EL VALOR DE LAS BALLENAS VIVAS -
Primer Parte
por Roger Payne
Una de las maneras menos controversiales de medir
la contribución que brindan las ballenas a la humanidad es
hacer estudios económicos que comparen las ganancias que
producen industrias tales como la del avistaje y la de la cacería
de ballenas. El indiscutido experto en este tema es Erich Hoyt,
quien publicó su tercer estudio sobre los beneficios de la
industria del avistaje de ballenas.
Para llevar a cabo esta investigación titulada
Whale watching 2000¨: Cifras de turismo mundial, gastos
y beneficios socioeconómicos en expansión, envió
una encuesta a más de 1.000 empresas de avistaje de ballenas
en 87 países distintos en todo el mundo, incluyendo Norte,
Sur y Centro América, Europa, Asia, África, Australia,
Oceanía y Antártida.
Aproximadamente la mitad de los encuestados respondieron
y, de esas respuestas y de la extensa literatura disponible en la
actualidad, concluyó que en 1998, más de 9 millones
de personas participaron en el avistaje de ballenas y, un cálculo
moderado de lo que ellos consumieron realizando dichas actividades
fue de más de 1 billón, 49 millones de dólares
estadounidenses. Como la industria del avistaje de ballenas ha crecido
en forma exponencial, estos números son presumiblemente mucho
mayores. Por ejemplo: en 1991 había aproximadamente 4 millones
de observadores de ballenas en 31 países y territorios en
todo el mundo. Para 1994 había crecido a 5.4 millones en
65 países y, para 1998 a 9 millones en 87 países.
Estos incrementos producidos en la década del 90 no fueron
lineales sino exponenciales y hay buena razón para creer
que crecimientos similares han seguido ocurriendo.
Hoyt también estudió la tasa de
crecimiento de la industria y descubrió que en un período
de cuatro años entre 1994 y 1998 la cantidad de dinero gastada
por los observadores de ballenas en excursiones, viajes, comida,
hoteles y recuerdos de los lugares visitados ascendieron de 504
millones de dólares estadounidenses a más del doble,
1 billón 49 millones de dólares estadounidenses. Y,
como ya han transcurrido otros cuatro años, no sería
sorprendente que la cifra haya ascendido a más de 2 billones
de dólares estadounidenses hacia el final del año.
Los gastos totales muestran un incremento promedio anual de 18,6%.
Entre 1994 y 1998, 197 comunidades nuevas comenzaron la actividad
de la observación de ballenas, creando la gran cifra total
de 492 en el mundo entero.
Muchas de estas comunidades tuvieron que esforzarse
mucho al comenzar con el avistaje de ballenas, pero es tan exitoso
este tipo de turismo que ha revitalizado las economías de
algunos de ellos, un proceso que también ayuda a fomentar
la importancia de la conservación del ecosistema marino y,
al mismo tiempo, brindarles a los investigadores locales, con ansias
de estudiar las ballenas o el mar, acceso a embarcaciones. Como
dijo Hoyt: La observación de ballenas ofrece a las
comunidades un sentido de identidad y gran orgullo. En algunos lugares,
literalmente, esta actividad transforma las comunidades.
Es interesante destacar que la mayoría
(34 de 40) de los países miembros de la Comisión Ballenera
internacional (CBI) desarrollan, al menos, algún tipo de
avistaje de ballenas en su país, aunque su participación
en las discusiones sobre el tema en la CBI haya sido casi nula.
Y, a veces, se tiene la sensación de que estos países
han sido incorporados a esta comisión por las grandes naciones
en contra de su voluntad. Ésta es una reacción inapropiada
ya que la industria del avistaje de ballenas puede salvar a las
naciones cazadoras de ballenas de sus propios excesos, ofreciendo
nuevas oportunidades de empleo a las personas que cesen de cazar
ballenas.
