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Las consecuencias cada vez más destructivas
del recalentamiento global
CAMBRIDGE, Massachusetts -
HOY, pocos científicos dudan de que la atmósfera terrestre
se está recalentando. La mayoría también coincide
en que lo hace a una velocidad creciente y las consecuencias podrían
ser cada vez más destructivas. Hasta los escolares pueden recitar
algunos de los efectos previstos: se calentarán los océanos,
la fusión de los glaciares elevará el nivel del mar, sus
aguas saladas inundarán las tierras bajas ribereñas y alterarán
las regiones aptas para el cultivo. Pero hay otros, menos conocidos e
igualmente inquietantes, que afectan gravemente nuestra salud. Ya tenemos
encima a muchos de ellos.
El más directo (ateniéndonos siempre a las proyecciones)
será duplicar, para 2020, el número de muertes relacionadas
con las olas de calor. Un calor prolongado puede aumentar el smog y la
dispersión de alérgenos, y provocar la aparición
de síntomas respiratorios.
El recalentamiento global incrementa la frecuencia e intensidad de las
inundaciones y las sequías. Además de matar por asfixia
y hambruna, estos desastres coadyuvan a la escasez de alimentos y la
desnutrición al dañar los cultivos y hacerlos vulnerables
a las infecciones, las pestes y la maleza. Desplazan poblaciones enteras,
con los consiguientes apiñamientos humanos y aparición
de enfermedades asociadas a ellos, como la tuberculosis.
Los países en desarrollo son los más vulnerables a estas
y otras enfermedades infecciosas ocasionadas por los cambios climáticos,
debido a la escasez de recursos preventivos y terapéuticos. Las
naciones avanzadas también pueden ser víctimas de ataques
sorpresivos: en 2002, en su primera aparición en América
del Norte, el virus del Nilo occidental mató a siete neoyorquinos.
El comercio y los viajes internacionales posibilitan la propagación
de estas enfermedades a continentes alejados de sus focos originales.
El clima variable y sus efectos
Desde luego, no todas las consecuencias del recalentamiento global son
nocivas para nuestra salud. En las regiones tórridas, las temperaturas
altísimas podrían reducir la población de caracoles,
agentes transmisores de la esquistosomiasis (una enfermedad parasitaria).
Los vendavales causados por el resecamiento de la superficie terrestre
quizá dispersen el aire contaminado. En las áreas normalmente
gélidas, los inviernos más templados tal vez reduzcan los
casos de afecciones respiratorias y ataques cardíacos vinculados
con el frío.
No obstante, en general, los efectos indeseables de un clima más
variable y extremo eclipsarán, probablemente, cualquier beneficio.
A medida que el mundo se recalienta, las enfermedades transmitidas por
el mosquito (paludismo, dengue, fiebre amarilla y varios tipos de encefalitis)
suscitan especial inquietud. Se estima su prevalencia creciente porque
el clima frío circunscribe la presencia del mosquito a regiones
y estaciones con determinadas temperaturas mínimas.
El calor extremo limita igualmente la supervivencia de los mosquitos.
Pero dentro de las temperaturas tolerables para ellos, al calentarse
el aire, proliferan más rápido, pican más y se acelera
el ritmo de reproducción y maduración de sus parásitos
patógenos. A una temperatura de 20°C, el parásito inmaduro
de la malaria tarda 26 días en desarrollarse por completo; a 25°C,
tarda apenas 13 días. Los mosquitos anofeles que transmiten el
paludismo viven unas pocas semanas. Por tanto, las temperaturas más
cálidas permiten que más parásitos maduren a tiempo
para que los mosquitos infecten al hombre.
Con el recalentamiento gradual de áreas enteras, los mosquitos
y su séquito de enfermedades entran en territorios que antes les
estaban vedados. Al mismo tiempo, en las zonas que ya habitaban, causan
más enfermedades por períodos más largos. La malaria
ya ha vuelto a la península de Corea y ha habido pequeños
brotes en partes de Estados Unidos, Europa meridional y la ex Unión
Soviética. Según algunos modelos de proyección,
a fines del siglo XXI la zona de transmisión potencial contendrá aproximadamente
al 60% de la población mundial; hoy comprende al 45 por ciento.
