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Discurso
de apertura a cargo de Pedro Arrojo en la primer jornada del "Encuentro
por una Nueva Cultura del Agua en América
Latina" en Fortaleza, Brasil.
Pedro Arrojo Agudo es profesor titular de análisis económico
en la Facultad de Economía y Estudios Empresariales de la Universidad
de Zaragoza, España y presidente de la Fundación por una
Nueva Cultura del Agua.
En 2003 Arrojo recibió el Premio Goldman, una de las mayores distinciones
internacionales en la temática ambiental.
El catedrático es también miembro del Comité español
MAB-UNESCO y miembro del Consejo del Agua de la Cuenca del Ebro. Arrojo
fue convocado por la Unión Europea como experto en la implementación
de la nueva visión económica según la Directiva
Marco del Agua y por el Gobierno español para el asesoramiento
de los aspectos económicos del Plan Hidrológico Nacional.
Encuentro por una Nueva Cultura del Agua en América
Latina /
LOS RETOS ÉTICOS DE LA NUEVA CULTURA DEL
AGUA DISCURSO DE APERTURA,
POR PEDRO ARROJO
Fortaleza, Brasil, 5 de diciembre 2005.- El agua es el alma azul de este
planeta. Por ello, luchar por recuperar la salud de nuestros ríos,
lagos y humedales es luchar por la salud y la vida de los pueblos que
lo habitamos.
Actualmente se estiman en más de 1.100 millones las personas que
no tienen garantizado el acceso a aguas potables; y como consecuencia
de ello, unas 10.000 mueren cada día, en su mayoría niños,
al ser ellos los más vulnerables.
Frente a esta situación, desde las instituciones económicas
y financieras internacionales, se viene promoviendo un modelo de globalización
basado en el libre mercado que propugna la mercantilización del
medio ambiente, de los servicios y patrimonios ambientales y en particular
de los servicios públicos de agua y saneamiento.
Entendemos que este no es el camino justo ni adecuado. En los albores
del nuevo milenio, la humanidad afronta un triple reto histórico
en materia de gestión de aguas:
- garantizar la sostenibilidad de
nuestros ecosistemas acuáticos;
- promover nuevos modelos de
gestión pública participativa
en un marco de globalización democrática que garantice
los derechos humanos y universalice los derechos básicos
de una ciudadanía global;
- recuperar nuestra relación
emocional con el agua, rescatando los valores patrimoniales, de
belleza, de disfrute y de identidad territorial
y colectiva de nuestros ríos, lagos y humedales.
Tres retos
con una base común: la necesidad de nuevos enfoques éticos
y culturales.
A menudo, el diagnóstico general se centra en la escasez de aguas.
Sin embargo, nadie ha instalado su casa lejos de ríos, lagos o
pozos, de los que obtener el agua dulce que todos necesitamos para vivir.
El problema está en que hemos degradado y roto la salud de esos
ecosistemas, y con ella la de las comunidades más pobres. En los
países más desarrollados, matar un río, aún
suponiendo problemas serios, no suele afectar directamente a la salud
de sus habitantes. Sin embargo, en muchos lugares, matar ríos,
secar humedales o contaminar acuíferos, no sólo significa
destruir pesquerías y recursos imprescindibles para la vida de
millones de personas, sino que implica literalmente quebrantar la salud
de comunidades enteras que beben esas aguas y que viven en estrecha relación
con la naturaleza.
