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Soja para hoy, hambre para mañana
País fuertemente reacio a las planificaciones macroeconómicas,
la historia económica de la República Argentina es, cada
vez más, una historia de marchas y contramarchas, de euforias
y desalientos, de excesos y carencias. De pronto, llega a tener una veintena
de fábricas de automóviles y ahora esa industria lucha
por sobrevivir. Un año hay exceso en la producción de determinados
rubros agropecuarios y al siguiente deben ser importados porque los productores
rurales, desalentados por los bajos precios obtenidos en la campaña
precedente como consecuencia de la sobreoferta, redujeron o simplemente
se abstuvieron de sembrarlos.
En estos tiempos, se vive la euforia de la soja. Gracias a la semilla
transgénica, que da mayor seguridad en las cosechas, se la siembra
por doquier. Es el gran negocio del momento. Por consiguiente, hasta
se eliminan tambos y se reducen los rodeos ganaderos para ganar tierra
que se destinará a esa oleaginosa.
Mañana se importarán productos lácteos, pero esa
es otra historia: lo importante es hacer buen dinero ahora. Todo queda
librado a la decisión del productor, sin tomar en consideración
previsión alguna. Se sabe a la perfección que la soja,
sin un adecuado manejo, es un cultivo esquilmante de la fertilidad del
suelo, como se sabía que lo era el maní, por ejemplo, y
sin embargo se permitió su monocultivo durante décadas.
Los resultados de esta imprevisión están a la vista: millares
de hectáreas en nuestra provincia quedaron degradadas. Esto era
perfectamente previsible, pero nada se hizo para contener el evidente
proceso de deterioro.
La pregunta actual es si se permitirá que la historia del maní se
reitere con la soja. Por cierto que es atribución indelegable
del Estado conservar el patrimonio natural del territorio nacional. Es
uno de sus deberes establecidos con absoluta claridad por la Constitución
Nacional. Pero aún el más tímido de los intentos
de planificación levanta tormentas contra la injerencia estatal,
pues hasta se llega a atribuirle connotaciones totalitarias.
Se olvida que, por caso, los Estados Unidos, paradigma del liberalismo
económico, aplica desde la década de 1930 la política
del “bank soil”, destinada a mantener un nivel de producción
rentable, evitando la superproducción o la infraproducción
que podrían modificar de modo negativo las pizarras de precios.
Con este procedimiento, se induce a una inteligente rotación de
cultivos para mantener la fertilidad de la tierra.
En nuestro país, se está aún a tiempo para evitar
incorporar un nuevo capítulo en la centenaria historia de la degradación
de los suelos, que ya registra pérdidas por decenas de miles de
hectáreas, tanto en la pampa húmeda como en la semiárida.
En estos días, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria
(Inta) expresó su preocupación por el “proceso desordenado
de agriculturización” que padece el país e identificó a
la expansión de la soja como el factor principal de ese problema.
Desordenado es el concepto clave. Advirtió nuestro máximo
organismo de investigación y experimentación agrícola
que “si no se hace algo al respecto en el mediano plazo, la caída
en la producción agrícola será inevitable” y
sostuvo que “la siembra directa más el monocultivo de soja
tolerante a glifosato (un herbicida) no constituye en la región
pampeana una alternativa sustentable a los planteos que incluyen rotaciones”.
Contribuye a agravar el problema la práctica de los contratos
accidentales de arrendamiento, que representan más del 50 por
ciento del total del área de siembra, cuya responsabilidad no
recae sólo sobre los arrendatarios sino también sobre los
propietarios, que suelen incluir en las condiciones pactadas la obligación
de producir soja en el suelo alquilado.
Por otra parte, la proyección de esa oleaginosa hacia las regiones
noroeste y nordeste no constituye una racional política de expansión
de las fronteras agropecuarias, porque elimina la posibilidad de incorporarles
rubros más aptos a sus condiciones ecológicas y sin el
riesgo de pérdida de fertilidad de sus suelos. “Al cabo
de un período de tiempo indeterminado –sostiene el Inta–,
el stock de recursos naturales sufrirá una degradación
(posiblemente irreversible) tanto en cantidad como en calidad, especialmente
en los ecosistemas más frágiles”. Una respuesta sagaz
sería la rotación de cultivos, acompañada por la
promoción de las actividades ganaderas.
Es verdad que la exportación del llamado complejo oleaginoso
(que incluye a las harinas, aceites, porotos y las semillas específicamente
oleaginosas) ha aportado a la endeble economía nacional más
de seis mil millones de dólares sólo en el período
enero/octubre del año actual. Pero no lo es menos que si no se
introducen producciones alternativas y buenas prácticas de manejo
del suelo, el precio que se pagará será comparativamente
más alto e irrecuperable.
Fuente: La Voz del Interior (Córdoba - Argentina)
Diciembre 15, 2003
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