De manera similar, durante la última década, el dengue
o fiebre quebrantahuesos (una grave enfermedad viral, parecida a la gripe,
que puede causar hemorragias internas fatales) ha extendido su campo
de acción en América; a fines de los años 90, llegó a
Buenos Aires. Asimismo, ha logrado penetrar en Australia septentrional.
El número actual de enfermos en las zonas tropicales y subtropicales
se calcula entre 50 y 100 millones.
Por supuesto, es imposible atribuir estos brotes al recalentamiento global
en forma concluyente. Podrían entrar en juego otros factores:
un menor control de los mosquitos, la declinación de otros programas
de salud pública, o bien, una resistencia creciente a los medicamentos
y pesticidas. Sin embargo, la coincidencia de algunos brotes con otras
consecuencias previstas del recalentamiento global robustece los argumentos
a favor de una causa climática.
Las tierras altas son un ejemplo de ello. En el siglo XIX, en Africa,
los colonos europeos se establecieron en regiones montañosas más
frescas para evitar las peligrosas miasmas (en italiano, mala aria o "mal
aire") de los marjales. Hoy, muchos de esos refugios peligran. Tal
como se preveía, el calor ha ido escalando numerosas montañas.
Desde 1970, en los trópicos, el límite inferior de las
temperaturas bajo 0°C permanentes ha ascendido casi 150 metros. Se
denuncian casos de infecciones transmitidas por insectos en las tierras
altas de América del Sur, América Central, Asia y el centro
y este de Africa.
Los combustibles fósiles
Es probable que el aumento de las sequías y las inundaciones fomente
nuevos brotes de enfermedades transmitidas por el agua, entre ellas el
cólera, causa de graves diarreas. Paradójicamente, las
sequías pueden favorecerlos al agotar la provisión de agua
potable segura, concentrar los contaminantes e imposibilitar una buena
higiene. La falta de agua potable también coarta la rehidratación
segura de quienes padecen diarrea o fiebre.
Al mismo tiempo, las inundaciones arrastran aguas servidas y fertilizantes
a las fuentes de agua potable. Esto desencadena la proliferación
expansiva de algas dañinas, directamente tóxicas para el
hombre o que contaminan los peces y mariscos que éste consume.
¿
Cuál será el precio, en salud humana, del recalentamiento
global? En gran medida, dependerá de nosotros. La vigilancia efectiva
de las condiciones climáticas y la aparición, o reaparición,
de enfermedades infecciosas o sus transmisores debería tener prioridad
mundial. Lo mismo cabe decir de las medidas y tratamientos preventivos
para poblaciones en peligro.
Pero debemos limitar, además, aquellas actividades humanas que
contribuyen al recalentamiento atmosférico o exacerban sus efectos.
Quedan pocas dudas de que el uso de combustibles fósiles ayuda
a recalentar la Tierra con sus emanaciones de anhídrido carbónico
y otros gases que absorben calor (los llamados gases de invernadero ).
Estos últimos han aumentado un 30 % respecto de sus niveles preindustriales;
el análisis de los anillos de los árboles señala
como causantes a los combustibles fósiles.
Es preciso adoptar fuentes energéticas más limpias. Paralelamente,
debemos preservar y restaurar los bosques y marjales para que absorban
el anhídrido carbónico y el exceso de agua resultante de
las inundaciones, y filtren los contaminantes antes de que lleguen a
las fuentes de agua potable.
Nada de esto saldrá barato. Pero la inacción nos resultará mucho
más costosa.
Por Paul R. Epstein - director asociado del Centro para la Salud
y el Medio Ambiente Global, en la Escuela de Medicina de Harvard. -
Traducción de Zoraida J. Valcárcel
Fuente: La Nación (Argentina)
Enero 13, 2004
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