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Reedición del libro "Memoria Verde: Historia Ecológica de la Argentina"
Queremos compartir con ustedes la noticia de la reedición en
formato económico del libro "Memoria Verde: Historia Ecológica
de la Argentina", del que soy autor, junto con la Dra. Dina Foguelman,
y que publica la Editorial Sudamericana, atendiendo a la próxima
inauguración de la Feria del Libro.
La historia ecológica es un campo del conocimiento relativamente
nuevo, con muy escasas investigaciones en el mundo. Analiza la relación
naturaleza-sociedad en cada uno de los ecosistemas y describe los procesos
sociales que nos llevaron a cierta utilización de los recursos
naturales involucrados. Tiene en cuenta el modo en que los cambios sociales
originan cambios en nuestra manera de utilizar los ecosistemas. Y, recíprocamente,
la manera en que la modificación de los ecosistemas afecta a las
sociedades humanas.
Quienes hemos investigado el tema o lo hemos estudiado, llegamos a la
conclusión de que las sociedades humanas no pueden entenderse
completamente si no incluimos su historia ecológica en el análisis
de su evolución.
En esta entrega ustedes reciben un texto tomado de "Memoria Verde":
es la primera de dos partes referidas a la primer catástrofe ecológica
de nuestra historia: la destrucción de los cultivos incaicos,
provocada por los conquistadores españoles. En la primera nos
referimos a la actitud de los incas ante la naturaleza y en la próxima
analizamos las implicancias ambientales de la conquista en la zona andina.
Un gran abrazo a todos.
Antonio Elio Brailovsky
LA DESTRUCCIÓN DE LA AGRICULTURA INCAICA
(Primera
Parte: La relación de los incas con la naturaleza)
Por Antonio Elio Brailovsky y Dina Foguelman
La historia ambiental de la Argentina se inicia con una de las catástrofes
ecológicas más serias que hayan ocurrido en el país:
la destrucción del sistema incaico de agricultura en terrazas,
perpetrada por los conquistadores españoles. Este desequilibrio
ecológico fue la principal herramienta utilizada para consolidar
una conquista que, de otro modo, hubiera resultado políticamente
inestable. Porque la única manera que tenía un puñado
de hombres de hacer perdurable su dominio sobre un pueblo entero era
destruyendo los medios de subsistencia de esa población. Para
verlo con mayor claridad, tenemos que hablar de la agricultura incaica.
El imperio incaico fue un espectacular ejemplo de eficiencia en el manejo
de la tierra y en el respeto al equilibrio ecológico de la región.
Ningún sistema posterior consiguió alimentar a tanta población
sin degradar los recursos naturales. Los incas basaron su civílízación
en una relación armónica con su ambiente natural, integrado
por los frágiles ecosistemas andinos, y desarrollaron complejos
y delicados mecanismos tecnológicos y sociales que les perInitíeron
lograr una sólida base económica sin deterioros ecológicos.
Se pueden ver aún las terrazas de cultivo, construidas como largos
y angostos peldaños en los faldeos de las montañas, sostenidos
por piedras que retenían la tierra fértil. Las terrazas
cumplían la función de distribuir regularmente la humedad.
Allí el agua de lluvia iba filtrándose lentamente desde
los niveles superiores a los inferiores, utilizándose plenamente
la escasa cantidad de líquido disponible. En las áreas
más lluviosas y en las de mayor pendiente, las terrazas permitían
evitar la erosión, al impedir que el escurrimiento superficial
del agua de lluvia arrastrara las partículas del suelo. También
facilitaron el aprovechamiento de los diversos pisos ecológicos.
Pero las terrazas no eran solamente defensivas, sino que constituían
la base de un trabajo posterior. Ese espacio se rellenaba con tierra
traída de zonas más bajas y se abonaba con suelos lacustres
y algas, lo que significaba un acto de verdadera construcción
del suelo agrícola.
