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Medio ambiente: EE.UU. Se opone a la fijación de medidas
de control contra los gases que envenenan la atmósfera
Se empantana la
cumbre para frenar el calentamiento global
Es por la indecisión de Rusia. Su voto es clave para inaugurar
el protocolo de Kyoto que exige medidas para reducir los gases contaminantes.
Ese acuerdo es crucial para evitar una catástrofe natural.
La indecisión de Rusia mantiene empantanado en la cumbre de Milán
la puesta en marcha del protocolo de Kyoto firmado en 1997 por 120 naciones
con el objeto de disminuir los gases que contaminan la atmósfera
y recalientan el clima. Es un fenómeno que condena a los seis
mil millones de habitantes de la Tierra a una segura catástrofe.
Ayer, 6.500 delegados y expertos de la 9ø Conferencia sobre el
Cambio Climático estuvieron en vilo por versiones contrapuestas
que llegaban desde Moscú y pronosticaban el colapso del acuerdo.
El martes fue la noticia desconsoladora de un asesor del presidente Vladimir
Putin, según la cual Rusia no iba a ratificar el tratado. Ayer
otro funcionario de mayor jerarquía del gabinete ruso desmintió esa
información y aseguró, en cambio, que el Kremlin aún
estudia ratificar el pacto. Pero la desconfianza sobrevuela Milán.
Sin Rusia, el acuerdo de Kyoto colapsa porque
para que el protocolo comience a funcionar es necesaria la adhesión de los países
que causan el 55% de la contaminación atmosférica. Y Rusia
es un gran contaminador, atesora el 6% del total de gases pestíferos.
El gran envenenador del ambiente, Estados Unidos, es el responsable del
25% de la contaminación climática y se ha convertido en
el peor enemigo del acuerdo firmado en Japón hace seis años,
al retirarse de las negociaciones en 2001, a poco de asumir la presidencia
George W. Bush.
Los 120 países que han ratificado el protocolo —entre ellos,
Argentina— emiten sólo el 44% de la contaminación
global. La "ayuda" rusa es por eso fundamental para que el
tratado sea efectivo. Los norteamericanos, con su lobby en contra, han
traído una megadelegación de cien personas encabezada por
Paula Dobriansky, subsecretaria del Departamento de Estado para Asuntos
Internacionales.
Los forcejeos para obtener la adhesión de los rusos constituyen
el aspecto más importante y patético de la conferencia,
mientras se acumulan los datos espeluznantes de lo que depara un futuro
de creciente contaminación de la atmósfera. El climatólogo
Michael Mann sostiene que basta un aumento permanente de 1,5 grados de
la temperatura para "llegar al punto de no retorno".
EE.UU. sostiene que es necesario armonizar las soluciones tecnológicas
futuras y los negocios actuales, que al protocolo de Kyoto "le falta
realismo" y que sus normas para reducir los gases que envenenan
la atmósfera "son una camisa de fuerza" para la economía.
Desde Rusia, un consejero del Kremlin había asegurado justamente
que la firma del protocolo le impediría crecer económicamente
a ese país.
El sí o el no de los rusos es ahora la clave de la vida o la
muerte del protocolo de Kyoto. Hace demasiado tiempo que Moscú titubea,
porque quiere sacar grandes ventajas económicas del arreglo con
los norteamericanos —que proponen a todos los países acuerdos
bilaterales para torpedear el tratado e imponer su modelo de desarrollo—,
o de la adhesión a Kyoto que también ofrece enormes fetas
de la torta prevista.
Hay un aspecto que representa exquisitamente un drama político
porque los ambientalistas señalan que si Rusia "sigue los
negocios tecnológicos queridos por los norteamericanos, minará no
sólo el protocolo, sino también las instituciones multilaterales
internacionales".
El acuerdo firmado en 1997 establece un mecanismo de créditos
que permite a los países crear un Mercado Verde global de compra-venta
de las tecnologías a bajo impacto ambiental, dentro de un cuadro
de derechos que reconoce los costos de la contaminación y establece
objetivos a alcanzar. El tratado promueve un circuito comercial de intercambios
globales virtuosos porque apuntan a mejorar el medio ambiente. Es obvia
la hostilidad norteamericana a esta perspectiva.
La Unión Europea decidió que desde el primer día
de 2005 comience a funcionar la compraventa de emisiones de carbono,
que premie a las industrias más eficientes. El mercado de la energía "limpia" será reservado
a los países que ratificaron Kyoto y quien no quiera participar
de los vínculos del protocolo tampoco gozará de ventajas
económicas.
Rusia debe evaluar su decisión. A cambio de su firma, los europeos
le ofrecen una negociación que incluye la venta de los recursos
energéticos rusos y promueve la entrada del Kremlin a la Organización
Mundial del Comercio, algo que los rusos desearían concretar en
2004. En Milán se está jugando una parte de los destinos
concretos del planeta.
Julio Algañaraz. -
jalganaraz@clarin.com
Fuente: Clarín (Argentina)
Diciembre 04, 2003
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