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Argentina: Siembra de soja cosecha tempestades
La inédita expansión en Argentina de la soja transgénica,
convertida en principal exportación del país, destapó un
fuerte debate entre quienes detentan la patente de la semilla y agricultores
que reivindican la siembra de grano de sus cosechas sin pago adicional.
BUENOS AIRES -
El gobierno intenta mediar en busca de un acuerdo que contemple los intereses
de todos, mientras el comercio ilegal de semillas crece y transnacionales
de la biotecnología como Monsanto empiezan a migrar en busca
de negocios más rentables con híbridos como el maíz
o el girasol, que no se pueden resembrar.
El área sembrada con soja en Argentina creció más
de 100 por ciento en los últimos cinco años, tras la introducción
de la variedad de semilla obtenida en laboratorio, resistente al herbicida
glifosato. En los últimos dos años, el aumento internacional
de demanda y precio potenció aun más la expansión.
La ley de semillas sancionada en 1973 reconoce al productor el derecho
a reservarse simiente obtenida en la cosecha para volver a sembrar en
casos de plantas autógamas como la soja o el trigo. En el caso
de los transgénicos, eso se interpreta como derecho a pagar patente
sólo en la primera compra de semillas.
Ese derecho, consolidado antes del fuerte desarrollo de los transgénicos,
existe en casi todos los países, pero en algunos se limita la
proporción de tierra que un agricultor puede sembrar con granos
de su propia cosecha.
Así ocurre en la Unión Europea, y en ese modelo está concentrada
la Secretaría de Agricultura, que cree necesario controlar la
expansión de semillas sin certificar.
Monsanto resolvió a mediados de enero abandonar la producción
de semillas de soja resistente al glifosfato, debido al aumento de la
siembra sin pagarle, que según la firma no se debe sólo
al "uso propio" de los productores.
Según cálculos de la Secretaría de Agricultura,
cerca de 20 por ciento de la superficie dedicada a la soja fue sembrada
con semillas certificadas, 30 por ciento con semillas de uso propio,
y el restante 50 por ciento con semillas compradas en forma irregular,
sin pago de patente.
Monsanto es la segunda empresa en venta de semillas certificadas luego
de Nidera, otra transnacional, que tiene 58 por ciento del mercado. El
resto son firmas argentinas. Ejecutivos de las demás compañías
admitieron que podrían seguir los pasos de Monsanto si no se combate
de manera decisiva el comercio ilegal.
Fernanda González, de la Asociación Argentina de Protección
de las Obtenciones Vegetales (Arpov), que reúne a los semilleros
propietarios de patentes, aseguró a IPS que el problema no está en
el derecho reconocido de los productores a reservarse semilla para resembrar,
sino en el comercio ilegal que se hace con el excedente de granos.
A modo de ejemplo, precisó que con una bolsa y media de semilla
certificada en una hectárea se obtiene un rendimiento de tres
toneladas de soja, que dan 60 bolsas de nueva semilla para resembrar
unas 40 hectáreas. "Ante esta multiplicación, al semillero
ya no le conviene seguir invirtiendo en investigación", arguyó.
La asociación de semilleros comenzó a exigir en cada operación
de venta la firma de un contrato de "regalías extendidas",
que obliga al agricultor a pagar un adicional por el monto de semillas
que se guarda para resiembra, y a informar sobre el destino que le va
a dar al resto.
Mediante una empresa consultora contratada para tal fin, los semilleros
presionan a los agricultores en los campos con largos interrogatorios,
y envían cartas intimidatorias para exigir explicaciones sobre
el uso de las semilla obtenidas en la cosecha.
Los agricultores rechazan el contrato de "regalías extendidas" y
las inspecciones de los campos, que consideran al borde de lo legal.
Sostienen que esas prácticas implican avasallar su histórico
derecho a reservarse semillas para resiembra, e intentan sentar una nueva
doctrina en el negocio de los granos.
"El problema es que cuando se sancionó la ley de semillas
y se estableció el concepto del derecho de uso del grano obtenido,
se pensaba en pequeños productores, no en productores poderosos
de 500 mil hectáreas que hacen grandes negocios con la inversión
en genética que hicieron otros", remarcó González.