Aproximadamente 8 millones de personas de las
naciones miembro del CBI observan ballenas anualmente. Esta gente
gasta un total de $779.828.000 dólares estadounidenses. En
realidad el 86% de esta actividad la realizan personas pertenecientes
a naciones miembro de la CBI, incluyendo las tres naciones más
importantes en esta actividad: Japón, Noruega e Islandia.
Un gran cambio se está llevando a cabo en el mar. Muchos
más puestos de trabajo provienen de la observación
de ballenas que de la caza de ellas. Esto significa que en muchos
lugares los beneficios económicos que trae el avistaje de
ballenas es superior a los de la cacería o muy pronto será
así. Un ejemplo de esto es Japón en donde el número
de gente empleada por la industria de la cacería de ballenas
crece lentamente mientras que la industria de la observación
de ballenas crece exponencialmente.
El punto que trato de exponer es muy simple: las
ballenas son mucho más valiosas para la economía de
las naciones que han invertido en la industria de la observación
de las mismas que para aquellas que esperan mejorar su economía
con la comercialización de grandes cantidades de ballenas
que son irrecuperables. Y, cuando los países reinician la
comercialización de las ballenas en sus aguas territoriales
impactan obligadamente a la industria del avistaje de ballenas y,
este impacto será decididamente negativo. La justificación
de este punto de vista proviene de un estudio realizado por Hoagland
y Meeks (1997) quien sondeó a observadores de ballenas y
demostró que la característica más atractiva
de los viajes para observar ballenas son en orden descendente: el
número de ballenas avistadas, el número de especies
avistadas, la interpretación de los naturalistas, y el placer
de pasear en una embarcación. De esta información
queda claro que la consideración más importante a
tener en cuenta para satisfacer a los clientes de la observación
de ballenas es la cantidad de ballenas que se puedan ver.
Esto significa que tan pronto como un país
comienza a matar aquellas ballenas que viven en las aguas que se
usan para el avistaje de las mismas, harán disminuir el número
de ballenas en el área y, por consiguiente, entregarán
al turista una experiencia de baja calidad. En los alrededores de
Boston, Massachussets, la industria del avistaje de ballenas involucra
treinta embarcaciones que dependen de dos o tres ballenas al comienzo
y final de la temporada del avistaje de ballenas y, a veces, con
muchas semanas de espera. Si hubiera una industria de cacería
de ballenas en la zona y se matara alguno de estos ejemplares (cosa
muy probable de suceder porque se permite que se acerquen demasiado
los botes a las ballenas) desbastaría la industria del avistaje
de ballenas. Esto demuestra claramente que la observación
de ballenas y la cacería de las mismas no pueden coexistir
en la misma zona o en el mismo grupo de animales.
El único mercado importante de carne de
ballena hoy en día es Japón. Pero el país que
mata, congela y exporta la carne de ballena siempre perderá,
en gran parte, el valor de sus animales porque será más
o menos como regalar las ballenas que mata (y no digamos nada de
los riesgos de exportar los remanentes congelados de los pocos individuos
que sostendrán la industria del avistaje). La pérdida
de valor de la carne de este cetáceo se produce porque el
país que compra materia prima y la revende será quien
obtenga el mayor beneficio, y al igual que los cazadores, siempre
obtendrán el menor beneficio. En este sentido, cazar ballenas
es como talar árboles; aquellos que asesinan árboles
gigantes y los venden a otros países siempre serán
los que obtengan la menor ganancia. La gran ganancia la obtienen
los importadores que compran los árboles como materia prima,
le ponen un valor agregado y lo revenden.
Les habla Roger Payne, abordo del Odyssey al oeste
de Australia donde a pesar de estar rodeados de cachalotes ayer,
nos retiraremos ahora mismo porque el mar está muy agitado
y no nos permite trabajar efectivamente.
(c) 2001 Written by Roger Payne
http://www.pbs.org/odyssey/voice/20020318_vfts_transcript.html
Traducción: Monica Di Santi
Copyright© Instituto de Conservación de Ballenas.
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