

Contemplar un paisaje es una experiencia única, de intenso contenido espiritual, que aún no ha recibido la debida protección por ignorarse el modo de preservar ese bienestar. Por eso muchas veces se justifican estas extracciones mineras con el argumento de la inexistencia del recurso en las cercanías, la creación de puestos de trabajo -por cierto escasos- o para privilegiar algún interés económico individual, claramente irrelevante en relación con la pérdida irreversible de los valores ecológicos, culturales y, sin duda, económicos del área.

Es absurdo vanagloriarnos de nuestras riquezas naturales y al mismo tiempo tolerar pasivamente su degradación. No se trata de impedir la actividad, sino de adecuarla a las características de cada lugar, de manera de no ejecutarla a costa de un patrimonio natural extraordinario o del desarrollo armónico de la región.

Se trata de llevar a cabo una gestión más creativa e inteligente, que integre el valor de la preservación escénica y promueva la mejor calidad posible de nuestro ambiente, minimizando los efectos visuales adversos. Es necesario que las autoridades cumplan con la obligación de exigir la recomposición de los lugares dañados, tal como lo manda la ley. Es imprescindible, en lo sucesivo, antes de aprobar cualquier nueva obra u explotación, efectuar un análisis de impacto ambiental que integre la opinión de la comunidad como herramienta para evitar que se afecten nuestros valiosos paisajes. De ese modo podremos proteger su irreemplazable belleza para las generaciones futuras.

Fuente: La Nación (Argentina)
Junio 29, 2004