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Las malezas no son tan malas
BUENOS AIRES, feb (IPS) - Imagine el lector que una variedad increíble
de alimentos nutritivos brotan por todas partes sin que nadie los siembre,
mientras muchos pasan hambre a su lado.
Parece mentira pero es verdad: miles de plantas comestibles, despreciadas
por ser silvestres, se están convirtiendo en manjares de exclusivos
restaurantes.
Detrás de este "hallazgo", que es sólo la reivindicación
de hábitos milenarios, hay un grupo de científicos de la
Universidad Nacional del Comahue, en la austral ciudad argentina de San
Carlos de Bariloche, de la provincia de Río Negro. Desde el laboratorio
Ecotono, los expertos clasifican las llamadas malas hierbas y enseñan
a cocinarlas.
El biólogo y doctor en Ciencias Naturales Eduardo Rapoport, coordinador
del proyecto, aseguró a IPS que ninguna de las campañas
que hicieron para difundir el uso comestible de las malezas fue tan efectiva
como la que lo mostró a él preparando un plato con hierbas
silvestres en un programa de televisión.
"Después de aparecer en televisión me llamaron para
dar charlas en barrios pobres y en reuniones de chefs, y algunos de ellos
que trabajan en restaurantes exclusivos de Bariloche empezaron a incluir
las hierbas en sus recetas", relató.
Especialistas en el arte culinario ofrecen ahora, para sorprender al
paladar exigente, cordero "al vinagrillo" o lasagnas rellenas
con romaza (Rumex crispus), una planta silvestre de hojas grandes conocida
también como "lengua de vaca", tan común en los
campos que ni se advierte su presencia.
Esa vía de difusión resultó más eficaz que
los intentos más formales de explicar el valor nutritivo de plantas
silvestres. "Hemos tocado timbres de 130 instituciones nacionales
e internacionales y sólo seis respondieron positivamente",
se lamentó el biólogo, devenido experto en el arte culinario.
Los registros internacionales identifican más de 15.000 especies
vegetales comestibles, y los expertos piensan que el total en la naturaleza
puede llegar a 50.000. Pero en el supermercado mejor surtido de cualquier
país no se encuentran más de 150 especies cultivadas y
un puñado de "yuyos" o malezas.
La biología define a estas especies como "plantas que crecen
en un sitio que el hombre considera inadecuado", pero la Real Academia
Española expresa una valoración menos neutral.
Según el diccionario de la Academia, maleza es la "abundancia
de malas hierbas" o cada una de ellas, y mala hierba es la "planta
herbácea que crece espontáneamente dificultando el buen
desarrollo de los cultivos".
Muchas plantas silvestres se venden desecadas para preparar tés
medicinales, aunque es raro encontrarlas frescas en verdulerías.
Cuando las hay, se presentan a veces como productos exóticos "descubiertos" por
algún joven chef.
Lo cierto es que se trata de plantas que ya daban sustento a seres humanos
hace millones de años, cuando no existía siquiera la agricultura.
El estudio que dirigió Rapoport en Bariloche reveló que
sólo en esa región de la Patagonia argentina hay unas 200
plantas nativas comestibles, que son en alto porcentaje hierbas silvestres,
y un centenar de malezas exóticas que también son alimentos,
muchas de las cuales se comen normalmente en otros países e incluso
son exportadas para su uso en la industria alimenticia.
En una sóla hectárea es posible hallar, en promedio, 1.300
kilogramos de plantas silvestres comestibles que crecen sin necesidad
de ser sembradas, regadas o fertilizadas. Y hay zonas rurales en las
que, pese al uso de potentes herbicidas, crecen por hectárea hasta
7.000 kilogramos de malezas aptas para el consumo humano.
Tréboles (Trifolium repens), cardos (Carduus acanthoides), dientes
de león (Taraxacum officinale) y vinagrillos (Oxalis corniculata)son
algunas de las plantas silvestres que ingresan, de a poco, a la dieta
de los argentinos.
La quinoa blanca (Chenopodium album) es muy apta para preparar tallarines
verdes y la lechuga del minero (Claytonia perfoliata) es deliciosa en
ensaladas. Casi todas las malezas se aprovechan desde la raíz
a las hojas, incluyendo sus frutos.
"Comestible sólo significa 'que se puede comer', y no siempre
se dispone de datos sobre calidad alimentaria, pero dentro de lo que
se conoce en general, hay especies silvestres con mayor contenido de
nutrientes que las cultivadas, y con la ventaja de que se cuidan solas",
remarcó Rapoport.
"Son sabrosas y gratuitas", sintetizó.
El diente de león, un "yuyo" de flor amarilla que invade
céspedes, jardines y campos cultivados, es seis veces más
rico en nutrientes que la lechuga.
Tiene tres veces más proteínas, siete veces más
grasas, cuatro veces más carbohidratos, cinco veces más
calcio, cuatro veces más hierro y mucha mayor cantidad de vitaminas
B1, B2 y C, explicó el biólogo.
Las hojas de las plantas silvestres se pueden usar para hacer sopas,
ensaladas, soufflés, aderezos, croquetas o salsas. Se sugiere
pasar los tallos por pan rallado y freírlos. Las semillas pueden
ser molidas para preparar harina, y hasta las raíces se aprovechan,
siempre todo bien lavado y condimentado.
"No inventamos nada, son pocas las especies comestibles nuevas,
aún cuando se presentan como tales", afirmó Rapoport.
Entre las nativas hay muchas que eran consumidas por los indígenas
mapuches del sur de Argentina y Chile, pero la costumbre se había
perdido casi por completo.
"El lema que sintetiza nuestra propuesta es simple: ‘rescatemos
lo bueno del Paleolítico, cuando el hombre era nómade,
porque con la agricultura, en el Neolítico, hemos olvidado lo
que la naturaleza nos prodiga", remarcó el experto.
Para detectar una planta comestible, el procedimiento es simple. "Si
la tenemos registrada en nuestro banco de datos, la cocinamos y la probamos,
siempre comenzando con una pequeña porción", contó.
Cuando no está en la lista, también la ingieren, para averiguar
si es tóxica o indigesta.
"Es prueba y error", admitió Rapoport.
Desde que el equipo comenzó a trabajar con malezas, hace más
de una década, ha publicado cuatro manuales de bolsillo ilustrados,
con financiamiento de instituciones académicas locales y del exterior.
También hicieron afiches y vídeos, y brindan charlas en
escuelas, comedores o iglesias.
"Hay que insistir mucho contra costumbres arraigadas desde la niñez,
especialmente si uno no ha salido de la carne y los fideos", reflexionó Rapoport.
Los científicos de Ecotono no creen que difundir el valor alimentario
de las hierbas silvestres pueda poner fin al hambre en el mundo, pero
sí están convencidos de que podría ser una solución
para muchas pequeñas comunidades alejadas de los centros urbanos.
Además, sus estudios se restringieron a una parte de la Patagonia,
y confían en el enorme potencial del resto del país.
El Instituto de Cultura Popular, que trabaja en el noroeste argentino,
realiza una labor similar a la de los científicos de Ecotono con
malezas nativas de esa región, pero su labor es menos conocida
en el país que la de Bariloche.
Marcela Valente
Fuente: IPS (International Press Service)
Febrero 25, 2004
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