Por todo ello, en contra de lo que algunos argumentan, la lucha por
garantizar la sostenibilidad de los ecosistemas acuáticos, es un reto de
la máxima prioridad, especialmente en los países y comunidades
más pobres. Tal y como afirma la Carta de la Tierra
“…
La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo, la Tierra, nuestro
hogar…. La capacidad de recuperación de la comunidad de
vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación
de una biosfera saludable…”
Una de las claves de esta crisis ha estado y está en el modelo
llamado “de oferta”, que ha estado vigente a lo largo del
siglo XX, basado en el fomento de grandes obras hidráulicas bajo
masiva subvención pública, en nombre del “interés
general”. A menudo, el argumento del desarrollo económico,
como base de ese pretendido “interés general”, ha
sido empleado de forma falaz y engañosa, para promover, con dinero
público, grandes infraestructuras cuyos verdaderos objetivos están
centrados en intereses empresariales o expectativas de crecimiento de
las zonas más ricas e influyentes. En la otra cara de la moneda,
los impactos socio-económicos y ambientales suelen recaer sobre
los territorios y comunidades más pobres y vulnerables. Así lo
denunciaba a finales del 2000 el Informe de la Comisión Mundial
de Presas. A pesar de ello, grandes proyectos como los de Narmada, las
Tres Gargantas o el Quevedo Vinces en Ecuador, y tantos otros, siguen
masacrando en nuestros días los derechos humanos de millones de
personas, en muchos casos comunidades indígenas, con la complicidad
de las instituciones internacionales.
En el citado informe, si bien se precisaban los metros cúbicos
que pueden almacenarse en las decenas de miles de grandes presas construidas
a lo largo del siglo XX, fue imposible determinar cuantas personas han
sido expulsadas de sus hogares, por la fuerza, al resultar inundados
sus pueblos. Se estimaba que entre 40 y 80 millones. Además, un
número muy superior habría abandonado sus pueblos por afecciones
indirectas, al desvertebrarse amplios territorios en torno a las zonas
inundadas… Estamos ante lo que podría calificarse, como
suele decir mi querido amigo y colega D. Javier Martínez Gil,
el Hidrocausto del siglo XX, dada la gravedad de las afecciones y su
envergadura. Pero más allá de la transgresión de
derechos humanos y de la brutalidad ejercida en muchos desalojos, impresiona
el silencio que envuelve estos hechos. Un silencio de invisibilidad vergonzosa
impuesto, por la mordaza del consenso ciudadano que ha existido durante
décadas en torno al pretendido “interés general” de
este tipo de proyectos.
Sin duda, gracias a ellos se han conseguido en el mundo logros económicos
y sociales impresionantes que nadie niega: el 20% de la energía
que usamos es hidroeléctrica, en torno al 25% de los regadíos
se abastecen desde grandes presas y miles de millones de ciudadanos reciben
servicios urbanos gracias a ellas. Sin embargo, tales logros no pueden
justificar la trasgresión de derechos humanos ni la grave crisis
de insostenibilidad que hemos provocado en nuestros ríos; y más,
cuando los argumentos económicos, que tradicionalmente han
motivado estos proyectos, se desmoronan.
Incluso en lo que se refiere a la lucha contra el hambre, es preciso
replantear las estrategias desde nuevas perspectivas de sostenibilidad.
Las graves alteraciones, en cantidad y calidad, de los caudales de
muchos ríos del mundo son parte esencial del problema, al haber arruinado
formas tradicionales de producción agraria, ligadas a los ciclos
fluviales, al haber degradado, cuando non destruido, buena parte de las
pesquerías de agua dulce, e incluso al haber afectado seriamente
las pesquerías de especies como la sardina y el boquerón
en las plataformas costeras, arruinando a cientos de miles de familias
pescadoras. La desecación de humedales y la destrucción
de manglares, para promover desarrollos agrarios o de acuicultura industrial,
han destruido más capacidades sostenibles de producción
de alimentos que las generadas, para colmo de dudosa sostenibilidad.
Pero los impactos más graves residen en los problemas de inequidad
en la distribución de lo que se produce y en la destrucción
de tejidos rurales y formas tradicionales de vida y de producción.
Formas de producción que, aún caracterizadas como ineficientes
desde criterios de mercado, son muy eficientes desde un punto de vista
socioeconómico y ambiental, al garantizar, de forma sostenible,
un fuerte nivel de integración social. Hoy el hambre no radica
tanto en la capacidad productiva de alimentos, como en la dificultad
de acceder a los mismos por parte los sectores más pobres
y socialmente desvertebrados.
Por otro lado, la pérdida de productividad media de la agricultura,
por malas prácticas agrarias, y los graves procesos de salinización
que ya afectan al 20% del regadío, están poniendo en cuestión
la sostenibilidad del modelo productivo vigente.
