Todos
los animales de una misma especie, aún los más elementales,
se comunican entre sí. Las señales que emiten son reconocidas
por sus congéneres. En los animales sociales dotados de un alto
psiquismo, como los cetáceos, estos mensajes son múltiples.
En el caso de los delfines los más importantes son
los de naturaleza táctil (toqueteos, caricias, en especial amorosas),
visual (posiciones, saltos) y, por supuesto, auditiva. Por el contrario
los cetáceos no tienen prácticamente olfato: sus conductos
respiratorios poseen muy pocas células sensoriales, y los lóbulos
olfativos de su cerebro están atrofiados.
Los mensajes sonoros, por su parte, están tan individualizados,
son tan regulares, tan divididos en secuencias con preguntas y respuestas,
que no podemos sino definirlos como lenguaje. Los delfines emiten sonidos
infinitamente variados (silbidos, ronquidos, gruñidos, tintineos,
tamborileos, etc.), utilizan para ello su faringe, pero las ondas sonoras
que utilizan son amplificadas por los tejidos adiposos de su cabeza. Elaboran
sonidos de una frecuencia comprendida entre 100 y 150.000 hercios (el hombre
sólo percibe los que se sitúan entre 100 y 15.000 hercios).
Reciben los ecos de estas emisiones por un orificio auditivo
minúsculo, cuya impermeabilidad durante las inmersiones está
asegurada por un grueso tapón de cerumen. Éste conduce, sin
embargo, perfectamente las ondas mecánicas, ya que los animales
están dotados de un oído prodigioso.
Los sonidos emitidos por los delfines les sirven tanto
para dirigirse como para intercambiar mensajes. Cuando el delfín
quiere orientarse en aguas turbias o durante la noche, empieza por emitir
sonidos de frecuencia baja, cuyos ecos le dan una idea del panorama general
en el que va a evolucionar.
Posteriormente, balancea la cabeza de un lado
a otro, produciendo sonidos de frecuencias más alta, esto significa
que intenta encontrar los obstáculos de dimensiones más pequeñas.
La exactitud de este sonar sorprende todavía a los especialistas:
los delfines son capaces de detectar incluso a varios metros de distancia
un hilo de cobre que no exceda los 0,2 milímetros de diámetro.
Los delfines necesitan
comunicarse entre sí. Son muy capaces de imitar un gran número
de sonidos que no acostumbran emitir. Los pequeños de esta especie
aprenden verosímilmente la lengua. Reciben consignas por parte de
los adultos, que comprenden, memorizan y aplican. Los adultos saben informarse
entre sí acerca de la proximidad del peligro y sobre las tácticas
apropiadas para enfrentarlo.
No existen pruebas definitivas de que los delfines hablen
tan claramente como los humanos, pero hay numerosas hipótesis. Después
de todo, para traducir el lenguaje del delfín al lenguaje humano
tendríamos que poseer claves, de las que no disponemos hoy y probablemente
nunca.
La
Vida Social
Los delfines son animales eminentemente sociales; privados
de la compañía de sus semejantes languidecen. Un joven delfín
retirado de su madre y del rebaño no adquiere el lenguaje ni el
conocimiento de su especie. Es incapaz de sobrevivir en libertad.
El rebaño
típico se compone de varias hembras maduras acompañadas por
su cría del año, de un cierto número de jóvenes
inmaduros de ambos sexos y de uno o varios machos dominantes. Los jóvenes
machos sexualmente maduros son, por lo general, apartados de la gran familia
y se reúnen en grupos antes de probar su suerte individualmente e
intentar imponerse como productores de un rebaño familiar junto con
otro macho dominante.
La vida en grupo tiene muchas ventajas.Una de ellas es
que permite asegurar la defensa colectiva de los individuo, en especial
la de los jóvenes. Los principales enemigos de los delfines son
los tiburones. Estos atacan a las crías, a los enfermos o a los
heridos. Cuando aparecen los escualos, los delfines del grupo les hacen
frente: los atacan con ferocidad dándoles con todas sus fuerzas
cabezazos en el hígado. Los tiburones ganan fácilmente la
partida de un delfín aislado y debilitado; pero se arriesgan contra
una banda de cetáceos organizada.
La vida en sociedad facilita también la búsqueda
y la captura de las presas. Los delfines que encuentran un banco de peces
lo rodean inmediatamente, de manera que puedan devorar el mayor número
posible. Los cetáceos tienen una perfecta técnica de caza,
saben conducir a sus futuras victimas a estrechas bahías donde se
ven atrapadas.
