Para Poiré y sus colegas, esta peculiaridad, sumada a la presencia
de restos fósiles de tiburones y de moluscos marinos, en coexistencia
con los de peces de agua dulce y de dinosaurios terrestres, indica
que el bosque se levantó sobre un litoral marino, en donde la
costa avanzaba y retrocedía cada miles de años.
Los resultados del estudio del bosque petrificado y de sus antiguos
moradores serán presentados en la VII Conferencia de la Organización
Paleobotánica Internacional, que se realizará en marzo
en Bariloche.
Noventa millones de años atrás, el paisaje que rodeaba
al Bosque Petrificado de María Elena (que debe su apodo a la
estancia que lo alberga) era radicalmente distinto del actual. La cordillera
de los Andes aún no se había levantado y las tierras
que hoy ocupa Chile estaban bajo el mar; al Oeste todo era agua: el
océano Pacífico bañaba las costas de Gondwana,
supercontinente que ya había iniciado el proceso de fragmentación
que dio lugar a los continentes actuales.
Allí había un bosque. "Las evidencias que encontramos
hablan de un ambiente litoral, un delta, donde hay una influencia continental
y una marina", comentó Poiré. Pero un ambiente dinámico: "El
mar entra y sale cada miles de años: cuando ingresa hay un predominio
marino, de ahí los restos de tiburones que encontramos; cuando
se retira, hay un predominio continental, lo que explica que los árboles
crezcan sobre un suelo de conchillas de moluscos marinos".
Algo similar ocurre hoy con los bosques de talas que crecen a varios kilómetros
de la costa de la bahía de Samborombón, provincia de Buenos Aires,
y que hunden sus raíces en un suelo de conchillas marinas que recuerda
que 4000 años atrás esas tierras eran del océano Atlántico.
"Las líneas de costa varían con los cambios climáticos,
como las glaciaciones o el aumento de las temperaturas, de modo que
en tiempos cretácicos, hace 90 millones de años, el mar
estaba presente al sudeste de donde se encuentra hoy Tres Lagos -explicó Poiré-.
Luego se fue retirando, y posibilitó el desarrollo del bosque".
Los árboles mueren de pie
El hallazgo del bosque de María Elena no fue casual, los científicos
platenses llevaban seis años dando vueltas por la zona. Pero
las primeras pistas que condujeron a los investigadores al bosque petrificado
aparecieron hace tres años, cuando Poiré descubrió hojas
fósiles de angiospermas (plantas con flores) tras remover unas
lajas en la estancia Mata Amarilla, al norte de la María Elena.
"Fue un hallazgo importante, ya que sólo se conocían
unos pocos ejemplares descriptos entre los años 20 y 50 del
siglo pasado, y otros durante los 80 -comentó el licenciado
Ari Iglesias, paleontólogo del Departamento Científico
del Museo de La Plata y becario del Conicet-. Además, esas hojas
se estudiaron siempre comparadas con las del hemisferio norte; ahora,
el desafío es hacerlo con las del hemisferio sur".
En noviembre de 2003, Poiré y sus colegas decidieron seguir
investigando la zona de los hallazgos en busca de más hojas
fósiles. Pero para su sorpresa se encontraron con árboles...
de pie. "En general los bosques petrificados presentan abundantes
troncos, pero todos caídos -apuntó Poiré-. En
la estancia Santa Elena encontramos 19 en posición de vida y
muchos otros caídos, y luego encontramos un número similar
a pocos kilómetros de allí, en la estancia La Urbana".
Un dato curioso es que los tocones corresponden no a angiospermas,
como las hojas encontradas previamente, sino a gimnospermas (plantas
sin flores). "Nuestra hipótesis es que el bosque en su
estrato más alto (arbóreo) era de gimnospermas, mientras
que las angiospermas representaban los estratos más bajos (hierbas
y arbustos", señaló la doctora Alba Zamuner, botánica
del Departamento Científico del Museo de La Plata.
Un momento clave
"Las plantas de comienzos del cretácico eran muy distintas
de las que se podían encontrar al final de ese período",
apuntó Poiré. Es durante el cretácico que los
angiospermas -que aparecieron entre 130 y 140 millones de años
atrás- afianzan su presencia en la Tierra, se diversifican y
comienzan a entablar relaciones de coexistencia con otras formas de
vida (los insectos, por ejemplo) que llegan hasta nuestros días.
"Lo importante de la información que pueda aportar el
estudio de los troncos y las hojas fósiles de Santa Elena y
Mata Amarilla se debe a que los angiospermas no son un grupo más
de plantas: son la forma dominante", explicó Iglesias.
Pero hace 90 millones de años no lo eran; por eso, los restos
del bosque de Santa Elena representan una imagen congelada de un momento
clave en su evolución.
"Es un punto de inflexión: un momento en que los angiospermas
experimentan gran diversificación de formas y de riqueza que
no estaba presente en las floras previas -cuenta Zamuner-. Además,
encontramos que ya están presentes formas de interacción
entre estas plantas e insectos, que ilustran formas primitivas de coevolución
entre ambos".
"La gran diversificación de las plantas con flores fue
la que trajo aparejada la gran diferenciación de los insectos
-agregó esta experta en troncos fósiles, uno de los 14
investigadores abocados al proyecto-. Estudiar estos fósiles
es descubrir los primeros ensayos de coevolución entre los insectos
y los angiospermas".
De todos modos, estos hallazgos son sólo la punta del iceberg:
quedan alrededor de 6000 kilómetros cuadrados por estudiar. "Hasta
ahora tenemos un bosque de características y dimensiones importantes,
pero quizá nos encontremos con algo que supere nuestras expectativas
de investigación", concluyó Poiré.
Por Sebastián A. Ríos
Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)
Diciembre 30, 2003 |