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La Ciudad: Las recorridas son guiadas y gratuitas
Una visita diferente por la Reserva Ecológica,
bajo la luz de la Luna
El paseo dura 3 horas. La gente se va internando en la
naturaleza hasta que el canto de los grillos y las ranas tapan por completo
los de la ciudad. En la oscuridad se distinguen muchos animales.
El cielo está nublado. Las luces de la ciudad
rebotan en nubes densas, oscuras, de tormenta, y la noche se vuelve clara.
El calendario cumplió: hay luna llena. Y es tiempo de un paseo diferente:
visitar ahora, en plena noche la Reserva Ecológica de
la Costanera sur.
Cuarenta personas entre fanáticos de la
naturaleza, universitarios, gente mayor y profesionales están
listas para descubrir el lugar durante tres horas. A la altura de la calle
Brasil está el punto de partida. Valeria y Sergio, los guías,
dan los últimos consejos: no olvidar el repelente y no separarse
del grupo.
La gente ingresa por el Camino de Los Lagartos. Los contrastes
entre la naturaleza que se adivina y la ciudad son visibles desde los primeros
pasos. A los 200 metros, cuando todavía acompañan lejanos
algunos bocinazos, a los lados del sendero hay ceibos y tipas. Y dos grandes
lagunas: a la izquierda, la de los Coipos. A la derecha, la de los Patos.
La silueta iluminada de los edificios se refleja en el agua.
Primera parada. Los visitantes disfrutan, y lo dicen,
de un paisaje que difícilmente llega a intuirse desde el tan cercano
centro porteño. Los guías ven en la oscuridad animales y
plantas. Los señalan. "Ahí pueden ver un coipo (una
especie de nutria)", dicen. "Allí, sobre esas piedras".
De entrada, nadie ve nada. Hasta que un señora grita: "Ahí".
Y señala un manchón negro en la laguna. Los ojos se van acostumbrando
a la oscuridad y comienzan a descubrir la vida animal: tortugas de laguna,
patos siriríes, gavilanes.
En la primera hora de caminata por el pulmón verde
más grande de los porteños, el único natural con 350
hectáreas, la ciudad no termina de irse. Falta por lo menos media
hora para poder acercarse más a la naturaleza. A la altura de la
calle Belgrano, sobre la Costanera, un recuerdo del antiguo balneario de
Buenos Aires.
No es hora de descanso pero algunos visitantes se sientan
sobre el pasto, al costado del camino. Están rodeados de árboles,
y del olor de vegetación que no conocen. Las mochilas de los guías
llevan sorpresas. "¿Cómo se distinguen a los patos de
las gallaretas?". La gallareta tiene patas sin membranas, igual a
la que Sergio muestra embalsamada. En el menú de patas que llevan
encima hay una de coipos, que recibe un "no, gracias", de Macarena,
una estudiante que no se anima a tocarlas.
Un poco más adelante, a 100 metros, empieza el
Camino del Medio que parte la reserva en dos. Es constante el sonido de
los grillos y las ranas. Por consejo de los guías la gente se concentra
para oír mejor. Así comprueban que la ciudad no está
más. El recorrido se mete hacia el Río de la Plata, que cada
vez se siente más cerca. En la Laguna de las Gaviotas hay gallaretas
durmiendo. Ya no hay árboles. Sólo arbustos y algunos sauces.
Alguien pregunta por qué el cielo está tan claro. Es la luz
de la ciudad que pega en las nubes e ilumina la Reserva. Se escuchan aves,
y algunos relámpagos. La gente disfruta y se queda en los miradores.
La caminata sigue sobre el camino central, uno de los
más soleados durante el día. El grupo se dispersa. Cada uno
camina a su ritmo, pero nadie quiere perderse ningún descubrimiento,
como los cisnes. A la izquierda se abre un sendero hacia el Bosque de los
Alisos. Está rodeado de cortaderas, algunas de hasta tres metros,
que es necesario esquivar para poder avanzar. Muchos quieren disfrutar
del silencio, y lo piden. Ya dentro del bosque no se ve nada, y la única
guía para avanzar es la espalda del que va delante. Algunos se detienen
para tocar las plantas y descubrir su textura. Hace más calor que
en el camino y el ambiente es muy húmedo. Sólo se oyen pisadas.
Entre las ramas, un hueco de luz en medio de la oscuridad. Sigue caminando
la gente entre troncos caídos de alisos de entre 6 y 8 metros de
altura. Falta poco para el final de la visita. El recorrido del bosque
termina, y un atajo lleva hacia el río. Es medianoche, y el fin
de una recorrida diferente. En medio de la naturaleza, a pocos pasos del
cemento de la ciudad.
Victoria Tatti
Fuente: Clarín
Diciembre 23, 2002
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