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AMBIENTE-VENEZUELA:
Rana go home
CARACAS, feb (IPS) - Inusuales mugidos se oyen por las noches en las
lagunas del andino estado de Mérida, al sudoeste de Venezuela.
No se trata de vacas insomnes, ni del ulular del viento entre arroyos
y árboles, según comprueban ambientalistas, campesinos
de esas frías laderas y cualquier paseante.
La búsqueda de profesores y estudiantes de biología de
la Universidad de Los Andes detectó al causante: un anfibio de
color marrón amarillento, de aproximadamente 23 centímetros
de largo y que puede pesar más de un kilogramo.
La rana catesbeiana, más conocida como rana toro (en inglés,
bullfrog), porque emite sonidos similares a un mugido, es originaria
del este de Estados Unidos y se sabe de su existencia en Mérida
desde hace por lo menos cuatro años. Se ignora cómo llegó a
Venezuela.
Las voraces ranas toro devoran desde insectos hasta sus propios congéneres,
y se reproducen en forma prolífica. En la región andina
ya hay centenares de miles que amenazan la existencia de especies propias
del lugar, como pájaros, serpientes pequeñas, tortugas
y algunos roedores.
”Aún no ha causado grandes daños, pero puede hacerlo”,
dijo a IPS la especialista en ecología animal Amelia Díaz,
de la Universidad de Los Andes, quien ha realizado estudios sobre el
batracio para la venezolana Fundación Bullfrog.
La introducción ilegal de especies foráneas y su diseminación
por manejo imprudente son problemas graves en América Latina y
el Caribe. Uno de los casos emblemáticos es el del pez tilapia,
natural de África, registrado al igual que la rana toro en la
lista de 100 especies exóticas invasoras más peligrosas,
elaborada por la Unión Internacional para la Conservación
de la Naturaleza.
Algunos países de la región han aprovechado económicamente
el cultivo de ese pez de sabrosa carne. Entre ellos se cuentan Argentina,
Brasil y México, que han establecido controles en la reproducción
y delimitación de espacios para su desarrollo.
El Banco Interamericano de Desarrollo calcula que la producción
de tilapias en América ”alcanzará unas 500.000 toneladas
anuales antes de 2010, duplicándose a un millón de toneladas
antes de 2020”.
Sin embargo, la especie ha impactado el ambiente, pues sus excrementos
contaminan las aguas, y ”la rápida reproducción de
la especie le da ventaja frente a otras”, señaló a
IPS Eddy Solórzano, de la Oficina de Diversidad Biológica
del Ministerio del Ambiente venezolano.
Han sido también emblemáticos los casos de la introducción
en Colombia de la trucha llamada arcoiris, originaria de las costas del
Pacífico, y de la introducción en Argentina del castor
canadiense.
Algunos estudios en Colombia han atribuido a la trucha arcoiris responsabilidad
directa en la extinción del pez ganso y de las aves acuáticas
cira y ”pico de oro”.
El castor canadiense, de casi un metro de largo y que puede pesar de
12 a 20 kilogramos, ha contribuido a la destrucción de árboles,
al comer cortezas, ramas, hojas y algunos frutos, y desvía cursos
de agua de sus cauces naturales, con su típica construcción
de represas de troncos que crean lagos artificiales.
Un caso particular fue el de la importacion legal a Brasil en 1956 de
algunas abejas reinas africanas, para mejorar la calidad de las europeas
en sus apiarios.
Las características más peligrosas de esos animales resultaron
dominantes en las cruzas, y al año siguiente escaparon 26 reinas
y sus respectivos enjambres que se digieron hacia el norte y el noroeste,
expandiéndose hasta llegar en los años 80 a América
Central.
Por el camino quedaron centenares de personas muertas o severamente
afectadas por las picaduras de los agresivos enjambres, muchas veces
familias campesinas que perdieron a un niño o un labriego además
de vacas, cerdos o aves de corral. Incontables ejemplares de fauna silvestre
también sucumbieron a los ataques de los himenópteros.
La rana toro está lejos de causar tales desastres, pero para
las autoridades de Venezuela ”es muy importante evitar que se extienda,
pues el ecosistema de los Andes es frágil”, afirmó Solórzano.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente reconoce como
amenaza a la biodiversidad de la región ”la presión
de las especies exóticas sobre las nativas y sus hábitat”.
En Venezuela la introducción ilegal de especies está penada
por leyes ambientales con tres meses a un año de prisión
y multas de 1.500 a 5.000 dólares (de 10 meses a casi tres años
de salario mínimo).
Un ejemplar de rana toro puede poner de 50.000 a 70.000 huevos. En un área
entre montañas que alberga una laguna, de unas decenas de kilómetros
cuadrados entre los poblados merideños de Jají y La Carbonera,
la Fundación Bullfrog calculó que había unos 600.000
de esos batracios, que fueron reducidos a un tercio o un sexto.
Eso se logró mediante el trabajo de equipos provistos de redes
y mallas, y al eliminar vegetación que servía de refugio
a las ranas toro.
La búsqueda sigue, y hay recompensas. Sesenta centavos de dólar
ha pagado el Ministerio del Ambiente por cada hembra cazada, 30 centavos
por cada macho y 20 centavos por kilogramo de renacuajo.
¿Cómo cazarla? Los campesinos, especialmente los muy jóvenes,
apelan a una de sus armas tradicionales, económicas y hasta ecológicas:
pequeñas hondas con las que lanzan pedruscos para liquidar al
parduzco batracio.
En otros países de la región, es posible que algunos consideren
un desperdicio escandaoso tantos esfuerzos contra la rana toro, que se
cría comercialmente en Argentina, Brasil, Cuba y México,
para vender a restaurantes sus apetitosas ancas.
En Estados Unidos, la rana viva se cotiza aproximadamente a 5,.5 dólares
por kilogramo, y la carne congelada a unos 10 dólares por kilogramo.
Pero ningún avezado criador se ha instalado aún en Mérida,
y en cambio continúa la lucha, auscultando mugidos, para contener
la invasión de la rana estadounidense.
por Yensi Rivero
Fuente: IPS (International Press Service)
Febrero 05, 2004
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