|
La calculada ambigüedad rusa ante el tratado de Kioto
El 11 de diciembre, coincidiendo con la celebración de la IX Conferencia
del Cambio Climático, se cumplió el sexto aniversario del
Protocolo de Kioto sin demasiadas razones para el optimismo. La negativa
rusa a cumplir con estos compromisos medioambientales ha provocado que
la cumbre finalice sin un compromiso para la entrada en vigor del Protocolo.
Una vez más los intereses económicos se han impuesto a
la necesaria protección del planeta.
El 11 de diciembre, los asistentes a la IX Conferencia del Cambio Climático
(COP-9), en Milán (Italia), celebraron el sexto aniversario del
Protocolo de Kioto con una gran torta. No había, sin embargo,
demasiadas razones para el optimismo: la Conferencia finalizó un
día después sin un compromiso para la entrada en vigor
de Kioto.
El protocolo de Kioto contra el Cambio Climático contiene objetivos
legalmente obligatorios para que los países industrializados disminuyan
las emisiones de los seis gases de efecto invernadero (el principal,
el dióxido de carbono) que provocan el calentamiento global. El
objetivo es reducir para el periodo 2008-2012 estos niveles en un 5,2%
respecto a las cifras de 1990.
Como decíamos, el Protocolo no se encuentra todavía en
vigor. Lo hará 90 días después de que lo ratifiquen
al menos 55 países que sumen el 55% de las emisiones de gases
de efecto invernadero. En la actualidad, 120 países lo han ratificado,
pero sólo generan el 44% de las emisiones; y, entre ellos, sólo
dos de los seis grandes contaminantes mundiales: la Unión Europa
y Japón. India y China, como países en vías de desarrollo,
no tienen obligación de reducir sus emisiones en el primer periodo
de cumplimiento. Por tanto, las ausencias de Estados Unidos, que genera
el 36,1% de las emisiones del Planeta; y de Rusia (17,1%) impiden el
despegue definitivo de Kioto.
Rusia ha sido el centro de atención durante la Conferencia. Descartado
por completo que Estados Unidos ratifique el Protocolo –se desmarcó claramente
de él hace dos años-, Moscú tiene la llave de la
entrada en vigor. Y, por tanto, vende caro su apoyo con una postura ambigua
y, en ocasiones, contradictoria. Durante la Cumbre Mundial de Desarrollo
Sostenible de 2002, celebrada en Johannesburgo (Sudáfrica), el
primer ministro ruso Kasyanov declaró que su país ratificaría
pronto Kioto. El presidente Putin confirmó posteriormente dicha
intención. Sin embargo, en octubre de este año, Putin aseguró que
el aumento de las temperaturas provocado por el cambio climático
no vendría mal a un país como Rusia porque así gastarían
menos en abrigos de pieles y ropa para el frío. En la reciente
Conferencia de Milán, Rusia echó un jarro de agua fría
a los optimistas. El consejero económico del presidente, Andrei
Illarionov, aseguró que Rusia no puede ratificar Kioto “en
su forma actual” porque su cumplimiento “ralentizaría
nuestro crecimiento económico”. Es decir, el Kremlin exige
cambios en el texto que le beneficien. “La declaración que
hice repetía textualmente lo que dijo el presidente Putin tras
reunirse con representantes de la Unión Europea”, explicó Illarionov
dos días después para aclarar que no se trataba de una
opinión personal.
En la postura de Rusia pueden influir varios factores. Por un lado,
la política interna: Putin afronta unas elecciones presidenciales
en marzo de 2004, por lo que se descarta que Rusia ratifique el Protocolo
antes de esa fecha. Por otra parte, las resistencias de los potentes
lobbies de los sectores del petróleo y del gas, reacios a que
la enorme industria basada en el empleo de combustibles fósiles
heredada de la época soviética ceda paso a un modelo energético
sostenible. Todo parece indicar, asimismo, que las posturas son divergentes
dentro de la propia Administración de Putin (algunos de sus portavoces
dicen que el calentamiento global es positivo para el país porque
expandirá las zonas cultivables). Otro factor podría ser
la presión de Estados Unidos. Fue precisamente un desmentido a
destiempo de portavoces norteamericanos lo que desató las sospechas
al respecto.
Sin dejar de ser cierto lo anterior, cada vez cobra más consistencia
la hipótesis de que Rusia mantiene una estudiada estrategia de
llevar la negociación al límite como posición de
fuerza ante su anhelada entrada en la Organización Mundial de
Comercio (OMC). “No se puede mercadear con la ratificación:
sería abrir la Caja de Pandora”, aseguraba bajo anonimato
un responsable europeo en la Cumbre. Según distintos especialistas,
Rusia pretende una serie de concesiones por parte de la Unión
Europea, que exige una subida del precio de la energía en el mercado
interior ruso.
La gran paradoja es que Rusia no debería tener en principio grandes
dificultades para cumplir el Protocolo que únicamente le obliga
a estabilizar las emisiones de gases en los niveles de 1990. La gran
ventaja rusa es que su inventario de gases se ha reducido en este periodo
un 38 por ciento a consecuencia del desplome de su actividad industrial.
Rusia podría, por tanto, obtener a corto plazo importantes sumas
de dinero por la venta de derechos de emisión de gases que serían
comprados por las naciones ricas que rebasasen el listón que les
asignó Kioto. A largo plazo, sin embargo, el resurgimiento de
su actividad industrial le podría suponer mayores costes económicos.
Otro motivo que tendría Rusia para dar el sí definitivo
a Kioto serían las consecuencias medioambientales del calentamiento
global en su propio territorio. Según el estudio de la Oficina
Meteorológica de Reino Unido “Cambio Climático y
sus impactos: una perspectiva global” el permafrost (la capa helada
permanente que cubre casi dos tercios de Rusia) está mostrando
señales de deshielo. Este hecho podría provocar graves
daños en los bosques, edificios e infraestructuras. Y, sobre todo,
en algo que importaría mucho al presidente Putin: oleoductos y
gaseoductos. Además, la productividad agrícola se podría
reducir entre un 10 por ciento y un 40 por ciento.
“Ciento veinte países están listos para mudarse
a la casa de Kioto. Sólo falta que Rusia ponga la llave”.
De esta simbólica manera, el coordinador en Rusia del Programa
de Cambio Climático del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF),
Alexey Kokorin, explicaba el sentir mayoritario de la comunidad internacional.
La Conferencia de Milán finalizó, sin embargo, sin la ratificación
rusa. Una vez más, los intereses económicos se impusieron
a la necesaria protección del medio ambiente.
por Antonio Pita
Fuente: Agencia de Información Solidaria (AIS)
Diciembre 31, 2003
|