La vida en grupo proporciona, además, ocasiones
de intercambio de frases, de informarse mutuamente de la situación,
de pedir asistencia a los otros miembros del grupo en caso de enfermedad;
como cuando un delfín viejo o herido será sostenido en la
superficie por otros dos para que respire sin cansarse, etc.
Se sabe desde hace tiempo que estos animales no temen demasiado
al hombre y , aún más, que buscan su compañía.
El delfín, amistoso de por sí, llega a caer en una entrañable
inocencia, que le cuesta la muerte por millares a manos.
La familiaridad de los delfines con la especie humana es
un hecho real. Cuando algún hombre se halla en peligro o herido,
no dudan en ayudarlo, como se ha comprobado en múltiples ocasiones.
En su relación con el hombre, son legendarias las
historias de delfines que socorren a nadadores en apuros o que ayudan a
atraer los cardúmenes hacia sus redes.
Los
juegos
Como los demás cetáceos, los delfines no
tienen grandes dificultades en encontrar alimento: el resto del tiempo
lo dedican a gozar de la vida. Los juegos tienen para ellos una gran importancia.
Los delfines no cesan de inventar nuevos juegos.
Hacen surf sobre las olas (así como sobre las olas de la proa de
los barcos). Se persiguen, se tocan, ejecutan números de acrobacia
submarina, todo esto lo hacen sólo por el placer del ejercicio.
Realizan saltos por encima de la superficie. Su velocidad de natación
es tal que sacan la totalidad de su cuerpo del agua, antes de dejarse caer
con una gran salpicadura.
A los delfines
también les gusta jugar en cautividad. Estos animales no se dejan
domar, como otros animales de circo. Los juegos de pelota, saltos a través
de aros, etc., que ejecutan para regocijo de los espectadores, los realizan
por propio placer. Pero todos los delfines no demuestran la misma atención
a los mismos juegos.
Los delfines mulares son particularmente propensos al juego,
así como los comunes y los de flancos oscuros del Atlántico
Sur. Las orcas (los mayores y más inteligentes de todos los delfines)
son también muy juguetonas. Pero los intentos por interesar a una
inia del Amazonas a jugar con una pelota resultarían vanos. Esto
sucede simplemente porque no tienen los mismos intereses ni la misma manera
de llenar sus momentos de ocio.
La Familia
Las hembras de delfín son sexualmente maduras a
los 4-5 años, mientras que los machos, aunque son fisiológicamente
maduros a la misma edad, no cuentan con grandes posibilidades de lograr
descendencia antes de los doce o trece años. Es entonces cuando
se hacen los bastante fuetes para desafiar a los dominantes de un rebaño
y obtener un puesto junto a ellos.
La gestación dura alrededor de catorce meses. Los
partos tienen lugar generalmente en primavera. Las madres dan a luz en
el agua, pero escogen regiones tranquilas del océano. Se alejan
un poco del rebaño, aunque son ayudadas durante el parto por otras
hembras (las tías).
Al menor peligro los machos acuden para defender a la madre
y al recién nacido. Este sale del vientre de su progenitora con
la cola por delante. La mayoría de las veces alcanza la superficie
por sus propios medios para tomar la primera bocanada de aire.
Poco después,
la madre lo amamanta con dos ubres retráctiles situadas a ambos lados
del canal vaginal. En cuanto lacría acerca la boca a las mamas, la
madre expulsa un potente chorro de leche. Esta leche, muy nutritiva, se
compone sobre todo de materia grasa (contiene ocho veces más proteínas
que la leche humana). Con este régimen alimenticio, el pequeño
crece rápidamente.
Las madres se ocupan de las crías con gran cuidado;
le enseñan a perfeccionar su natación y a buscar el alimento;
les hablan sin cesar, y ellos contestan. Por supuesto los defienden de
sus depredadores. Cuando, por desgracia, mueren sólo abandonan su
cadáver poco después de su fallecimiento; algunas parecen
estar desesperadas; permanecen día y noche junto al pequeño
cuerpo, como si se hubieran vuelto locas. Esta conciencia de la muerte
hace a los delfines nuestros semejantes.
