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Las opciones que plantea la pesca
La situación actual del sector pesquero nos confronta hoy con
la Argentina que queremos dejar de ser: aquella que deja librada al arbitrio
de un funcionario circunstancial la suerte de sus recursos más
importantes, en lugar de establecer reglas de juego claras que garanticen
la sustentabilidad de ese mismo recurso en el mediano y el largo plazo.
No debe olvidarse que cuando se trata de alimentos -como es el caso de
la pesca-, al interés nacional se suma el interés de la
comunidad internacional en asegurar una administración racional
de los recursos.
Lamentablemente, no siempre somos conscientes del significado que tiene
la pesca para el presente y el futuro de los argentinos. Inmersos en
una fuerte tradición agroganadera, perdemos de vista sectores
como el pesquero, que supera a muchos otros productos en valores de exportación.
Cuando la opinión pública desconoce la importancia de un
sector, cuando el pueblo está deficientemente informado, falla
el control ciudadano y se corre el riesgo de caer en conductas irresponsables
desde la administración pública.
En 1997 el Congreso sancionó el Régimen Federal de Pesca,
por el cual se estableció un ordenamiento normativo que -bien
aplicado- garantizaría la sustentabilidad del recurso. Pero esa
ley no ha sido todavía implementada. Y, como resultado de esta
dejadez, hoy se encuentran en grave peligro especies como la merluza
hubbsi, la más significativa de nuestro mercado.
No hace falta ser un experto en el tema para entender cómo se
llegó a esa situación. El otorgamiento de los permisos
de pesca se hizo al margen de las pautas establecidas en la ley mencionada.
Es decir, se hizo a través del viejo vicio de la duplicación
de los permisos pesqueros, que permite el ingreso de buques que supuestamente
reemplazan a otros inexistentes o que admite que aquellos que deben dejar
de pescar continúen haciéndolo.
No se respetaron las recomendaciones técnicas del Instituto Nacional
de Investigación y Desarrollo Pesquero (Inidep), que por ley es
el referente técnico y científico de la administración
pesquera nacional. Tampoco se tuvo en cuenta al Consejo Federal Pesquero
ni a los otros institutos de investigación. Estos organismos se
encargan de establecer la captura máxima permisible en cada caso,
fijando los límites de explotación de la especie. Al no
tomarse en cuenta esos límites, se llegó al extremo de
duplicar, en los hechos, los niveles recomendados por las instituciones.
El Régimen Federal de pesca intentó acabar con esa falta
de control, llevando el esfuerzo o capacidad de pesca hacia otras especies,
pero sin mayor éxito. Quizás el fracaso sea consecuencia
de la sistemática rotación de funcionarios en la subsecretaría
de Pesca: diecisiete subsecretarios distintos se sucedieron desde 1989
hasta hoy. Con ese marco de inestabilidad, no resulta fácil adoptar
medidas que miren más allá de una visión estrecha
y cortoplacista. Es necesario hacer notar el abuso en que incurre el
poder administrador cuando, violentando un principio republicano básico,
desconoce la existencia de una norma sancionada por los representantes
del pueblo.
Por otro lado, el funcionario que tiene en sus manos la capacidad de
determinar quién pesca y cuánto, puede verse tentado a
hacer un uso poco transparente de ese poder, dejando de lado las leyes
que velan por los intereses de todos los argentinos. Un ejemplo del uso
que se le dio a los permisos de pesca fue la campaña de publicidad
de la década del 90: se inundó la ciudad de Buenos Aires
con carteles que promocionaban como un logro importante el haber llegado
a pescar un millón de toneladas de merluza, con un slogan que
decía: "Argentina, de un país con pesca a un país
pesquero". En realidad, se estaba depredando el recurso y poniéndolo
en un grave riesgo de colapso. Todo eso a pesar de las reiteradas y enérgicas
protestas de organizaciones no gubernamentales especializadas y de científicos
de prestigio nacional e internacional. La situación no está todavía
resuelta y sigue afectando los recursos argentinos y a todos los sectores
que viven de la pesca.
La ley le pone un freno al oportunismo a través de un sistema
de cuotas, que son otorgadas por el Consejo Federal de Pesca sobre la
base de las recomendaciones que surgen de los estudios del Inidep. Este
sistema es el mismo que se aplica en países como los Estados Unidos,
Australia y Nueva Zelanda. No se trata de innovar, sino de hacer cumplir
una ley sancionada hace más de cinco años en la Argentina
y de eficacia probada en países desarrollados, de reconocida seriedad
en la administración de recursos sustentables.
Respetar el Régimen Federal de Pesca significa reafirmar el principio
de la legalidad republicana, consolidar las competencias de cada una
de sus instituciones y evitar abusos y arbitrariedades en el ejercicio
del poder administrador. Al mismo tiempo, esa legitimidad otorga previsibilidad
a la industria y permite planificar inversiones en el largo plazo, en
el marco de seguridad jurídica que debe acompañar necesariamente
al desarrollo económico y social del país.
Esta discusión sobre la aplicación o el desconocimiento
arbitrario del Régimen Federal de Pesca conduce a un planteo sobre
el modelo de país que queremos construir. Se trata de elegir de
una vez por todas si queremos vivir o no en una sociedad republicana,
donde las instituciones son las que garantizan el crecimiento. El desarrollo
no puede quedar a merced del ingenio o el acierto mesiánico de
un poder administrador desbordado. La primera opción garantiza
la previsibilidad, la generación de empleo genuino, la riqueza
y el desarrollo sustentable. La otra, en cambio, lleva a la incertidumbre
y el estancamiento. La decisión es nuestra y debemos asumirla
con responsabilidad.
Fuente: La Nación (Argentina)
Febrero 26, 2004
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