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Patentes: la apropiación ilícita
de la biodiversidad
La moda de la acumulación de patentes está degenerando en
un lucro inmoral y desorbitado de algunas empresas cuyo mayor mérito
es haberse colado en el entresijo legal de los derechos de propiedad
intelectual para registrar lo que no es suyo y despojar de los derechos
de uso a sus verdaderos propietarios. Mientras en los foros internacionales
se constata cómo los mecanismos para acabar con el hambre no prosperan,
las multinacionales compiten en una feroz carrera donde todo vale para
patentar cualquier pedazo de vida que sea susceptible de negocio
Asistimos en los últimos años a lo que podríamos
denominar la sofisticación del expolio, es decir, la
creación de sutiles medidas, recursos y legislaciones por parte
de los países ricos para apropiarse de los recursos naturales del
Sur. La usurpación de la biodiversidad por métodos legales
se lleva a cabo con la misma dinámica sofisticada de aquellos desvirtuadores
de la realidad que califican de humanitarias las guerras o
de desarrollo la perpetuación del bienestar para unos
pocos. Uno de esos sutiles modos de robo es el actual sistema de patentes.
Los famosos derechos de propiedad intelectual se han convertido
en la clave para que unas pocas trasnacionales acaparen los recursos naturales
del mundo. Mientras en los foros internacionales se constata cómo
los mecanismos para acabar con el hambre no prosperan, las multinacionales
compiten en una feroz carrera donde todo vale para patentar cualquier pedazo
de vida que sea susceptible de negocio, ya! sean especies de plantas cultivables,
microorganismos, animales, procesos biológicos universales o segmentos
genéticos procedentes de seres humanos.
Una legislación a medida
En su origen, el sistema de patentes trataba de estimular la innovación,
premiar a los inventores industriales e impedir el robo de las nuevas creaciones.
Nada más lejos de lo que ahora acontece. Por un lado, la evolución
de la ingeniería genética y de la biotecnología no
se ha correspondido con una evolución paralela de la normativa de
patentes. Y por otro, cuando la legislación se ha creado, ha sido
siempre en función de las necesidades de las grandes empresas. El
resultado ha desbordado cualquier previsión catastrofista: desde
hace un par de décadas se han ido aprobando solicitudes de patentes
sobre material vivo, algo que no había ocurrido antes a lo largo
de la historia y que ha creado una jurisprudencia muy peligrosa. Al margen
de las cuestiones éticas, esta fiebre patentadora está generando
un descalabro económico en el Sur y pone en riesgo la supervivencia
de la seguridad alimentaria.
El marco legal viene definido por los famosos Aspectos de los Derechos
de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio, más
conocidos como TRIPS (por sus siglas en inglés), que aseguran que
los derechos de las patentes sean respetados por todos los países
miembros de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Por si fuera
poco, para reforzar los monopolios se crearon a posteriori los TRIPS-plus,
requisitos de protección de los derechos de propiedad intelectual,
que habitualmente se establecen a través de convenios bilaterales,
y que son más rigurosos que los TRIPS exigidos por la OMC. Según
la ONG Grain, la Unión Europea ha forzado compromisos TRIPS-plus
relativos a la propiedad intelectual sobre formas de vida en casi 90 países
en vías de desarrollo. Esto exige a los países firmantes,
entre otras cosas, entrar a formar parte de la Unión Internacional
para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV), lo que significa
que sus agricultores tendrán que pagar regal! ías y afrontar
otras restricciones sobre las semillas, mucho más allá de
las prescripciones de la OMC. El grupo político Los Verdes
ha pedido a la Comisión Europea que explique la política
de coerción que sobre patentes llevan implícitos los convenios
bilaterales que realiza con los países en desarrollo, por ejemplo
los acuerdos ya firmados con Bangladesh, Líbano y Marruecos.
El robo disfrazado
Con el tejido legal bien armado, las trasnacionales ya sólo necesitan
crear un lenguaje a su medida que disimule el delito. "Bioprospección"
es la palabra elegida para encubrir el robo de los recursos naturales.
