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Tienen
cara de pocos amigos, pero son muy respetados y admirados
Los caimanes toman sol y se dejan mirar
COLONIA
CARLOS PELLEGRINI.- Toda salida de aventura tiene que tener un componente
importante: la sorpresa. Si se trata de la laguna Iberá, esto
nunca falla. Lo primero que sorprende a todos por igual es descubrir
que no hay necesidad de usar prismáticos para ver a los animales,
excepto las aves, en algunos casos. |
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Los encuentros son frente a frente, y duraderos. Aunque se permanezca un buen
rato junto a un embalsado, suerte de isla flotante formado por plantas acuáticas
donde los animales despliegan su actividad, la fauna sigue con lo suyo: se alimenta,
toma sol o mira de reojo.
Pedro Noailles, que organiza salidas por la laguna, bromea al respecto. Dice
que premia a los animales con comida para que ocupen sus puestos cuando pasa
con los turistas. Y al estar uno rodeado de tantas criaturas salvajes, en la
inmensa laguna, parece cierto lo que dice.
Junto con su esposa, Claudia, Noailles hace tres años que apostó al
turismo aventura en esta región. Son los propietarios de Ypa Sapukai,
una posada cálida, de atmósfera familiar que, con lanchas propias,
ofrece largos paseos, uno de sus puntos fuertes. Además de conocer bien
los mejores rincones de la laguna y a sus personajes de fábula, Pedro
contagia su entusiasmo narrando con lujo de detalle sus curiosidades.
Sigilosos y con sangre fría
En Iberá no hace falta madrugar para ver activos a los animales. Apenas
uno se interna con la lancha y se apaga el motor, los primeros que se acercan
nadando, entre camalotes y amapolas de agua, son los caimanes. En los Esteros
del Iberá hay dos especies de las ocho existentes: el negro y el overo
o ñato. Son muchos y alcanzan hasta los tres metros de largo.
Su piel brillante, rugosa y verde oscura se confunde con la vegetación
acuática y el color del agua. Se los ve por todas partes, nadando sigilosamente
con los ojitos y los orificios de la nariz asomando por la superficie o asoleándose
en la orilla para recibir calor corporal ya que tiene sangre fría, es
decir, son incapaces de producir calor internamente como los mamíferos.
A tijeretazos
Una de las preguntas más habituales entre los visitantes, según
cuenta nuestro guía, apunta a si este reptil ataca al hombre. Pero éste
explica que afortunadamente no ataca nada más grande de lo que pueda tragar.
Es más, el yacaré puede estar tomando sol junto a un carpincho
macho sin inmutarse, porque también le resulta un gusto demasiado ambicioso.
Y el carpincho macho parece tenerlo bien claro, hasta se da el lujo de dormitar
a su lado.
Créase o no, estas escenas se ven a diario mientras se pasea entre los
embalsados. Yacarés junto a carpinchos; ciervos que pasan por delante,
pero pasan. ¿De qué se alimenta, entonces? De peces, sapos, caracoles,
cangrejos, chinches de agua.
De todos modos, el caimán infunde respeto en ese gran vecindario. Tal
vez por su afilada dentadura, que no mastica, sino tritura como una tijera; o
porque forma parte de la familia de los cocodrilianos, que atesora una herencia
de 200 millones de años. Sí, vio llegar y partir a los dinosaurios
y sobrevivió a la era glacial. Al tener hábitos nocturnos, la mayor
parte del día se mantiene inmóvil como una escultura, tanto que
puede competir con las de la calle Florida.
Esto se debe a que tiene que evitar el gasto innecesario de energía, por
eso sólo atina a parpadear, de forma vertical y horizontal (tiene un párpado
más para bucear). Eso es todo, excepto cuando se lanza al agua y nada.
En verano, las noches de luna llena son ideales también para salir de
paseo. Eso sí, la laguna se ve llena de ojitos rojos.
Fuente: La Nación
Octubre 26, 2003 |
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