El suelo de las terrazas se mezclaba con guano, el excremento de aves
marinas acumulado en las islas y costas. Este recurso era cuidadosamente
administrado, porque de él dependía en buena medida la
alimentación de la población: para extraerlo, cada aldea
tenía asignada una parte de isla o costa, marcada con mojones
de piedra que no era permitido alterar. "Había tanta vigilancia
en guardar aquellas aves, que al tiempo de la cría a nadie era
lícito entrar en las islas, so pena de la vida, porque no las
asombrasen y echasen de sus nidos. Tampoco era licito matarlas en ningún
tiempo, so la misma pena", dice el Inca Garcilaso de la Vega.
Se practicaba regularmente el barbecho, es decir, el descanso del suelo
para permitirle recuperar su fertilidad en forma natural. En la costa
y los valles fertilizaban con cabezas de pescado, que enterraban con
semillas de maíz en su interior. Para este cultivo también
utilizaron excrementos humanos secados al sol y pulverizados. En
el esfuerzo por alimentar a una población en crecimiento,
no hubo recurso que dejara de utilizarse.
Había muy poco suelo que fuera naturalmente apto para el cultivo
y había que construirlo metro a metro. Su explotación no
hubiera sido posible sin riego, porque la mayor parte de la zona andina
es árida o semiárida. Había que ir a buscar el agua
a las nacientes de los arroyos y encauzarla mediante una red de canales.
Se describen algunos principales, de muchos kilómetros de largo
y hasta cuatro metros de diámetro, pero aun para una pequeña
superficie aterrazada se consideraba que valía la pena hacer un
canal de gran longitud. Para eso, se hacía un surco a lo largo
de las montañas y se lo cubría con grandes losas de piedra
unidas con tierra para que el ganado no lo destruyese. A veces, al cruzar
un valle, era necesario sostener el canal sobre columnas para que e]
nivel del agua no perdiese altura, construyéndose acueductos similares
a los romanos.
En el actual territorio argentino, los cronistas españoles señalan
que los habitantes de los Valles Calchaquíes "siembran con
acequias de regadío". En la antigua ciudad de Quilmes
encontraron una represa, prolijamente confeccionada en piedra, aprovechando
una depresión natural del terreno. De ella salía un canal
de riego. En Catamarca existen restos de terrazas con lajas verticales
adosadas, que facilitan la condensación de las gotas de rocío.
De este modo, transformaban al rocío en un recurso productivo
y lo utilizaban para el riego.
El origen de estas tecnologías está ligado a la lenta
evolución del poblamiento andino. En el noroeste del actual territorio
argentino, los cultivos en terrazas estuvieron ampliamente difundidos.
Algunas terrazas fueron construidas durante el imperio incaico, en tanto
que otras corresponden a culturas previas que habían alcanzado
un alto grado de desarrollo.
En algunos valles andinos se encuentran restos de técnicas de
cultivo que aparecen como antecesoras de las terrazas incaicas. Por ejemplo,
en Iglesia (provincia de San Juan), unos mil años antes de Colón
se desarrolló una cultura que construyó obras de regadío,
las que permitieron el cultivo de tierras que no pueden ponerse en producción
con las tecnologías actuales. Se trataba de grandes sistemas
de piedra, que recolectaban el agua de los arroyos y la desviaban
por medio de acequias hacía las parcelas de cultivo. Cuando estos
canales pasaban por terreno arenoso, impermeabilizaban su fondo con piezas
de cerámica.
Los sitios de cultivo son terrenos deprimidos artificialmente, a los
que llegan los canales Están rodeados por un borde de piedras
que cumplía la misma función de defensa que su equivalente
en las terrazas incaicas. Se trata, básicamente, del mismo principio:
hacer plano un relieve escarpado, proteger los bordes de las parcelas
para evitar la erosión y regarías artificialmente por medio
de canales y cisternas.
La diferencia entre las precarias acequias indígenas y las grandes
obras de ingeniería incaicas no estriba en los principios ecológicos
que las rigen sino en la organización social que las sustenta.
