Nadie cede en la crisis por las papeleras
Kirchner y Tabaré, cada vez más lejos

Doblar la apuesta. Esa es, parece, la única estrategia que encontraron argentinos y uruguayos por la crisis de las papeleras. Los presidentes, viejos conmilitones y cercanos amigos, prefieren cometer el pecado de no hablar entre ellos. Hay algo de machismo latinoamericano en todo eso: ninguno quiere aparecer cediendo ante el otro.

La Argentina anuncia que recurrirá ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Políticos uruguayos reclaman, entonces, que su país pida la mediación del Vaticano. Tabaré Vázquez dice que recorrerá los principales países del cono sur para contarles los padecimientos uruguayos. ¿Kirchner hará, acaso, una gira por Europa para hablar mal de los uruguayos? Esta última posibilidad no ha sido, en rigor, ni siquiera evaluada, pero un desvarío sin límites permite suponer que cualquier idea extravagante puede convertirse en realidad.

Es cierto que los presidentes no deben reunirse públicamente –ni hablar por teléfono– si antes no tienen cierta garantía de que no fracasarán. Pero pueden hablar reservadamente para buscar mecanismos nuevos que destraben el conflicto. Y el conflicto no se destrabará mientras su decurso esté en manos del embajador Estrada Oyuela y del gobernador Jorge Busti. Una instancia por encima de ellos debería crearse cuanto antes. Por ahora, Kirchner y Tabaré Vázquez prefieren no hablar ni pública ni reservadamente, aunque algunos canales políticos parecen haberse abierto en las últimas horas.

Kirchner ronronea cierto rencor contra Tabaré, porque confiesa haberlo tratado como amigo y aliado, y concluye que no recibió el mismo trato de parte del mandatario uruguayo.

A su vez, Tabaré descubrió la obligación política de no ser menos respetado que sus antecesores blancos y colorados. Lidera, además, una sociedad en la que revivieron viejos sentimientos nacionalistas frente a la arrogancia argentina.

La arrogancia argentina no necesita ser probada. Existe. Pero ¿no es hora ya de que los líderes se pongan por encima de los volátiles sentimientos sociales? Esa pregunta compromete fundamentalmente al propio Kirchner.

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El primer acto de cualquier solución requiere que se despeje definitivamente el puente binacional Gualeguaychú- Fray Bentos. Las algaradas y los cortes en ese puente han creado ya una insoportable tensión con Uruguay y una embrionaria tensión con Chile, que suele usar ese paso, además, para sus exportaciones a Brasil. Un prominente ministro chileno estuvo en Buenos Aires, en los últimos días, para plantear las quejas de su país ante el gobierno de Kirchner.

En verdad, el problema con Uruguay es, ahora, más un problema político interno de la Argentina. ¿Cómo hacer para desmovilizar a los vecinos de Gualeguaychú cuando éstos sólo quieren que no se instalen las dos papeleras en Uruguay? ¿Cómo, si una decisión uruguaya contra las dos fábricas no sucederá nunca?
La dirigencia provincial entrerriana ha cometido un error del que ahora no puede salir: movilizó a la sociedad para que no se levantaran esas fábricas. Esto es: hubo gobernantes que decidieron pedir lo imposible. Y las fábricas se levantarán, salvo que se interponga un problema de financiamiento externo o la decisión de las propias empresas.

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Nada de esto es previsible por ahora. Hubo contradicciones en el gobierno argentino. Enfriar el conflicto fue la última orden que dio Kirchner. Pero su gobierno rechazó un pedido oficial de la administración de Tabaré Vázquez para que se ampliara en diez días el documento final de la comisión técnica bilateral, que el lunes último anunció su fracaso inexorable.

Uruguay buscaba diez días más de negociación para encontrar una luz al final del túnel. No, le respondieron los argentinos.

Paralelamente, Kirchner hizo el espectacular anuncio de recurrir a La Haya. La Haya le dará la razón a Uruguay, porque, en caso contrario, debería ordenar el levantamiento de muchas papeleras instaladas en Europa con la misma tecnología y hasta con los mismos dueños. De todos modos, Kirchner imaginó esa solución sólo para ganar tiempo. "¿Qué hacemos? ¿Le declaramos la guerra a Uruguay? ¿Invadimos Uruguay? ¿O buscamos una solución jurídica y diplomática?", lo acomodó a Busti en la última semana, corriéndolo con el absurdo.

Pero Kirchner es Kirchner: imaginó esa solución y la lanzó sin más trámites. Debió reclamarle a Busti las garantías necesarias de que, a cambio, se desmovilizaría a la sociedad de Gualeguaychú y, fundamentalmente, debió transmitirle a Tabaré Vázquez la verdadera intención de su anuncio. No hizo nada de eso. La Haya fue un estupor para los uruguayos, que llevó al canciller Gargano a declamar que el diálogo entre los dos países estaba "roto".

Es cierto que antes había sucedido el rechazo argentino al pedido uruguayo para ampliar el plazo del informe final de la comisión. Pero, como lo señaló el ex presidente Julio María Sanguinetti, "la relación entre los dos países tiene 20 andariveles y sólo uno está obturado". Tabaré Vázquez tiene cada vez menos márgenes de acción.

Uruguay demostró, para envidia de algunos argentinos, que tiene un sólido sistema político, que, además, funciona. La fotografía de su presidente rodeado de los principales dirigentes opositores es una utopía argentina, aunque sería mejor que no se les ocurriera remedarla aquí por el conflicto con Uruguay.
Lo cierto, sin embargo, es que el apoyo político interno a Tabaré Vázquez lo deja con muy poco espacio para conceder.

La solución no pasará nunca por rectificaciones uruguayas sobre la instalación de las fábricas. La única solución posible es la creación de comisiones bilaterales eficaces para el posterior control de la producción papelera y de su impacto en el medio ambiente.

No es mucho lo que se necesita, pero es mucho lo que está en juego. La solución podría cocinarse, además, entre ambas orillas del río. La Haya y el Vaticano están demasiado lejos como para resolver amores tan cercanos como contrariados.

Por Joaquín Morales Solá



Fuente: La Nación (Argetina)
Febrero 02, 2006