Cada vez más, se impone la necesidad de pasar de las tradicionales
estrategias “de oferta”, a priorizar estrategias de gestión
de la demanda y de conservación de la salud y del buen estado
ecológico de los ecosistemas. Se trata de cambios profundos en
los que la comunidad científica debemos establecer compromisos
serios de colaboración con los movimientos sociales que los
promueven.
Al igual que ya entendemos mayoritariamente que los bosques no pueden
ser gestionados como simples almacenes de madera, debemos llegar
a entender que los ríos son mucho más que canales de H2O. Esta es
la razón por la que hoy en día, las legislaciones más
avanzadas en materia de aguas exigen pasar de los tradicionales enfoques
de “gestión de recurso” a modernos enfoques de “gestión
ecosistémica”.
Sin embargo el reto de la sostenibilidad no es sino parte del reto ético
que viene suscitando el movimiento ciudadano por una nueva cultura
del agua.
Desde el modelo de globalización vigente se propone reforzar el
tradicional enfoque de gestión del agua como puro recurso, promoviendo
su mercantilización así como la liberalización de
los servicios de abastecimiento y saneamiento. El hecho de que nuestra
ilimitada ambición consumista esté haciendo del agua dulce
un bien crecientemente escaso, junto a la crítica al burocratismo
y la ineficiencia de la gestión pública, con frecuencia
justificada, se vienen usando como base para promover, en nombre de la
eficiencia y la modernidad, la gestión privada del agua bajo las
leyes del mercado. Las diversas funciones del agua se entienden así,
como utilidades y servicios intercambiables por dinero.
Desde el movimiento por la Nueva Cultura del Agua discrepamos de
este enfoque. El agua dulce es en efecto un bien muy especial, cuyas
funciones
son tan diversas como diversos son los valores en juego; muchos de
los cuales ni son intercambiables por dinero ni deben serlo. Tal
y como establece
la Declaración Europea por una Nueva Cultura del Agua:
“…
Esas diversas funciones están relacionadas con rangos de valor
tan diferentes que es preciso distinguir categorías, en orden
a establecer adecuadas prioridades, derechos y criterios de gestión,
desde principios éticos de equidad, gobernabilidad participativa
y sostenibilidad.
El agua para la vida – el agua-vida-, en funciones básicas
de supervivencia, tanto de los seres humanos (individual y colectivamente),
como de los demás seres vivos en la naturaleza (sostenibilidad
de los ecosistemas), debe ser reconocida como prioritaria y garantizada
desde la perspectiva de los derechos humanos.
El agua para actividades de interés general – el agua-ciudadanía-,
en funciones de salud pública y cohesión social, debe situarse
en un segundo nivel de prioridad en conexión con los derechos
sociales de ciudadanía y con el interés general de
la sociedad.
El agua para el crecimiento – el agua-negocio -, en funciones económicas
legítimas, ligadas a actividades productivas, debe reconocerse
en un tercer nivel de prioridad, en conexión con el derecho
individual a mejorar el nivel de vida de cada cual.
Por último, crecen los usos productivos del agua sobre bases ilegítimas,
cuando no explícitamente ilegales: la sobreexplotación
de acuíferos, las extracciones abusivas o los vertidos contaminantes,
son cada vez más frecuentes. Tales usos deben ser evitados a toda
costa, mediante la aplicación rigurosa de la ley…”
Las dotaciones elementales de agua-vida (30-40 litros por habitante
y día), necesarias para una vida digna, que ya NNUU reconoce como
un derecho humano, tan apenas si suponen entre el 1 y el 2% de los caudales
usados. No hay por tanto argumento que disculpe el que 1.100 millones
de personas no tengan acceso a aguas salubres. Asumir el reto de la fuente
pública en todas las plazas del mundo, con aguas salubres y gratuitas,
supondría un coste de tan apenas un 1% de los gastos militares
actuales. La prioridad de este reto no disculpa ni siquiera la responsabilidad
de los ayuntamientos y gobiernos de los países más pobres,
cuando menos la de los gobiernos más poderosos y la de instituciones
internacionales como el BM. No se trata de un reto económico-financiero,
sino de una obligación humana que las instituciones públicas,
desde el nivel local al internacional, deben garantizar. Un reto ante
el que los mercados no tienen nada que hacer. Los derechos humanos ni
se compran ni se venden: se garantizan eficazmente desde la máxima
prioridad.