Las comunidades familiares descubrieron la forma de cultivar los
Andes sin erosionar el suelo, pero fue necesaria una organización
social más compleja a fin de que esa tecnología sirviera
para alimentar a millones de personas.
El maíz y la papa constituían la base de la alimentación,
esencialmente vegetariana, pero también se cultivaban unas
cien especies más, debido a un cuidadoso trabajo de domesticación
efectuado a lo largo de varios siglos. La tecnología de conservación
de alimentos estaba adecuadamente desarrollada: para carnes, el
secado y salado en forma de charqui. Para la papa, el chuño: papa
helada a la intemperie, desecada por congelamiento (liofilización)
y molida.
También tenían una ganadería muy desarrollada,
la que combinaban con un manejo racional de la fauna silvestre.
Utilizaban llamas y alpacas como bestias de carga y para la producción
de lana y carne; de esta última consumían muy poca cantidad.
En cambio, su dieta era rica en proteínas vegetales.
Empleaban las vicuñas y alpacas para producción de la
más fina lana, destinada al Inca y a su corte. Las vicuñas
no pudieron ser domesticadas, por lo que las capturaban, les cortaban
la lana y las volvían a soltar. Lo hacían en grandes cacerías
anuales, en las que tenían especial cuidado en no lastimar a ningún
animal. Nunca las esquilaban a fondo, para que no corriesen el riesgo
de morir de frío. Es decir, que consideraban a los animales salvajes
como un recurso que debía ser cuidado y utilizado racionalmente.
Este conjunto de prácticas evidencia un muy elevado desarrollo
tecnológico logrado sin mecanización alguna: las piedras
se partían y pulían golpeándolas unas con otras,
y se ubicaban a pulso, con ayuda de sogas pero sin poleas, rolos
ni ruedas. Los metales se fundían sin fuelle, soplando el fuego
a pulmón a través de tubos de cobre. Los únicos
instrumentos de labranza fueron las azadas para deshacer terrones, y
palos aguzados para remover el suelo y enterrar las semillas.
El único recurso abundante parece haber sido el recurso humano,
por lo cual no se desarrolló ninguna técnica de ahorro
de mano de obra. Por el contrario, el pleno empleo era prioritario. No
tener trabajo era tan mal visto que aún en la actualidad puede
verse a las kollas hilar mientras caminan, y los viejos tenían
la obligación explícita de eliminar los piojos, que era
una forma de cuidar el estado sanitario de la población.
En el imperio incaico cada uno cultivaba la tierra que le habían
adjudicado (nadie era propietario), pero además, en forma colectiva,
trabajaban las tierras destinadas a mantener a los sacerdotes y al Inca,
quien a su vez asignaba el producto al mantenimiento de la nación.
Es decir que, además de lo que el agricultor consumía,
producía reservas colectivas que se almacenaban en grandes galpones,
a lo largo de las rutas,
Todo se contabilizaba mediante un sistema decimal que se anotaba
en cordones de diferentes colores (quipus) que se enviaban al Inca. Con
el mismo sistema, se lo mantenía informado anualmente y en
forma exacta de la composición de la población, de los
nacimientos y de las muertes. A pesar de los avances de la computación,
hoy ningún país cuenta con información tan actualizada.
Esta información se le hacía llegar por medio de correos
(chasquis) que corrían por excelentes caminos en forma tan sincronizada
que las noticias viajaban a razón de 500 kilómetros diarios.
Las reservas permitían mantener a los que no estuvieran en condiciones
de trabajar, a la corte, a aldeas que hubieran sufrido una sequía,
a asentamientos en formación que aún no tuvieran cosechas.
En todo momento los soldados podían encontrar víveres,
vestidos, calzados y armas para hasta treinta mil combatientes en un
solo galpón.