Con este término, las multinacionales definen sus actividades de
exploración de la biodiversidad, especialmente en las
zonas donde viven pueblos indígenas, cuyos conocimientos milenarios
sobre animales y plantas son recogidos por estos investigadores
como si fueran hallazgos propios. Los ejemplos sobre la apropiación
de recursos del Sur son innumerables. En 1994 la empresa de biotecnología
Agracetus obtuvo una patente que abarcaba todas las variedades transgénicas
del frijol de soja, producto alimentario básico para millones de
personas en el mundo. Monsanto, la omnipotente compañía estadounidense,
se opuso con vehemencia a dicha patente pues consideraba que no implicaba
ningún proceso creativo. Tiempo después, Monsanto compró
Agracetus, se hizo con los derec! hos mundiales de la patente e impuso
un férreo control a su explotación. Entre otras cosas, impide
a los agricultores guardar una sola semilla de su cosecha para sembrarla
en la zafra siguiente, como se hace en la agricultura tradicional. En 1999,
Monsanto ya había denunciado a más de 475 agricultores bajo
sospecha de haber replantado las semillas.
Pero esto es sólo una pequeña muestra. En 1986, la International
Plant Medicine Corporation de EE.UU. patentó nada menos que la ayahuasca,
planta sagrada de los pueblos indígenas de la Amazonia. En 1994,
dos investigadores de la Universidad de Colorado, patentaron
una variedad de la quinua, cereal rico en proteínas y parte esencial
de la dieta de millones de personas en la región andina de América.
En 2001, la empresa francesa DuPont patentó una variedad de maíz
con alto contenido en aceite que ya se cultivaba en México de manera
tradicional. En 1985, el importador de madera estadounidense Robert Larson
patentó algunos usos del árbol Nim, empleado desde hace milenios
como planta medicinal en la India. Afortunadamente, todas estas patentes
han logrado ser revocadas tras las denuncias de ONG y organizaciones indígenas.
La victoria más reciente fue el pasado 12 de noviembre, cuando la
Oficina de Marcas y Patentes de EE.UU. canceló por fin la patente
de la ayahuasca, después d! e la lucha perseverante emprendida por
organizaciones indígenas de nueve países sudamericanos.
El extremo de la fiebre de las patentes lo ha protagonizado la compañía
japonesa Asahi Foods que patentó el nombre del "cupuaçu"
-popular fruta amazónica de alto contenido nutritivo- como marca
a nivel internacional. Esto impide que Brasil pueda exportar su fruta autóctona
con su verdadero nombre. Es como si alguien registrara manzana
o banana y se erigiera en el único capaz de comerciar
dichas frutas con sus nombres originarios. El hecho provocaría risa
si no fuera de tal calibre el daño que ocasiona.
El valor del expolio
El alcance de este robo sistemático a los países del Sur
es incalculable. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), sólo el valor de las plantas medicinales del Sur utilizadas
por la industria farmacéutica es de unos 32.000 millones de dólares
al año. La Rural Advancement Foundation International (RAFI) estima
que Estados Unidos debe a los países pobres cerca de 200 millones
de dólares de regalías en agricultura y más de 5.000
millones de dólares en productos farmacéuticos. En 2001 la
RAFI presentó su informe Concentration in Corporate Power:
The Unmentioned Agenda, donde exponía datos precisos sobre
los riesgos que para la alimentación y la salud humana tiene el
actual sistema de comercio y patentes. Sólo 10 empresas poseen una
participación cercana al 84% del mercado global de productos agroquímicos,
valorado en 30.000 millones de dólares; y 10 compañías
controlan casi un tercio del mercado mundial de semillas, estimado en 24.000
millones de dólares! . DuPont, Monsanto, Syngenta y Advanta, son
algunos de estos gigantes que están poniendo en riesgo la seguridad
alimentaria. Entre estas pocas compañías controlan cerca
de las dos terceras partes del mercado global de pesticidas, la cuarta
parte del mercado de las semillas y prácticamente la totalidad del
mercado de semillas manipuladas genéticamente.
La moda de la acumulación de patentes está degenerando
en un lucro inmoral y desorbitado de algunas empresas cuyo mayor mérito
es haberse colado en el entresijo legal de los derechos de propiedad
intelectual para registrar lo que no es suyo y despojar de los derechos
de uso a sus verdaderos propietarios. Y lo peor no es que unos pocos se
enriquezcan, sino que se condena a la miseria a la mayoría. Además
de la presión política para que los gobiernos protejan los
recursos naturales y se nieguen a firmar acuerdos abusivos sobre derechos
de patentes, los ciudadanos tenemos también una responsabilidad
a la hora de negarnos a consumir los productos de esas trasnacionales.
Estar bien informado sobre lo que comemos y consumimos es una obligación.
Desgraciadamente, cada vez es más fácil convertirse en cómplice
de la infamia; pero la ignorancia o la indiferencia ya no son excusas válidas
que rediman de la culpa.
por Marta Caravantes
Fuente: Agencia de Información Solidaria
Diciembre 18, 2003
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