Pero el agua-vida también debe incluir el agua-sostenibilidad,
es decir el derecho de los pueblos a ríos y acuíferos sanos.
O ¿aceptaremos como principio ético que “sólo
los países desarrollados puedan tener ríos vivos y sanos
mientras los pobres deberán aceptar ríos cloaca envenenados…?
Como ya hemos explicado, la quiebra de la salud de nuestros ríos
y acuíferos es la clave de que el agua, fuente tradicional de
vida, se haya transformado en el arma de destrucción masiva más
letal de todos los tiempos. Hoy, la tercera generación de derechos
humanos, a debate en la comunidad internacional, se centra en el derecho
de los pueblos a la paz y a ecosistemas sanos, mientras van viendo la
luz nuevas leyes, como la Directiva Marco de Aguas en la UE, que asumen
como objetivo central de la gestión de aguas la recuperación
y conservación del buen estado ecológico de estos ecosistemas.
Respecto al agua-ciudadanía, sin duda los servicios urbanos de
agua y saneamiento constituyen el núcleo de lo que puede y debe
caracterizarse como usos de interés general. Disponer de agua
de calidad en nuestras casas 24 horas al día y 365 días
al año, no puede considerarse un derecho humano pero si debe considerarse
un derecho ciudadano. Desde hace más de dos siglos, muchas ciudades
en el mundo han hecho esfuerzos colectivos notables para conseguir hacer
de los servicios de agua y saneamiento un derecho social al alcance de
todos. Tales servicios, junto a otros, como el derecho a una educación
y a una sanidad básicas, forman el cuerpo de lo que se consideran
derechos ciudadanos de carácter socio-económico (más
allá de los derechos civiles). Derechos que recogen valores y
principios de equidad y de cohesión social, que las instituciones
públicas deben promover. De nuevo los mercados tienen poco que
hacer en la gestión de estos valores, hacia los que son insensibles.
Sin embargo, es preciso establecer criterios de gestión pública
que fomenten la responsabilidad ciudadana, de forma que se puedan garantizar
servicios de calidad. Una de las herramientas al respecto consiste en
diseñar adecuadas políticas tarifarias, con tramos de coste
creciente, de forma que se incentive el ahorro y la eficiencia, se garantice
el acceso universal a dotaciones básicas (gratuitas si es preciso)
y se cargue, desde criterios sociales, un mayor esfuerzo económico
sobre los usos suntuarios. Se trata en definitiva de garantizar un servicio
público de calidad, desde criterios de racionalidad económica
que, de hecho, distan mucho de la lógica del mercado. Desde criterios
de mercado, lo razonable sería ofrecer tarifas decrecientes (para
beneficiar a los mejores clientes), siguiendo el principio de las llamadas “economías
de escala”. Sin embargo, no se trata de maximizar beneficios sino
de priorizar objetivos sociales y valores intangibles de equidad y cohesión
social.
Desgraciadamente la política del BM y de la OMC no está en
esta línea. En su afán por abrir nuevos espacios al mercado,
vienen forzando un proceso de progresiva “anorexización” de
la función pública que está llevando a muchos ayuntamientos
a dimitir de sus funciones y “vender los muebles”. Concesionar
por varias décadas los servicios de agua a grandes empresas transnacionales
es una de las opciones posibles. En la mayoría de los casos no
se trata tanto de mejorar los servicios de agua, como de proveer fondos
de corto plazo a las arcas municipales. En otros casos, estas presiones
privatizadoras, en sinergia con la debilidad democrática de las
instituciones y la inmoralidad imperante, abren caminos de corrupción.