Las reservas bélicas eran necesarias para este imperio en expansión,
aunque no se usaban en todos los casos. A veces lograban la expansión
por el convencimiento, como en el caso del "reino de Tucma" (Tucumán),
cuyos embajadores fueron a ofrecer vasallaje al Inca. Extraño
imperialismo éste, que podía expandirse a partir del consenso
que creaba, al ofrecer una organización social más deseable
que la de los pueblos vecinos.
La primera medida luego de una conquista era la construcción
de caminos que anexaran las nuevas tierras, la capacitación de
artesanos, agricultores, ingenieros y burócratas en escuelas
especiales y la iniciación de los cultivos. El conjunto componía
un sistema muy estable que permitía mantener a los combatientes
-no había casta militar-, a la burocracia administrativa y a la
nobleza.
Con tan poca maquinaria, la mano de obra pasaba a tener una importancia
fundamental y era considerada un recurso valioso que, a] igual que el
suelo, el agua, el ganado, el guano, era preciso mantener y conservar.
A la época de la llegada de los conquistadores españoles
había una población estimada entre 10 y 30 millones de
habitantes, perfectamente vestidos y alimentados, con un sistema
de seguridad social que alcanzaba a los huérfanos, a las viudas,
a los ancianos y a las familias de aquellos que habían sido convocados
a las armas.
Este sistema de seguridad social se reflejaba incluso en aspectos tales
como el orden de prioridad asignado a las tierras de cultivo:
"Mandaba el Inca que las tierras de los vasallos fuesen preferidas
a las suyas, porque decían que la prosperidad de los súbditos
redundaba en buen servicio para el rey; que estando pobres y necesitados,
mal podían servir en la guerra ni en la paz", dice el Inca
Garcilaso.
La organización por la cual se logró la preservación
y el desarrollo de los recursos humanos y naturales es el rasgo
caracteristico del imperio incaico. Éste era en realidad reciente;
no tenía más de cuatro siglos. La base económica
que permitió organizar las prácticas de producción
agraria y de conservación de la naturaleza preexistente era:
· El imperio (representado por el Inca, considerado de origen
divino) era el propietario de todas las tierras y demás recursos
naturales, lo que facilitó el manejo integrado de esos recursos.
· El desarrollo de complejos sistemas administrativos de educación
y control de la fuerza de trabajo.
· Cada familia disponía de tanta tierra como necesitara
para su subsistencia, pero ni un centímetro más. No había
moneda ni esclavos; tampoco había latifundios ni guerras
por la propiedad privada de hombres o de bienes.
· Dentro de su comunidad, el campesino era un trabajador libre
porque sólo estaba regido por un ordenamiento global que abarcaba
a la sociedad entera, personificada en el inca y representada localmente
por la burocracia del imperio. Ese ordenamiento regulaba todas las horas
de todos sus días y los de toda su familia: había castigos
por perder el turno de riego, por sembrar o cosechar fuera de las
fechas preestablecidas, por no casarse y, en general, por cualquier
actitud calificada como antisocial.
El resultado fue una sociedad centralizada y fuertemente autoritaria,
que aplicó ese autoritarismo para superar las fuertes restricciones
ecológicas del ambiente andino, proporcionando a esa población
los niveles de vida más altos de su historia.
"Todos universalmente sembraban lo que habían menester para
sustentar sus casas -dice el Inca Garcilaso- y así no tenían
necesidad de vender los abastecimientos, ni encarecerlos, ni sabían
qué cosa era carestía. (...) De manera que lo necesario
para la vida humana, de comer y de vestir y calzar lo tenían todos,
que nadie podía llamarse pobre ni pedir limosna. Todos sabían
tejer y hacer sus ropas, y así el Inca, con proveerlos de lana,
los daba por vestidos. Todos sabían labrar la tierra y beneficiaria,
sin alquilar otros obreros. Todos se hacían sus casas, y las mujeres
eran las que más sabían de todo. Había tanta abundancia
de las cosas necesarias para la vida humana, que casi se daban de balde”.
(Continuará)
Fuente: Antonio Elio Brailovsky
Abril 01, 2004
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