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Uruguay: plantas de celulosa: ¿olor a mariscos
o a huevo podrido?
El búmerang es un maravilloso invento de los aborígenes
de Australia, que permite a quien lo lanza recuperarlo si erra al blanco
al que lo dirigió. Pero las palabras pueden también ser un
búmerang, que golpea a quienes las profirieron sin el necesario
cuidado.
Tal parece haber sido el caso de varios connotados gobernantes uruguayos
en sus reacciones ante las movilizaciones de los ciudadanos y autoridades
de Entre Ríos contra la instalación de plantas de celulosa
en Fray Bentos.
En efecto, en sus desesperados intentos por apoyar a los inversionistas
españoles y finlandeses que pretenden instalar plantas de celulosa
sobre el río Uruguay, las autoridades uruguayas recurrieron a todos
los argumentos posibles cuando en octubre de 2003 los entrerrianos cruzaron
el puente para presentar una protesta formal al intendente de Río
Negro.
Fue así que el canciller Didier Opertti sostuvo que "La obra
no es binacional, sino del país, por lo que sólo debe ajustarse
a la normativa local y a la soberanía de este país".
Antonio Mercader también salió al cruce diciendo que "Hacía
tiempo que Uruguay no soportaba una embestida argentina tan furiosa como
la de estos días". Prácticamente se llamaba a la defensa
de la soberanía de la Patria contra la "embestida" foránea.
Sin embargo, dado que ese argumento no era en realidad convincente (porque
nadie puede dudar que las aguas del río Uruguay son compartidas
con Argentina), apelaron a una batería de otros argumentos, entre
los que cabe mencionar:
1) Que se trataba de una maniobra para que las empresas de celulosa se
instalaran en territorio argentino.
2) Que los argentinos criticaban plantas de celulosa en nuestro territorio
pero que mejor harían en hacer algo con respecto a las que tienen
sobre el río Paraná antes de meterse con nosotros.
El primer argumento no se basa en ningún hecho concreto y parece
más un manotón de ahogado que otra cosa. En efecto, ni los
españoles, ni los finlandeses, ni nadie, han hecho ofertas para
instalarse en Argentina. Sin embargo, eso no fue impedimento para que el
intendente de Río Negro, Francisco Centurión denunciara que
Argentina se oponía a la construcción de una planta española
de celulosa sobre la margen oriental del río Uruguay, porque "quiere
que la empresa se instale en su territorio".
El segundo argumento parece sin embargo ser más serio, ya que,
efectivamente, existen plantas de celulosa contaminantes sobre el río
Paraná. Valía la pena entonces analizar el tema y fue lo
que hicimos. Lo que descubrimos fue más que interesante.
Lo primero que confirmamos fue que ¡Uruguay tiene una transnacional!
En efecto, la firma Celulosa Argentina es propiedad de FANAPEL Investment
Corporation, que si bien tiene un nombre en inglés, en realidad
se trata nada más ni nada menos que de "nuestra" Fábrica
Nacional de Papel, con una larga tradición de contaminación
en el pueblo que vio nacer a José Carvajal "el Sabalero":
Juan Lacaze. FANAPEL es propietaria de la planta de celulosa de Capitán
Bermúdez, localidad ubicada al norte de la ciudad de Rosario sobre
el río Paraná. No creemos que nuestros gobernantes blancos
y colorados (que siempre han estado muy vinculados a los Zerbino de FANAPEL,
al punto de que sus propietarios han sido ministros en distintos gobiernos)
le estén pidiendo a las ONGs y gobiernos locales argentinos que
se movilicen en su contra. Aquí empieza el efecto búmerang
y no creemos que los directivos de FANAPEL estén muy contentos con
este "escrache" involuntario.
Pero lo segundo que encontramos fue aún más interesante.
Una de las plantas contaminantes sobre el río Paraná produce
celulosa con el "limpio" proceso de blanqueo ECF, que es precisamente
el proceso que quieren utilizar las dos empresas que planean desembarcar
en nuestro territorio: la finlandesa Botnia y la española ENCE.
La propietaria de esa planta (Alto Paraná) es la chilena Celulosa
Arauco y Constitución, que en febrero de este año inauguró
una planta de celulosa en Valdivia (Chile), también con el famoso
y "limpio" proceso ECF. Desde entonces ya ha sido multada dos
veces y clausurada una vez por la emisión de malos olores que afectaron
a la ciudad de Valdivia, ubicada ¡a 54 kms de distancia!
Para agravar aún más el doloroso efecto búmerang,
la información proporcionada por la propia empresa dice que la tecnología
utilizada en Valdivia fue adquirida a la empresa finlandesa Metso Paper,
que en su página web afirma que "la tecnología elegida
ha sido especialmente diseñada para producir un producto final de
alta calidad con impacto ambiental mínimo". Bueno, si a olores
que llegan a 54 kms de distancia le llaman un impacto mínimo, más
vale no saber lo que sería un impacto máximo.
En definitiva, flaco favor le han hecho con sus declaraciones nuestros
gobernantes a los inversores celulósicos, tanto nativos como extranjeros.
Como joya final, no es posible dejar de mencionar la respuesta del Presidente
Batlle al ser preguntado por una periodista -durante su visita a la planta
de ENCE en España- acerca de los problemas medioambientales que
podría acarrear la instalación de una planta de celulosa
a orillas del río Uruguay: "Huela usted", contestó
el Presidente Batlle "¿no huele a marisquería?".
Ni el Rey podría haber sido más realista. Aunque quizá
el olfato del Presidente esté como en tantos otros temas-
confundido y ya no sea capaz de distinguir entre el olor a mariscos y el
olor a huevo podrido.
por Ricardo Carrere -Grupo Guayubira
E-mail: guayubira@chasque.net
Fuente: Biodiversidad en América Latina (www.biodiversidadla.org)
Julio 01, 2004
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