Cierto que un proceso concesional, bajo adecuados sistemas de regulación
pública y control ciudadano, podría brindar buenos servicios
públicos. Sin embargo, no es menos cierto que, tanto en América
Latina, como en África, Asia o incluso en la Europa del Este,
donde las grandes multinacionales de gestión de aguas están
ocupando crecientes espacios, tales garantías reguladoras
y de control ciudadano brillan por su ausencia.
Es urgente suscitar un amplio debate social a fin de evitar que los
derechos básicos de los más pobres se degraden y la condición
de ciudadanía quede reducida a la de clientes. Más allá de
estar en cuestión el derecho humano a acceder a aguas potables,
está en cuestión el acceso universal a buenos servicios
públicos como un derecho ciudadano en la sociedad global que reivindica
la Carta de la Tierra. Están en cuestión valores democráticos.
Afortunadamente, frente a la triste realidad de servicios públicos
ineficientes, por un lado, y propuestas de privatización como
alternativa de pretendida eficiencia y modernidad, por otro, están
surgiendo potentes movimientos ciudadanos y nuevos modelos de gestión
pública participativa que ofrecen en la práctica los más
altos estándares de eficiencia técnica y social.
Por último, el agua-negocio, usada en actividades productivas
privadas (más allá de los usos productivos de subsistencia
en comunidades tradicionales, que deben protegerse), representa más
del 60% del agua detraída de ríos y acuíferos. Tales
actividades, aún siendo legítimas, no pueden malentenderse
como de interés general, ni pueden justificarse en nombre de los
derechos humanos o ciudadanos. Uno de los retos a afrontar es la racionalización
económica de estos usos, desde sólidos compromiso éticos
de sostenibilidad y equidad social.
La necesidad de introducir esa nueva racionalidad económica no
implica asumir dinámicas de mercado. La complejidad que supone
gestionar valores socio-ambientales, valores de ordenación territorial
e intereses económicos de terceras partes, junto al reto que implica
asumir objetivos de sostenibilidad de cara a las generaciones futuras,
hacen más necesario que nunca mantener bajo control público
la gestión de las aguas que extraemos de la naturaleza para usos
productivos. Sin embargo, aplicar esa nueva racionalidad económica
desde la gestión pública al agua-negocio exige asumir el
principio de recuperación de costes para este tipo de susos, mediante
adecuadas tarifas. Se trata de evitar las consecuencias de ineficiencia
y de crecimiento insostenible de las demandas que vienen induciendo las
tradicionales políticas de subvención pública
indiscriminada a los usos productivos del agua.
De nuevo en este ámbito, las ciencias sociales deben responder
al reto ético que los movimientos ciudadanos vienen planteando.
Pero, más allá de los valores sociales, ecológicos
y económicos del agua, debemos redescubrir el mundo de las emociones
que tradicionalmente ha suscitado en todas las culturas el agua como
elemento de vida, de belleza y de magia. Volver a enamorarnos de nuestros
ríos, volver a enamorarnos en nuestros ríos y en sus riberas.
Redescubrir el mundo de emociones que encierra navegar, nadar o simplemente
contemplar, contemplar cómo pasa, como suena, como habla, como
canta… nuestro río.
Estoy seguro que este Primer Encuentro por la Nueva Cultura del Agua
en América Latina va a suscitar, por un lado, convergencias y
sinergias sin precedentes entre las sensibilidades sociales y ambientales
que unos movimientos y otros vienen promoviendo en el continente; pero
por otro lado, estoy seguro de que Fortaleza va a marcar un punto de
referencia en el compromiso de amplios y prestigiosos sectores de la
comunidad científica con estos movimientos en torno a los principios éticos
de la Nueva Cultura del Agua. Un compromiso que reforzará y dará mayor
consistencia al debate ciudadano en curso, alumbrando nuevos enfoques
de gestión pública participativa desde principios de
equidad y sostenibilidad, en coherencia con el llamamiento que hace
la Carta
de la Tierra:
“… unirnos para crear una sociedad global sostenible, fundada en
el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia
económica y una cultura de paz… unirnos en la protección
de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra…”
Pedro Arrojo Agudo
Fortaleza, Brasil, 5 de diciembre 2005
Fuente: Proteger
Diciembre 13, 2005
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