Las conversaciones que las madres mantienen con sus hijos
son particularmente animadas; los tintineos, los silbidos, los gruñidos,
etc., se encadenan a gran velocidad y se tiene realmente la impresión
de un diálogo. Además, los mensajes que se intercambian así
son realmente operacionales.
La Inteligencia
El delfín tiene muchas facultades que hacen pensar
al hombre en que éste posee alguna forma de inteligencia. Se ha
intentado reunir pruebas objetivas de las verdaderas facultades intelectuales
de los delfines.
Una de las facultades del delfín es la de adaptarse
exitosamente a nuevas situaciones. De ser así, es un sabio, pues
logró poblar el 71 por ciento del planeta (es decir, todos los océanos).
Otra de sus facultades es su habilidad de comunicarse con
su especie, como visto anteriormente.
El peso bruto del
cerebro no constituye por si mismo un indicio; por el contrario, su peso
relativo comparado al total del cuerpo representa un elemento importante.
Desde este punto de vista, el índice cerebral de los delfines es
netamente superior al de, por ejemplo, un chimpancé, y comparable
al del humano. No sólo resulta elevado el peso relativo del cerebro
de los delfines, sino que su encéfalo posee circunvoluciones muy
numerosas, al igual que el nuestro; el neocórtex, sede de la inteligencia
y de los comportamientos superiores, está sorprendentemente bien
desarrollado.
Si tuviéramos que hablar del "intelectual de
los mares", el titulo recaería en el mayor de los delfines,
la orca. Este animal ha fascinado siempre a los marinos y a los balleneros.
Antes de disponer de barcos modernos y de cañones
arponeros, le consideraban demasiado listo como para pensar en inscribirle
en su lista de trofeos.
Le llamaban "La ballena asesina", y sabían
que no podían acercarse a ella. Las orcas aprenden muy rápidamente;
por ejemplo, a reconocer los barcos de los hombres: si ven un cañón
en la proa del barco, huyen.
La inteligencia de los cetáceos parece ser un hecho
real, a pesar de algunas observaciones que pueden inclinar a algunos científicos
a mantener la opinión contraria.
Su
fisiología
Posee una epidermis elástica y una dermis musculosa
y flexible como ninguna, la piel del delfín tiene una estructura
comparable a la de un colchón de agua: se hunde y eleva en función
de las presiones percibidas por sus papilas cutáneas, adaptándose
al flujo de agua que envuelve su cuerpo, el cual al deformarse disminuye
la turbulencia.
Poseen una gran aptitud para el buceo, es imposible que
el hombre descienda tan hondo como los delfines. Para lograr esto ellos
modificaron su sistema cardiorrespiratorio. El delfín aumentó
su caudal sanguíneo y su concentración de hemoglobina, pudiendo
así fijar un máximo de oxígeno antes de sumergirse.
Además, sus increíbles venas y arterias de
geometría variable, logran cortar la irrigación de los intestinos,
el estómago, los riñones y los músculos, que deben
quedar con su asignada reserva, privilegiando la oxigenación del
cerebro y del corazón. Para soportar la presión del agua,
los pulmones del delfín tienen unos anillos de cartílago
que impiden que se aplasten.
La descompresión obliga a los humanos que
bucean a ascender a la superficie por etapas, para dar tiempo al nitrógeno
de la sangre a desparramarse por los tejidos y con ello evitar la temible
embolia. Pero este delicado proceso tiene al delfín sin cuidado:
sube muy rápido y no le ocurre nada, y éste es otro gran
misterio para la ciencia.
Clasificación
Generalmente se considera a los cetáceos
más grandes como ballenas y a los más pequeños como
delfines, pero algunas "ballenas" son más pequeños
que los llamados "delfines" más grandes. Ocurren muchos
errores al intentar buscar un nombre común adecuado; por ejemplo,
las mal llamadas orcas o ballenas asesinas, ni son ballenas (pertenecen
a los delfínidos) ni asesinas.
Los cetáceos en general se dividen en dos grandes grupos: los odontocetos
(los que poseen dientes, como los delfines) y los misticetos (los que poseen
barbas). Así, las 70 especies de cetáceos se dividen en 11
misticetos y 70 odontocetos.
Pero a nosotros nos interesan los Odontocetos.
Poseen un solo aventador y se alimentan de peces y cefalópodos,
y algunos pocos de crustáceos y mamíferos marinos. Algunos
tienen hasta 250 dientes mientras que otros tienen dos.