En diálogo con IPS, el ingeniero Bernardo Laurel, secretario
de Confederaciones Rurales Argentinas, explicó que los productores
defienden el derecho al uso propio de semilla y están en contra
del comercio ilegal, también llamado "bolsa blanca" porque
se realiza con bolsas de semillas sin certificado de origen-.
La ley permite vender semilla excedente como grano para hacer harina
o para exportar, pero Laurel admitió que algunos agricultores
la venden en parte para su uso como simiente, que es ilegal. Los semilleros
insisten en que los contratos de "regalías extendidas" apuntan
contra ese eslabón del negocio.
"En Europa, casi 70 por ciento de lo que se siembra es semilla
certificada, mientras que aquí tenemos menos de 20 por ciento.
El resto se compone de una parte legal, de semillas de uso propio, y
otra que no lo es, y eso es algo que no le conviene al semillero que
invierte en investigación y desarrollo", reconoció Laurel.
La Federación Agraria Argentina, que representa a pequeños
y medianos productores, en su mayoría de soja, también
defiende el derecho de resiembra y asegura que no son sus asociados los
que venden el excedente. "Para eso hace falta una estructura grande",
dijo a IPS Jorge Solmi, coordinador de la sede en Buenos Aires de esa
gremial.
La organización internacional ambientalista Greenpeace, que acusa
a Monsanto de "chantajear" al gobierno con la amenaza de su
retiro para conseguir la aprobación de un nuevo maíz transgénico,
coincidió en que los pequeños productores no venden semilla
en "bolsa blanca", porque no disponen de los necesarios galpones
para selección y almacenamiento, que se conocen como "cuevas".
No obstante, Solmi reveló que lo más rentable para algunos
productores es vender semillas a cooperativas, acopiadores o agricultores
vecinos, desentendiéndose de su uso final. La semilla para siembra
se paga hasta el doble que la destinada a elaborar harina o aceite.
Laurel aceptó que se deben respetar los derechos de patente de
quienes invierten en tecnología de semillas, pero a su juicio
el problema del incremento de la semilla ilegal no es responsabilidad
de los productores, sino del Estado, por su falta de controles adecuados.
En 2000 se disolvió el Instituto Nacional de Semillas (Inase),
que se ocupaba de controlar a todas las partes y mantenía la transparencia
del negocio. Desde entonces comenzó a crecer la venta ilegal de
modo descontrolado. Ahora la Secretaría de Agricultura decidió reabrir
ese instituto y estudiar una solución de fondo para el problema.
El Estado deja de percibir alrededor de 62 millones de dólares
por año a causa del comercio ilegal de semillas de soja y de trigo,
otra autógama que se resiembra, según un estudio de la
asociación de semilleros que refleja la evasión en diversas
operaciones que escapan al control del fisco.
Desde el Inase, que vela por la aplicación de la ley de semillas,
Mónica Pequeño Araujo aseguró a IPS que esa norma "es
excelente" en sus bases, y brinda un marco general que se va actualizando
mediante decretos reglamentarios, ante los nuevos desafíos que
plantea el campo.
La funcionaria informó que está "en estudio" un
proyecto de "regalías globales", que prevé aplicar
una tasa a la venta de cada bolsa de semilla, para crear un fondo a repartir
en parte proporcional entre las empresas dueñas de patentes de
semillas. Ese fondo sería administrado por la Secretaría
de Agricultura.
Para los semilleros esa iniciativa es aceptable, porque mantiene el
espíritu de proteger la invención. Pero los productores
la rechazan, y querrían que se aplique algún mecanismo
que amenace el derecho de uso propio de la semilla ni establezca una
nueva carga tributaria.
La Secretaría de Agricultura estudia además la posibilidad
de adherir al acta 1991 del tratado internacional conocido como Unión
para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV), tal como
reclaman los semilleros, a quienes ese acuerdo protege, al obligar a
los productores a informar qué hacen con el material de reproducción.
Actualmente Argentina está adherida a la versión anterior
del tratado, de 1978, que protege fuertemente el derecho de los productores
a reutilizar la semilla y los exceptúa de dar explicaciones.
Pero el convenio de 1978 es anterior a la revolución biotecnológica,
y muchos productores pequeños y medianos admiten que la batalla
por mantener sus derechos corre serios riesgos de ser perdida
por MARCELA VALENTE (IPS)
Enlace: http://www.ipsenespanol.net
Fuente: IPS (International Press Service)
Febrero 03, 2004
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